21 de enero de 2005

Mar de sensaciones

Esta mañana, no sé por qué, sentada en el tren de cercanías que me lleva al trabajo, volé a Marrakech. Tal vez por la cantidad de marroquíes que me acompañan camino de la obra, quizá porque el cielo que contemplo rojea con poderío africano.

Zoco_Marrakech

Llego a Marrakech y aterrizo en la plaza Djem’a el-Fna (también escrita como Jemaa el-Fna), dónde si no. Como es temprano, casi el amanecer, me acerco a uno de los muchos puestos de fruta, de cítricos, y me hago exprimir un zumo de naranja y mandarina. ¡Delicioso, fresco, dulce, vitaminado! Pero si hubiera sido media tarde, también habría querido aparecer allí, ¿qué mejor para mantener la energía que unos frutos secos y unos dátiles? Y si la noche ya hubiera caído...

Djem’a el-Fna

no se me ocurre comedor-restaurante-mercado ambulante más sensorialmente apasionante y caóticamente ordenado que el que se instala cada tarde noche en Djem’a el-Fna: perfectamente alineados, los puestos de sopas, cabezas de cordero, pinchos morunos, pescado, y los de bocadillos de huevo con patata, pimentón y aceite, quedan cercados por hileras de mostradores que ofrecen frutas, caracoles o té (especialmente recomendable uno picantillo que aseguran es afrodisíaco). Y al lado, sin salir de la plaza, en corrillos, fiesta: cantes, bailes, artistas de la jena, pesca de botellas, malabaristas... ¡El que no se divierte es porque no quiere!

Desde la plaza, rodeada de cafés, las estrechas callejuelas del norte, muchas cubiertas, se convierten en zoco: olores y sonidos guían por este dédalo comercial en el que artesanos y comerciantes trabajan sin descanso para que locales y foráneos llenen canastos y mochilas con sus variopintas mercancías; de gallinas vivas a bolsos de cuero, pasando por encurtidos y joyas, paños y muebles, plantas medicinales y cosméticos naturales... lo que no se vende en los zocos, no lo hay en Marrakech; o casi.

Minarete 
        de la Kutubiyya
Ya que estamos en la medina, en la ciudad vieja, toca abandonarse al placer de caminar (siempre con los ojos abiertos, como en cualquier sitio) por unas calles polvorientas que apenas esconden sus tesoros. El minarete de la Kutubiyya, ese que dicen fue modelo para la Giralda de Sevilla, con sus 69 metros coronados por una linternilla con cuatro bolas doradas, nos servirá como faro, especialmente por la noche, perfectamente iluminado.

Todo son sensaciones en Marrakech: la madrasa de Ben Youssef, algo así como un colegio mayor o un convento, arquitectónicamente muy interesante, impone el respeto propio y sobrecogedor de la austera dedicación al saber; en el palacio Dar m’Nebhi, al que se puede entrar gracias a que alberga el museo de la ciudad, la nostalgia del lujo y el desdén por el despilfarro se pelean mientras salas y obras alejan al visitante de sí mismo despertando esa abstracción que sólo la belleza controla. O la tranquilidad de los cementerios. Las tumbas saadíes son un buen ejemplo de mausoleo.
Majorelle
Del palacio El-Badi apenas queda la estructura, pero gusta recibir el atardecer en sus terrazas y contemplar los tejados de una ciudad que, para entonces, ya os habrá conquistado.

Fuera de la medina, en la ciudad nueva, el Guéliz, sólo las agencias de viajes y alquiler de coches nos interesan, tal vez algún hotel y restaurante, poco más. Por ejemplo: el jardín Majorelle, la casa pintada de azul en medio de un exuberante jardín comprada por Yves Saint Laurent y abierta, en parte, al público. También fuera de las murallas, la Menara, el estanque donde según cuenta la leyenda los sultanes ahogaban al amanecer a las afortunadas con las que habían mantenido encuentros en el pabellón colindante... y aún así es, doy fe de ello, el paseo favorito de los enamorados, especialmente al atardecer.

Mis locales favoritos

Dar Mimoun
Restaurante

Ryad Tamsna
Librería, galería de arte, café y restaurante

Dar Marjana
Para un capricho gastronómico, todo una despliegue de hospitalidad árabe con perfumador y bailes incluídos.

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