26 de noviembre de 2004

Periplo admirativo

El colorido del mercado y la grandeza de las tres medersas no tienen precio, pero a mí, cuando estuve allí por primera vez, allá por 1990, Samarcanda me decepcionó.

Desde mi llegada a la Unión Soviética, Samarcanda había sido uno de mis destinos más deseados, tal vez por eso, por haberla idealizado en extremo, o simplemente por haber tenido que superar demasiadas trabas para llegar a lo que quedaba de la legendaria Samarcanda, me decepcionó.

La primera dificultad: conseguir la invitación. Que no fue a Samarcanda sino a Tashkent, pero cuando en Moscú me presentaron a aquel dominicano que estudiaba en la capital uzbeca pensé que si desaprovechaba la ocasión tal vez nunca se me presentaría otra semejante; no me paré a pensar si su ofrecimiento era sincero o pura cortesía, aquel mismo día le di todos mis datos para que iniciara los trámites. Fueron cuatro largos meses de telegramas y conversaciones telefónicas hasta que por fin pude presentarme ante el catedrático con todos los papeles requeridos para pedirle el permiso necesario antes de solicitar el visado. A pesar de viajar en día de fiesta mayor, el de la Victoria (de los rusos sobre los alemanes en la Gran Guerra Patria, la Segunda Guerra Mundial), pude comprar el billete de avión con relativa facilidad, y volé directamente desde Járkov; más horas de las que me habrían llevado de Moscú a Madrid. Cuando aterricé en Tashkent, ajena a la preocupación de mi anfitrión que debía colarme en su residencia exclusivamente masculina, ya que había tenido un problema con la amiga a la que había recurrido para cursar mi invitación y con la que pensaba alojarme, insistí en concretar la manera de acercarnos a Samarcanda. En la estación de autobuses comprobamos que sin el visado correspondiente no vendían los pasajes. ¿Y pagarle a alguien por llevarnos en coche? Podría ser pero... Alejandro prefería mantenerse en la vía oficial y, aprovechando que teníamos que ir a comisaría para registrar mi llegada a la ciudad, solicitar el permiso de marras. El comisario le reconoció inmediatamente y se alegró muchísimo de poder saludar personalmente a la española cuya invitación había tenido el honor de tramitar con inusual celeridad, según repitió en varias ocasiones. Pero ni su alegría más sincera ni mis súplicas más convincentes pudieron reducir a menos de 96 horas la tramitación de un pase para visitar Samarcanda. ¡Cuatro días! Justo el tiempo que yo tardaría en volver a subirme al avión para regresar a Járkov. ¡Semejante rollo para nada! Menos mal que un guardia de los que por allí rondaban vió que mi oportunidad de ir a Samarcanda era la suya de ganar unos rublos extra, tal vez algún dolarcillo, y se acercó sigilosamente a nosotros: “Pasado mañana estaré en la estación de autobuses a las seis de la madrugada, yo puedo subiros al autobús que sale a las 6:30”. No esperó respuesta, ¿para qué? Y aunque me costó convencer a Alejandro, fuimos a Samarcanda en un destartalado autocar que, abarrotado de gente y pequeños animales, cubría el trayecto en algo más de tres horas.

La ciudad que alcanzamos no me dio lo que esperaba... ¡Capaz de esperar un oasis de lagos y palmeras en medio del desierto habitado por ricos mercaderes, afincados o de paso, que celebraran con coloridos festejos mi esperada llegada! ¿Por qué no? Al fin y al cabo, algo así ocurrió...

... cuando al cabo de un lustro alcancé Kamashí —que sin serlo, era para mí Samarcanda porque de allí, como si fuera de Samarcanda, me había traido mi amiga, para agradecerme la aventura entre el Báltico y el Negro, una enorme hogaza sobre la que el pan escribía Samarcanda 1991, un juego de tazas y tetera pintadas con tonos azules y ribeteadas en oro, un pelador de patatas, dos bragas azules de felpa, un camisón y telas para mi madre—, me acogieron como si mi llegada fuera el final feliz de una larga y ansiosa espera, sin regatear en gastos ni detalles, sin escatimar sonidos, colores, olores ni sabores. Nunca vi la grabación de vídeo, pero conservo el vestido rojo, blanco, negro y amarillo que me confeccionaron a medida en una mañana con las telas que la madre de mi amiga había comprado hacía años en la esperanza de obsequiarme con ellas un verano que no fui. No olvidaré la fiesta de captura del cordero a la que me llevó su padre ni la naturalidad con la que los parientes se sentaban en las sillas que rodeaban la mesa alta que habían hecho fabricar para el salón temerosos de ofenderme si nos sentábamos a ras de suelo para comer, como es su costumbre.

La Samarcanda que recorrí esa primavera de 1996 era otra Samarcanda, era la Samarcanda exsoviética empeñada en recuperar su explendor de antaño. Era la Samarcanda que vuelve a sacar brillo a sus medersas, y en una de ellas, en la de Shir-Dor, compré un atril de estudiante.

Era la Samarcanda de los samarcandeses que disfrutan regateando en los mercados hasta para comprar una cuna.

Compré una, y para que me la vendieran tuve que simular un embarazo (con la cámara de fotos bajo el anorak); conseguir que me dieran utensilios (ahora lo explicaré) de niño y de niña fue más sencillo: ¿cómo podía saber yo el sexo del futuro recién nacido? ¡No iba a volver después del nacimiento desde España para comprarlos! Creo que fue el orgullo de que una occidental creyera en las bondades de la particular cuna uzbeca lo que ablandó el corazón del carpintero.


---------------Ésta es mi cuna








        Y éstos sus utensilios---------

La cuna (dotada de balancín y aros que hacen las veces de móviles y sonajeros; yo simplemente la barnicé, allí la mayoría la pintan de vivos colores) tiene un agujero sobre el que se coloca el culo desnudo de la criatura y bajo el que reposa un cuenco que recoge los excrementos: las heces caen por su peso, la orina es canalizada por los utensilios de madera pertinentes. ¡Benditas madres que tantos pañales lavaron! ¡Benditos aquellos que comercializaron los pañales desechables!

Hay muchas cosas que tienen que cambiar en Samarcanda para que la vida sea más cómoda, y hasta más digna, especialmente para las mujeres; no más de las que tienen que cambiar en el resto del planeta, pero sí muchas de las que nosotras ya hemos cambiado.

El colorido del mercado y la grandeza de las tres medersas no tienen precio, el sabor de sus platos y la generosidad de sus gentes no tienen precio, su potencial de vida es extraordinario... ¡estoy deseando volver a Samarcanda!

Información actualizada: Samarcanda en la red

El tiempo en Samarcanda




sgutierrez@divertinajes.com
Otros destinos
Volver
Imprimir