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25 de marzo de 2005
Magia sonora
Llegué
a La Gomera siguiendo el eco de un sonido: el silbo.
Quería saber cómo suena en origen, cómo lo entienden,
y qué importancia real tiene.
¡Sorprendeos!:
Es inteligible, yo misma fui capaz de interpretar contenidos silbados
tan poco obvios como “tienes la cabeza apoyada sobre la mano”
o “inténtalo tú”.
L@s niñ@s lo estudian en el colegio, y luego lo incorporan a
sus juegos y a sus relaciones para comunicarse...
Una vez oído e interiorizado el silbo, en la capital, San Sebastián,
me puse al volante de un coche alquilado para dejarme impresionar por
los particulares paisajes que confieren a la isla la condición
de mágica. Tenía dos opciones de salida, siendo ambas
llegada y partida a la vez de un periplo circular que cubría
toda La Gomera: me fui dirección Noreste, hacia
Hermigua. Quebradas y barrancos, barrancos y quebradas.
Abruptas laderas convertidas en escaparates de esfuerzo a los que se
asoman fértiles terrazas de cultivo fruto del tesón de
los isleños. Escarpados caminos que alargan hasta la extenuación
distancias caminadas entre dos puntos cercanos y que, antes de que las
telecomunicaciones fueran moneda corriente, el ingenio salvó
a base de silbo.
La ascensión escabrosa desde el árido litoral (habría
sido lo mismo si me hubiera decidido hacia el oeste) podría haber
culminado en un mirador pelón, pero en las alturas de La
Gomera lo que nos espera, lo que reposa, es la más extensa
y mejor conservada laurisilva canaria. Aparqué
el coche y me adentré en la niebla para dejarme empapar por la
humedad hacedora del milagro verde que supone esa selva de laureles
(en realidad, de plantas con hojas similares a las de los laureles)
donde crecen plantas y animales que otros lugares del planeta han perdido
en las glaciaciones o ni tan siquiera han llegado a conocer. Es el Parque
Nacional de Garajonay. Yo me conformé con caminar hasta
cansarme; a los viajeros más meticulosos les recomiendo iniciar
el recorrido en el Centro de Visitantes: os trazarán rutas que
podéis hacer solos o guiados.
El pescado fresco, posiblemente viejas, a la orilla
del mar en algún lugar de Valle Gran Rey no
fue el único manjar que aún paladeo de La Gomera:
esa pasta picante de de queso de cabra (de tres cabras) y cien mil cosas
sabrosas que es el almogrote; y la miel de
palma, sin olvidar el potaje de berros, servido
en platos de madera de sabina o aceviño, justifican gastronómicamente
la visita.
Mis favoritos
Alojamiento: Parador Nacional
La Gomera en la red
Información municipal
Parque Nacional de Garajonay
Tiempo
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