15 de octubre de 2004

De mar a mar: quinta etapa (I)

A Kiev fui en repetidas ocasiones y con distintos motivos: celebrar el fin de año del 89, realizar un reportaje sobre el décimo aniversario de la catástrofe de Chernóbil, entrevistar al Presidente de la Ucrania independiente (Leonid Kuchma) y, por supuesto, como guía de todos y cada uno de los amigos y familiares que tuvieron a bien visitarme durante mi estancia en la Unión Soviética. De cada uno de los viajes me ha quedado algo.

Centrándome en el periplo que nos ocupa, recuerdo que en Kiev no cerramos el círculo con el autocar, nos separamos del grupo en la última parada con la intención de dedicar la segunda mitad de la mañana al Monasterio de las Cuevas, Kievo-Piecherskaya Lavra, que se abría ante nosotras precedido por una hilera de kioscos bien abastecidos de guías, postales, mantelerías, bolígrafos, llaveros y alguna que otra camiseta. Mi compañera de viaje se fue derecha al de los helados. Eran cubiletes de galleta rellenos de helado de vainilla como los que vendían en Járkov, un sabroso aperitivo y una fuente de energía nada despreciable habida cuenta de lo que nos quedaba por andar antes de la comida; pero, en la escala de calidad, a decir de mi experta particular, sólo superaban al hielo teñido que en los restaurantes llamaban helado y a los de Tallin.

Antes de adentrarnos en el recinto amurallado, nos paramos a contemplar los santos aureolados de los frescos que cubren la fachada de la torre en la que se abre la entrada principal al Monasterio, y subimos a la capilla que alberga en el primer piso, un espacio de oscuridad rota por resplandores de fuego y oro en el que la devoción y la admiración volvían a mezclarse.

De nuevo al aire libre, pasamos por delante de la alargada construcción que fue dormitorio de los monjes y que ahora reunía, junto a las oficinas turísticoestatales del complejo, tiendas polvorientas y museos de poco interés. Y a su vera, con la disculpa, siempre bien acogida, de hacer fotos, nos entretuve unos instantes en un rincón que ya había hecho mío en visitas anteriores, la pequeña plaza sombreada por un par de árboles y la gran torre campanario de 96 metros de altura que yo hubiera convertido en terraza de café.

Un día entero habría sido poco para explorar los once siglos de historia cristalizados en aquel complejo urbanístico, arquitéctonico, artístico y humano, que tras décadas de ocupación laica recuperaba su vida monacal con la reapertura, dos años atrás, del Seminario y la Academia de teología; nosotras apenas disponíamos de tres horas.

Entre paredes blancas y tejados verdes tapizados de oro, descendimos a la parte inferior de este Monasterio que se considera el más antiguo y uno de los cuatro más importantes de la Iglesia Rusa Ortodoxa, aun cuando el misterio de los milagros atribuidos al lugar haya sido ya desentrañado: los cuerpos de los monjes enterrados en las grutas de estas colinas permanecían incorruptos gracias a la composición química del terreno, no porque fueran en sí mismos incorruptibles. El paseo por las catacumbas, a la luz de las velas, no nos resultó precisamente agradable. Preferíamos mil veces la mugre exterior, con sus circunspectos habitantes barbudos enfundados en raídas túnicas negras y tocados con gorros del mismo color no menos desleídos, impregnados de un aire falto de frescura que lo contagiaba todo menos la belleza opulenta de las cúpulas doradas que destacaban aquí y allá.

Con la penosa satisfación que provoca el visto y no visto del de oca a oca y tiro porque me toca buscamos un coche que nos llevara a la Avenida Jreschatik. El improvisado taxista nos dejó a la entrada de un restaurante de cierto nivel. No puedo decir que se alegraran de nuestra llegada, es más, querían convencernos para que matáramos el hambre con unas lonchas de queso en el bar, pero nos resistimos y conseguimos una mesa en el elegante y polvoriento comedor de la primera planta (demasiadas cortinas, manteles y sobremanteles para las ganas de trabajar con las que convivían). De la extensísima carta, sólo había, como era habitual, un par de cosas: champiñones gratinados y sharkoe, patatas guisadas con carne en cazuela de barro. En algún plato vimos pechugas rellenas. No protestamos, en parte, porque lo que nos ofrecía nuestra corpulenta camarera nos apetecía y, en mayor parte, porque si queríamos comer rápido y bien, era mejor no enfadarla. Con una sonrisa comedida pedimos dos raciones de cada, dos botellas de agua con gas (que resultó salada) y una botella de champán. La tarta cebra nos la trajo después de advertirnos que nuestra cuenta era ya bastante elevada (repetimos champiñones, las raciones eran poco menos que un chupito), pero café no conseguimos: “¿cuántos viajes creen que puedo dar a cada mesa?”, nos espetó en un comedor con cinco mesas ocupadas, la que más por cuatro comensales, y siete camareras.

Salimos ganando. Nos tomamos algo parecido a café en el balcón de un local privilegiado que pedía a gritos inversión y maestría hostelera. Olvidando por un rato nuestras prisas de turista, disfrutamos del pasear de la gente por la calle más comercial de la capital ucraniana. Los modelitos tenían más de un comentario, lástima que mi amiga no fuera la interlocutora apropiada, aunque de vez en cuando se despachaba a gusto, especialmente con las minifalderas, que eran muchas.

 

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