12 de noviembre de 2004

Más que un mito

Samarcanda es una nobilísima y gran ciudad, en la que se encuentran bellísimos jardines y todos los frutos que el hombre puede desear”. El mito de Samarcanda debe mucho al autor de estas líneas, Marco Polo, que dejó breve constancia de su pasmo y tono admirativos en el Libro de las maravillas, esas memorias que el impenitente viajero veneciano dictara tras ser capturado en la ciudad de Génova, a su regreso de dos décadas de aventuras.

Samarcanda, que “está hacia la Osa Mayor” y cuyas gentes eran “cristianas y sarracenas”, tejió su sobresaliente leyenda con hilos de seda, y la expandió, cargada en unos ricos fardos, con las suntuosas caravanas procedentes de Persia, Afganistán, India y China, que llegaban hasta sus mercados.

La invención de este destino legendario ha sido un minucioso trabajo de muchos siglos. Curiosamente, nadie asocia la ciudad azul y espléndida, que fuera colonia de la Rusia blanca desde la segunda mitad del siglo XIX, con la villa soviética y gris de la dictadura roja. El paso del comunismo, que ha marcado con unas profundas cicatrices la faz urbana, no ha dejado, sin embargo, ningún rastro en la memoria de quienes prefieren seguir asociando la ciudad de Samarcanda con los hombres que la hicieron inmortal: Alejandro Magno, Gengis Kan y, sobre todos, Amur Timur, ése al que en el mundo occidental conocemos como Timur Lang o Tamerlán.

El caudillo tártaro, nacido en el año 1336, se proclamó heredero de Gengis Kan y en cierto modo lo logró, puesto que sus grandes proezas le vlieron un lugar destacado en las páginas de la historia y también en el rico imaginario colectivo. Tamerlán fundó la dinastía de los timúridas, derrotó, a finalesdel siglo XIV, a la Horda de Oro y, ya doblado el recodo de esta centuria, se impuso al sultán turco; extendió sus dominios por una gran parte de Rusia, Persia, Turquía, Nepal e India y, cuando falleció, en el año 1405, iniciaba la conquista de la gran China.

El vínculo que une a la ciudad y a su héroe resulta totalmente indisoluble. El corazón de Samarcanda continúa allí donde Tamerlán lo oyera latir, en la Plaza de Reguistán, nombre ue significa lugar arenoso, aunque las tres medersas que en ella se alzan (la de Ulug-Bek, la de Sher-Dor y la de Tilya-Kari) fueron edificadas tras su muerte. Esa trinidad arquitectónica, hermosísima e imponente, deja abierta la cara sur del recinto, que se convierte en un lugar privilegiado para la observación y la admiración.

Desde la Plaza del Reguistán, dejándose atrapar por el bullicio de la muy comercial y transitada calle Tashkent, es un placer acercarse a la hermosa mezquita de Bibi-Janim, que guarda celosamente el sepulcro de la esposa favorita de Tamerlán. Depués, las cúpulas de Shaji-Zinda, donde los azulejos dejaron constancia de su indudable maestría dibujando un abigarrado entramado de inscripciones y motivos, geométricos y vegetales, de una impresionante riqueza formal y cromática.

Pero, aun siendo el azul, símbolo del cielo, el color predominante, Samarcanda se impone como el lugar donde se muestran absolutamente todos los colores, atrapados en los fértils mercados y en los exuberantes ropajes.

Es también, Samarcanda, un bazar olfativo, donde se puede retomar la pista sensorial de la mítica Ruta de la Seda. Para disfrutar plenamente basta con zigzaguear entre los puestos callejeros, sortear los sacos de especias y las madejas de hilos, evitar tropezar con las pilas de frutos secos o deshacer las elevadas montañas de tabaco...

Y para el descanso, nada como sentarse en una de esas mesas tradicionales, que apenas levantan un palmo del suelo, en torno a las cuales gira la vida familiar de Uzbequistán, el centro de la vida social del país.

Conviene olvidar remilgos y servirse un buen té, negro o verde, y regalarse el paladar, dejarse embriagar por la riquísima cocina uzbeca: la lepioshka, el delicioso pan hecho en casa; la shurva o ugra, una suculenta sopa elaborada con carne, verduras, patatas y diversas legumbres; el plov, auténtico plato nacional que se realiza básicamente con arroz, carne de cordero y zanahorias, aunque los ingredientes pueden variar en las distintas épocas del año; y, para terminar, los dulces típicos: la nisholda, muy parecid al merengue, y los chak-chak, una especie de gusanitos de pasta fritos y cubiertos de miel.

La comida, auténtico festín para los sentidos, noa habrá dado fuerzas para seguir el recorrido, hay que acercarse, necesariamente, a la Mezquita de Gur Emir, donde, guardados en un sarcófago de jade y cobijados bajo una enorme cúpula con nervaduras verde-azuladas, reposan los restos del caudillo. Junto a él, yace su nieto, Ulug-Bek, que es quizá quién más hizo por convertir a Samarcanda en esa ciudad mítica, casi mágica, dotándola, por ejemplo, de un observatorio astronómico que aún se mantiene en pie y que fue el más importante durante la Edad Media.

Durante años, insensatamente, soñadores del mundo entero repitieron comoun mantra el nombre de esta ciudad cuyo esplendor, decían, eclipsó al de todas las demás.

Hoy, recuperada parte de su magneficiencia, aunque necesariamente lastrada por años de considerable indolencia urbanística, la capital de Tamerlán vuelve aimponerse como lo que realmente fue: una nobilísima y gran ciudad, en la que se encuentran bellísimos jardines y todos los frutos que el hombre pueda desear.

Dejaremos para la próxima semana los recuerdos más personales, los que aumentando -o dismunuyendo- el mito, hacen de Samarcanda uno de los lugares realmente queridos.

Información actualizada: Samarcanda en la red

El tiempo en Samarcanda




sgutierrez@divertinajes.com
Otros destinos
Volver
Imprimir