11 de febrero de 2005

Mojito y jabón

La semana pasada asistí a la presentación en Madrid de un libro, Biografía de la Trova, y corrí presurosa a la cuna de sus protagonistas, al fin y al cabo, la suya es una tierra que yo reconocí como mía: Cuba.

Volé a Cuba en diciembre de 1994 (desde Moscú) cargada de razones para hacerlo: participar en un congreso de oftalmología, el primero Internacional de Retinosis Pigmentaria (a la postre aquellas serían mis últimas ponencias científicas); visitar a un buen amigo, con el que mantengo una buena relación gracias a las bondades del correo electrónico, el postal demoraba la entrega de nuestras misivas hasta medio año; pasear por la ciudad del artesano que había trenzado los chipojos que poblaban el suelo de mi salón...

Todo precisión, en Madrid se unió a la excursión una de mis grandes compañeras de viaje, B., portadora, en aquella ocasión, de todos nuestros dólares; eso hasta que, esperando la salida del equipaje en el terminal José Martí, comprobó que no llevaba encima la cartera. ¡Bendito tabaco! Se dio cuenta de la pérdida al ir a sacar un cigarrillo. Visto y no visto, se lanzó a la pista de aterrizaje y se subió al avión —en pleno proceso de limpieza—: ¡Allí estaba la bolsa! Entre el asiento y la ventanilla.

Al otro lado de la cristalera, R. y tres de sus amigos, nos esperaban con un cochazo años 50 que, sin una pizca de discreción, nos llevó al Hotel. Un complejo turístico en las afueras de la capital, modesto, pero de nueva construcción en cuyo jardín gustaban de esperarnos al final del día los amigos de R., el cual después de recibirnos y llevarnos a cenar a casa de su tía (excelente el plátano frito) se volvió a Santiago.

Esa primera semana en La Habana transcurrió entre discursos de corte político en el Palacio de Convenciones, ponencias científicas, entrevistas para la radio y el periódico, visitas a hospitales, contactos apresurados (las cartas de algunos han dejado de llegar, otros ya se han instalado en España), fiestas y banquetes cargados de gratas sorpresas. Por ejemplo, al darme la vuelta para ver quien trataba de ligar llamando Princesa del Caribe a su interlocutora, me encontré con el amigo portugués que su Princesa de Siberia me había presentado en Moscú...

B., que pocas veces se habrá divertido tanto como en aquel city tour de esposas de oftalmólogos (adineradas señoronas latinoamericanas), se convirtió a raíz de su particular aventura congresual en una excelente guía, con cierta querencia, eso sí, por la Bodeguita del Medio.

Cuando se acabó el Congreso, recogimos nuestras cosas, cerramos cuentas en La Carpeta (osease, recepción) del hotel, y nos trasladamos a un alojamiento más céntrico y barato: Hotel Caribbean, en el Paseo del Prado. Nuestro cuartel, casi familia, en La Habana. La mulata de la carpeta nos ponía pegas cada vez que le anunciábamos que nos íbamos para volver a los 4 ó 5 días, pero al final siempre accedía a guardar nuestros bultos en el almacén y reservarnos la habitación del ventilador. El portero, tan negro como mi amigo, nos recordaba cada mañana que estábamos en diciembre sorprendido por nuestras camisetas y pantalones cortos. Y, en cada regreso nocturno, compartíamos sandwich de queso con un vecino rubio que ya será, si no ha cambiado, un rompecorazones.

Recorrimos el barrio de Miramar buscando —lo encontramos—, el chalet del que salió corriendo la tía de B. en tiempos de la revolución; paseamos por el malecón escuchando historias de balseros. Turisteamos en el parque histórico-militar Morro-Cabaña y regresamos al Museo de la Ciudad para llevarle jabón a una vigilante de sala que, en nuestra preceptiva visita, nos había comentado horrorizada que no tenía jabón para su hija, universitaria. Observamos en la Catedral y aplaudimos en el Gran Teatro. Tomamos mojito en la popular Bodeguita del Medio y daiquiri en el exquisito Floridita, té en el elegante Hotel Nacional y ron en un bareto nocturno. No lejos de la casa del gobernador, comimos en un sencillo y buen paladar (comedor familiar). Gastamos las suelas al paso de larguísimos autobuses abarrotados y bicicletas hiperaprovechadas; cruzamos en Ferry a La Regla, donde las casas-templo de la santería se abren sin reparos al visitante.

Es La Habana una de esas ciudades en las que te sientes como en casa, tranquilo, relajado, sin ganas de irte y, en todo caso, seguro de volver.

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