5 de noviembre de 2004

De mar a mar: sexta etapa (y II)

Después de una larga sobremesa. Nos alejamos del mar, que no sería negro pero sí muy oscuro, para adentrarnos en la ciudad. Sin coches ni peatones, parecía desierta. Un tanto decepcionante. A la sombra de los árboles de la Derybasivska, nos entretuvimos contemplando los escaparates de los comercios, tan vacíos y polvorientos como los de Járkov: un violín y unas maracas en la tienda de música; retratos retocados, con color de película antigua, de novios y marineros en el estudio de fotografía; ajedreces y camiones de latón entre pantaloncitos cortos y camisas de cuadros en el Dietsky Mir, Mundo Infantil; relojes destripados en la relojería; volúmenes técnicos y grandes clásicos en la librería; cubetas y productos químicos en la tienda de fotografía; televisores y hornillos en la Komisionny, la tienda de artículos de segunda mano, una especie de casa de empeño; sandalias..

—¿Entramos? —mi amiga había localizado algo diferente, original, las sandalias.

—Vale.

Perfectamente colocadas, sobre estanterías inclinadas, apropiadas para exhibir calzado, nos tentaban decenas de sandalias, todas iguales, todas de caballero.

—¿Te gustan? —me preguntó Gula con un par en la mano.

—Eh... sí —titubeé.

—Son elegantísimas, y fíjate qué bien rematadas están.

—Sí, son guapas.

—Voy a llevarle un par a mi padre, otro a mi hermano y otro a mi cuñado. Llévales un par a tu padre y a tu hermano.

—No sé si acertaré con el número.

—Yo creo que éstas les irán bien —y me alcanzó cuatro escogidas sandalias como si ella conociera el tamaño de los pies de mi padre y de mi hermano.

—No sé. ¿Tú crees que les servirán?

—Sí, porque si la suela es grande se puede cortar, y si es pequeña, como son sandalias no importa, de todas formas salen los dedos por delante, y el suelo está caliente, es verano —por si no me había convencido del todo, continuó su disertación sobre la adaptabilidad del calzado—. Y por el ancho no puede haber problema, para eso tienen la correa, para apretarlas más o menos.

—Tienes razón —por eso, por decirle que tenía razón, cosa que en ese momento dije convencida, no comprendió que a última hora me echara atrás y las depositara en la estantería de donde las había cogido. Pero es que, mientras esperaba que alguien se dignara cobrarnos, me volvió la cordura y trajo consigo la certeza de que mi hermano, aun quedándole perfectas, jamás gastaría esas sandalias de plástico marrón, y que si mi progenitor, por aquello del amor de padre, se empeñaba en pasearse con ellas acabaría lisiado. Ella se llevó los tres pares pesarosa por no poder cargar un baúl.

La entendía perfectamente. Conocía a las mil maravillas el impulso de desear comprar todo lo que tuviera una mínima posibilidad de servir para algo, aunque sólo fuera para utilizarlo en la salvadora actividad del trueque.

El edificio, que destacaba al fondo de la calle Richelievska únicamente por su forma circular, escondía una lujosa decoración, apropiada para el encuentro de elegantes cortesanos. No intuimos cancanes ni tirabuzones postizos, pero sí vimos gasas, tules y organdis en cuerpos estridentemente peinados y maquillados. Los niños de traje y corbata, y las niñas tocadas con grandes lazos, parecían sacados de una boda de rancio abolengo. Es posible que desentonáramos un poco. Al fin y al cabo, estábamos en la Ópera.


El guardarropía, donde dejamos la mochila, estaba muy tranquilo, así que supuse que, gracias al calor veraniego, la mayoría traería puestos sus modelos de gala desde casa; no como ocurría en invierno, cuando el guardarropa de los teatros se convertía en un enorme vestidor en el que hombres y mujeres cambian sus rudos ropajes de diario por ligeros vestidos y calzados de fiesta. Hasta medias vi ponerse en algunos vestíbulos. Entre acto y acto, buscamos el bar. Había varios, uno en cada planta. No era cosa de andar de un lado para otro porque las colas que se estaban formando en todos eran monumentales, nos apalancamos en el que nos correspondía, el de la planta baja, que además era el mejor, y esperamos turno. No nos privamos de nada: pescados ahumados, caviar y champán. Y eso multiplicado por tres, que la obra era La Traviata (cuatro actos) y no fallamos ni un descanso.

Estábamos en el último acto, volvíamos a casa. Me embargaba una extraña sensación, como si aquello que tenía frente a mí, y todo cuanto había contemplado, fuera un falso decorado que desaparecería una vez le diéramos la espalda. Tal vez se trataba simplemente de una mera asociación de ideas, al fin y al cabo, Potiomkin no era sólo el nombre del acorazado inmortalizado por Eisenstein en los años veinte, así se llamaba también el genio que al saber que la Catalina la Grande visitaría la región del Dnieper, para que su soberana y amante no conociera la miseria del país que regía, construyó primorosas aldeas allí por donde la zarina iba a pasar, y ordenó a los habitantes que se engalanaran para la ocasión y aparentaran ser felices y laboriosos. Tal vez no. Hubiera dado cualquier cosa por saber cómo fijar todo lo vivido, por impedir que se convirtiera en pasado.

Con el ánimo un tanto apesadumbrado, nos despedimos del mar. Las cúpulas plateadas de la Iglesia de Pantelejmonovska nos esperaban con la misma indiferencia que nos habían recibido por la mañana frente a la estación, hubiéramos merecido una estampa de despedida más alegre para nuestra última noche.

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