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28 de enero de 2005
Cuento de hadas
Creo que fue en la primavera de 1994 cuando no se me ocurrió mejor forma de gastar mis vacaciones de Semana Santa, ni tuve paciencia para esperar una ocasión de viaje más propicia, y me lancé a las calles de Praga (desde las tierras moscovitas, donde vivía) para, helada, dejarme arrastrar por masas de españoles, fundamentalmente catalanes, que habían tenido la misma idea que yo. Todo esto para deciros que si podéis ir en una fecha poco convencional, hacedlo; en las típicas fechas de vacaciones, su indiscutible encanto se esconde un poco.
Viniendo de donde venía, siendo los tiempos que eran y brillando Praga como brillaba, tuve la sensación de que en la huida con permiso hacia adelante emprendida por los antiguos socios del bloque soviético, la capital checa se había desmarcado con celeridad del pelotón, posiblemente empujada por la fuerza de un pasado. Un arranque que tomó cuerpo en Vaclavske namestí (Plaza de Wenceslao), buen sitio para iniciar la visita, y las compras. La otra Plaza indiscutible es la citada Staromestske namestí, y sus protagonistas: una iglesia, Tyn; un palacio, Kinskych; un memorial, Jan Hus; y el viejo ayuntamiento, Staromestska radnice, cuya torre de 200 pies luce un espectacular y espectaculoso reloj astronómico.
Es tal vez el momento de cruzar el Karluv most, el puente de Carlos, una joya habitualmente engalanada por artistas callejeros, y encaminarse hacia el castillo, para después de visitarlo (que tiene sus cosillas), perderse por sus entrañables calles adyacentes, plagadas de cafés y talleres artesanales, por si nos quedaba alguna duda de que el medievo nos había atrapado.
Y, por supuesto, para alimentar una memoria que necesitamos viva, daos un paseo tranquilo por el gueto judío, con su viejo cementerio, sus alta y viejanueva sinagogas... sus calles y sus gentes: ahí vivían 35.000 judíos antes de la Segunda Guerra Mundial; acabado el conflicto, apenas quedaron 1.200...
Praga en la red
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