29 de octubre de 2004

De mar a mar: sexta etapa (I)

—¡Llegamos a la heroica ciudad de Odesa! —anunció innecesariamente el revisor; todo el mundo estaba ya de pie con sus cosas, ansioso por salir a respirar aire libre.

Sin contratiempos, compramos billetes para un tren que salía de Odesa casi a la una de la madrugada y que llegaría a Járkov a media tarde; desayunamos queso ahumado, lengua, pan negro y té; enviamos un par de telegramas a España; y nos sumamos a una excursión mucho más festiva que cualquiera de las anteriores, casi todos los participantes eran veraneantes, y gran parte de ellos ya conocía la ciudad. En la estación quedaban nuestra bolsa de rafia y un nutrido grupo de ciudadanos tratando de sacarse unas perrillas extra, como taxistas o caseros eventuales.

Al decir de nuestra guía, Odesa había sido cuna o residencia de gloriosos representantes de las ciencias y las artes. Pushkin, Mickiewicz, Gogol y Gorki escribieron aplaudidos textos en ella; Chaikovski, Glazunov, Rubinstein y Rimsky-Korsakov colaboraron en su Ópera, la misma en la que actuaron Chaliapin, Caruso y Sobinov; el cirujano Pirogov, el biólogo Mechnikov, el químico Mendeleyev y nuestro colega, el oftalmólogo Filatov, alcanzaron fama mundial desde sus laboratorios. Hasta Richelieu (ojo: Emmanuel Richelieu, no Armand Jean du Plessis, el famoso Cardenal Richelieu) había huido de Francia para convertirse en gobernador de la próspera Odesa, ganándose así un monumento en medio del Primorsky Bulevar, el paseo marítimo desde el que se asoman al mar elegantes edificios burgueses del siglo XIX.

La guía que, al igual que la mayoría de las guías, hablaba de su ciudad como si no tuviera parangón en el universo, flotaba entre recuerdos aprendidos de opulencia sin ceder a la evidencia de las estrecheces reales. Del Monumento a Pushkin a la columnata griega del Palacio de los Voronzov, todo a lo largo del Primorsky Bulevar, abusó de su fantasía y de nuestra paciencia, estábamos deseando bajarnos a callejear y, sobre todo, a contemplar el mar desde lo alto de la Escalinata de Potiomkin. Antes de darnos semejante gustazo nos habló de la película de Eisenstein como si ella misma hubiera participado en el rodaje y cantó, a modo de despedida, las cifras del simple prodigio:

—192 escalones que comienzan con una anchura de 13 metros en lo alto para terminar con 21 en lo bajo, forzando así una perspectiva que agiganta los 30 metros de desnivel que separan el Primorsky Bulevar del puerto. ¡Feliz estancia en nuestra heroica ciudad! Y ahora, los que lo deseen, pueden comprar billetes para la excursión a un museo único en el mundo: las catacumbas donde vivieron los héroes que lucharon por la libertad de la ciudad, contra la ocupación nazi, durante la Gran Guerra Patria.

Salimos en cinco minutos. Según la verborreica, que únicamente soltaba el micro para retocarse los labios y el peinado, por debajo de Odesa había más de 1.000 kilómetros —muchos me parecen— de túneles desde hacía más de dos siglos, consecuencia de la utilización del subsuelo de piedra arenisca como cantera para la construcción —o eso entendí yo— y tradicionalmente sirvieron de refugio a vagabundos y ladrones, pero durante la Segunda Guerra Mundial, concretamente en la zona de Nerubayske, adonde nos dirigíamos, la resistencia los había convertido en su cuartel. Y desde aquellas trincheras ganaron la batalla, contribuyendo a ganar la guerra.

No supo aclararnos si el orden y la pulcritud que contemplábamos era original o fruto de la imaginativa reconstrucción museística. Respiré aliviada cuando alcanzamos de nuevo el exterior, y más al encontrarme libre en lo alto de la Escalinata.

El Acorazado Potiomkin. No me preguntéis dónde, me imagino que en la tele, ni cuándo vi la película, pero tengo grabada la escena en la que un cochecito de bebé cae pendiente abajo por estas escaleras. Hay una masacre alrededor pero nada angustia tanto como ese cochecito saltando peldaño a peldaño a punto de volcar, es como si el destino de ese niño fuera el destino de todos y su salvación significara la salvación de todos. No tengo ni idea de si esa es o no la filosofía de la escena, ni siquiera si es como yo la recuerdo, pero así es como la tengo grabada y me emociona. Por eso me emocionaba tanto estar allí, en lo alto de la escalera del drama y ver a mi alrededor gente en mangas de camisa, paseando tranquilamente.

No pude evitar descender por ella camino del puerto. ¡Bendita intuición! En una terraza del jardín que la enmarcaba había un chiringuito humeante frente a unas mesas de madera y bancos al aire libre. Detrás de una destartalada parrilla, sudaba un chico moreno y enjuto, probablemente georgiano, que alternaba con maestría la rotación de los pinchos morunos que reposaban sobre la rejilla y su regado con vodka, “para ablandar la carne y avivar las brasas”, nos dijo. Olía deliciosamente a chamusquina. Esperamos a que considerara suficientemente hechos cuatro de los diez que cocinaba y aceptamos como acompañamiento todo lo que nos ofreció: una ensalada de aros de cebolla, rodajas de pepino y cuartos de tomate, y una botella de champán, “el genuino Stalíchnaya de Odesa”, aseguró. Nos sentamos al sol, liberamos a mordiscos los esponjosos tacos de cordero espetados y bebimos el espumoso como si fuera agua, no sé si influyó que en lugar de copas nos dieron gruesos vasos aristados. Era los mejores shasliks que había comido en mi vida (luego repetiría experiencia, por ejemplo, en Sochi)...

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