4 de marzo de 2005

Hay vida fuera del hotel

El pasado viernes, tuve el honor de asistir a la cena anual de ACUDE, la asociación cultural que, desde hace ya un lustro, agrupa a los dominicanos (y allegados) residentes en España. Por segundo año consecutivo, me volví a casa renegando de haber caído en la tentación -años ha- del todo incluido. Me explico:

Trenzas y pulseras

Hace algunos veranos, con tiempo y dinero escasos para viajar, decidí pasar una semana tumbada al sol y, curiosamente, resultaba más barato cruzar el Atlántico y encerrarse en una fortaleza hotelera dominicana, que instalarse en una bonita playa de la costa patria.

No recuerdo detalles del vuelo, pero sí el entusiasmo desmedido del fotógrafo que se empeñaba en inmortalizar nuestra llegada a la isla como si de un parque de atracciones se tratara y la absurda parada en una tienda de regalos camino del hotel.

No fui de los que mejor suerte corrieron en el reparto de habitaciones, diría incluso que nadie pudo salir peor parado. El dormitorio que me asignaron se encontraba en el último edificio de una descuidada hilera de bloques, y su único ventanuco daba sobre la salida de servicio, lindante con una construcción en marcha. Después de una pesada noche de lucha con los mosquitos, cuyas patadas eran incluso más molestas que sus zumbidos y picaduras, y una larga mañana de protestas en recepción, conseguimos que nos cambiaran a un habitáculo ligeramente más apropiado a las circunstancias. Ni que decir tiene que rellenamos hojas y hojas de reclamaciones, en el hotel y en la agencia de viajes, y aún estoy esperando respuesta.

No diré nada de las comidas, porque nada me resultó destacable, ni para bien (miento, los mangos eran exquisitos) ni para mal; pero sí de las bebidas, pobres en calidad y variedad.

Quisimos alquilar un coche para airearnos un poco y nos quitaron la idea de la cabeza; al decir de nuestros hospederos, resultaba peligrosísimo. Nos apuntamos entonces a la reglamentaria excursión a la capital: carísima, sosísima, aburridísima... ¡La excursión, no la capital! Santo Domingo, en lo poco que la pude pasear, me pareció una ciudad tranquila, agradable, monumental por sus remanentes coloniales.

Menos mal que las aguas transparentes del Caribe, la fina arena de Playa Romana y la apacible lectura de El amor en los tiempos del cólera cubren con creces cualquier carencia (no siempre, ni para siempre).

Y de regreso, de nuevo parada en la tienda de recuerdos (lo consiguieron: uno de sus cuadros cuelga ahora en mi casa) y foto; ya en España, nuestr@s compañer@s de viaje resultaban fácilmente identificables: muchas se habían hecho trenzar el cabello por las ocasionales peluqueras que recorrían las playas ofreciendo sus servicios, much@s no se habían quitado la pulsera que identificaba como huéspedes con derecho a tenerlo todo sin necesidad de pagar nada (de ilusión también se vive).

¡Con la marcha que tienen los dominican@s que conozco!

El artista Alonso Cuevas, uno de los asiduos de nuestra mesa en la cena de ACUDE, se deshace en elogios en cuanto le preguntas por su tierra, y eso que es oriundo de la zona más pobre, también quizás más hermosa. Dice que hay un lugar llamado Venymiraquebello porque desde él puede contemplarse una espectacular vista de un lago; celebra que sus paisanos sean poetas, cómo sino podría ocurrírseles llamar a las curvas “donde tuerce su vuelo la paloma”; afirma, desde su experiencia de pintor y ceramista, que en ningún lugar como en su tierra ha brotado el color para teñir las humildes casas que muchos desprecian; y con su discreción conquistadora, justifica la falta de puentes elogiando los caminos trazados de pura tradición. A su lado, el Vicecónsul comenta que las carreteras no están en muy buen estado, pero que hay voluntad de mejorarlas. Mientras, una veterana de VOMADE (Voluntariado de madres dominicanas) asegura que las mujeres de su pueblo se arreglaban tanto y tan bien que hombres y mujeres de los alrededores venían a verlas pasear por la calle principal, antes sin asfaltar y ahora, como las del resto del pueblo, perfectamente pavimentada para hacer juego con los ostentosos chalés construidos con las divisas de la emigración, dividendos que sirven igualmente para aligerar el peso de la enfermedad de los parientes. Es el momento en el que Juan José, bailarín donde los haya y dentista de casi todos los presentes, alaba la sanidad pública española y nos recuerda la suerte que tenemos, una alabanza reivindicativa a la que me sumo sin demora, y Mónica, la esposa de Juan José, confirma el gusto de l@s dominican@s por la buena apariencia. Federico nos lleva de nuevo a su mundo, el de la literatura iluminado por el Círculo de Eva Orúe.

La República Dominicana que he de volver a visitar




República dominicana en la red

El tiempo

Prensa dominicana





sgutierrez@divertinajes.com
Otros destinos
Volver
Imprimir