4 de febrero de 2005

La forja de El Hierro

Una vez en la capital de El Hierro, Valverde, localizar el alojamiento que teníamos reservado no fue muy complicado, era el que había: Hotel Boomerang. Una pensión apropiada para una localidad instalada en la carretera y con condición de centro administrativo, sin grandes aspiraciones o, aparentemente, ninguna.

La niebla nos impidió contemplar a placer parte de los espectaculares paisajes que ofrece su litoral; tal vez, una triquiñuela de la Isla del Meridiano para tentar al viajero: merece la pena esperar a que el cielo despeje, y perderse en los recortes de rocas volcánicas que exultantes de formas y colores se enfrentan al embate del mar.

Todo es asombroso en El Hierro: las sabinas tumbadas por el insistente viento; las arenas rojizas de la Playa del Verodal; el lagarto gigante autóctono que trata de escapar de la extinción en su Centro de Recuperación, la alemana que cuida nuestros burros patrios en una residencia sin igual: El burro feliz; las vistas que ofrece el magnífico restaurante –Mirador de la Peña- integrado en el paisaje por César Manrique y atendido por alumnos de la escuela de hostelería; el sabor pesquero de La Restinga existente en la nada; la devoción por la Virgen de los Reyes que atrae cada cuatro años (éste toca) a sus hijos emigrantes para acompañarla con danzas en una romería maratoniana; los atardeceres del faro de Orchilla; y, lo mejor, la magia del til canario atrapando con su copa y su tronco la humedad de las nieblas para dejar caer a las pozas agua pura para los herreños.

Dicen que no es la isla de El Hierro un destino apropiado para los que buscan sol y playa, puede ser cierto; sin embargo, uno de los chapuzones que aún me refrescan me lo di precisamente en el Atlántico que la baña: en un rincón perdido, y hallado por un italiano que sin prisa pero sin pausa hacía lo posible por reponer las fuerzas de los escasos pero concienzudos bañistas que acariciados por el sol salíamos de las cristalinas aguas para volver a lanzarnos con la intención de nadar y bucear en los pequeños recodos volcánicos que el tiempo convirtió en piscina natural.

Una curiosidad, su sobrenombre Isla del Meridiano no es capricho sino realidad: desde el siglo dos hasta 1884, El Hierro fue el punto cero a partir del cual se medían los grados terrestres.

Para los exquisitos: la isla dispone de un Parador Nacional.

El Hierro en la red

El tiempo

Página oficial del Cabildo

Información práctica





sgutierrez@divertinajes.com
Otros destinos
Volver
Imprimir