22 de octubre de 2004

De mar a mar: quinta etapa (y II)

Con ese desasosiego que provoca la combinación forzada, por el espíritu que sentimos propio y el tiempo que quisiéramos ajeno, de viajero y turista en un mismo cuerpo y lugar, bajamos a la calle para transitar respetuosamente entre los imponentes edificios construidos en la avenida Jreshchatik después de la Segunda Guerra Mundial como un grito de reafirmación de la vida ciudadana a pesar de que cuatro quintas partes de la población habían sido asesinadas o deportadas por el ejército nazi; pero, por las escaleras decidimos que, como las calles no las quitaban, sería mejor regresar primero a la Catedral de Santa Sofía y dejar el paseo para después. Me temo que mi compañera hubiera preferido dedicar más tiempo a la exploración de los comercios que a la visita de iglesias, pero consintió; posiblemente a sabiendas de que yo rápidamente lo daba todo por visto. Craso error, el mío.

No sé si eran los colores o las formas o la combinación de unos y otras, el caso es que apetecía echar mano y llevarse un trozo de catedral a la boca. Sede de la primera escuela y biblioteca del principado de los Rus de Kiev o primeros rusos, la Catedral de Santa Sofía, templo de la sabiduría, según rezaban su nombre y sus actos, homenajeaba con trece cúpulas a Cristo y los Apóstoles, y atraía como centro espiritual de la Iglesia Ortodoxa que había sido, y tal y como estaban las cosas volvería a ser, a los creyentes. Deambulando por el recinto, apenas percibimos los movimientos propios del cambio que vivíamos.

Reestudiando el plano que ilustraba mi guía, vi que no estábamos a gran distancia de una de las construcciones más atractivas de cuantas conocía: la Iglesia de San Andrés. Y hacia allí nos dirijimos. Subimos las escaleras hasta la plataforma sobre la que se elevaba pero no pudimos entrar, tenía la puerta cerrada. Volvimos al cruce de calles que presidía y encaramos la que llevaba su nombre, una cuesta de calzada empedrada en curva enmarcada por atractivos edificios de colores, sobre todo amarillo, entre los que aún se conservaba alguna casa de madera. Era una zona tranquila con sabor a puente histórico y social. Desde lo alto al barrio bajo, la calle Andrevski se mantenía ajena a la uniformidad soviética y conservaba indicios del pasado que, esperando volver a ser presente, tenía ya carácter de futuro.

Una imagen bien distinta de la que nos había proporcionado el recorrido de la excursión oficial de la mañana o, en el fondo, la misma. Bastaba recordar las viejas encorvadas y vestidas de negro afanadas en encender velas, orar y limpiar la pequeña y oscura capilla del Monasterio Florivsky, no lejos de San Andrés, en el Podol, el barrio bajo, de casas y gentes sencillas a la orilla del Dniepro.

De vuelta a la avenida Jreshchatik, nos vimos envueltas en una manifestación multidinaria, sin medallas ni toquillas, que cubría la Plaza Kalinin (hoy Plaza de la Independencia) de banderas ucranianas y consignas independentistas. Atravesamos la explanada haciéndonos fotos entre los manifestantes, sin conciencia ni de la trascendencia ni de la velocidad de los acontecimientos; antes de dos meses, Ucrania se proclamaría definitivamente independiente.

Inolvidable: su Universidad, completamente roja.

Y, sí, por supuesto que hay museos en Kiev, aunque yo no haya traspasado nunca el umbral de ninguno.

 

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