Una vez en la capital de El Hierro, Valverde,
localizar el alojamiento que teníamos reservado no fue muy complicado,
era el que había: Hotel Boomerang. Una pensión apropiada para
una localidad instalada en la carretera y con condición de centro
administrativo, sin grandes aspiraciones o, aparentemente, ninguna.
La niebla nos impidió contemplar a placer parte de los espectaculares
paisajes que ofrece su litoral; tal vez, una triquiñuela de la
Isla del Meridiano para tentar al viajero: merece la pena esperar a que
el cielo despeje, y perderse en los recortes de rocas volcánicas
que exultantes de formas y colores se enfrentan al embate del mar.
Todo es asombroso en El Hierro: las sabinas tumbadas por
el insistente viento; las arenas rojizas de la Playa del Verodal;
el lagarto gigante autóctono que trata de escapar de la extinción
en su Centro de Recuperación, la alemana que cuida nuestros burros
patrios en una residencia sin igual: El burro feliz; las
vistas que ofrece el magnífico restaurante –Mirador
de la Peña- integrado en el paisaje por César
Manrique y atendido por alumnos de la escuela de hostelería;
el sabor pesquero de La Restinga existente en la nada;
la devoción por la Virgen de los Reyes que atrae
cada cuatro años (éste toca) a sus hijos emigrantes para acompañarla
con danzas en una romería maratoniana; los atardeceres del faro de
Orchilla; y, lo mejor, la magia del til canario atrapando
con su copa y su tronco la humedad de las nieblas para dejar caer a las
pozas agua pura para los herreños.
Dicen que no es la isla de El Hierro un destino apropiado
para los que buscan sol y playa, puede ser cierto; sin embargo, uno de
los chapuzones que aún me refrescan me lo di precisamente en el
Atlántico que la baña: en un rincón
perdido, y hallado por un italiano que sin prisa pero sin pausa hacía
lo posible por reponer las fuerzas de los escasos pero concienzudos bañistas
que acariciados por el sol salíamos de las cristalinas aguas para
volver a lanzarnos con la intención de nadar y bucear en los pequeños
recodos volcánicos que el tiempo convirtió en piscina natural.
Una curiosidad, su sobrenombre Isla del Meridiano no es
capricho sino realidad: desde el siglo dos hasta 1884, El Hierro
fue el punto cero a partir del cual se medían los grados terrestres.
Para los exquisitos: la isla dispone de un Parador Nacional.
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