8 de octubre de 2004

De mar a mar: cuarta etapa (y II)

Sabía que Lvov era la ciudad más religiosa de Ucrania pero no podía imaginarme que pudiera albergar tal variedad de comunidades cristianas, todas ellas en plena recuperación de la legalidad, de la transparencia para sus cultos, a sus fieles nunca los habían perdido ya que se mantuvieron creyentes bajo el ateísmo oficial. La Iglesia de la Transfiguración era una fiesta de colores que desde hacía un año volvía a ser el altar mayor de la Iglesia Católica Ucraniana. Pero, si bien ésta había sido la primera en recobrar la tranquilidad que da el amparo de la ley, el verdadero eje de la Iglesia Católica Ucraniana era la Catedral de San Jorge (Yura Sobor) que había vuelto a su ser después de 44 años de control ortodoxo. Tengo que reconocer que mi ignorancia se hacía más y más acusada a medida que, templo tras templo, y en Lvov había muchísimos, averiguaba a qué confesión pertenecía cada uno y cuál era su puesto en la lista de grados de la devoción popular. Muchos católicos, pero cada uno de su padre y de su madre.

El gusanillo del hambre y el peso de la humedad nos empujaban hacia un lugar caliente en el que pudiéramos sentarnos y reponer fuerzas, pero conocedoras del poder de la pereza posprandial, decidimos acercarnos antes al santuario histórico de la comunidad ortodoxa, un complejo arquitectónico renacentista llamativo por la altura de su campanario y las cúpulas tanto de la Iglesia de la Asunción como de la Capilla de la Santísima Trinidad.

Cerca de la Plaza del Mercado, identificamos una stalóvaya, un comedor popular, que no tenía mala pinta, vamos, que parecía limpio. Entramos a echar un ojo y nos quedamos. Las camareras eran como las de Járkov, como las de todas partes, inmensas, despeinadas, sudorosas, impacientes, y a veces generosas: la garcillada de crema de leche agria, smetana, que nos echaron en el plato de borsh era de pariente. Los segundos, hamburguesas posiblemente de pavo y fritos tal vez de algún pescado, tenían una pinta infame, así que cogimos pan, una pequeña fuente de ensaladilla rusa se vuelva y un vaso de zumo de manzana, y nos sentamos a una mesa en la que dos chicos encorvados sobre sus platos engullían sin tregua su borsh alternándolo con voluminosos tragos de zumo y decididos mordiscos de los enormes trozos de pan que sujetaban sus manos izquierdas. No parecían los mejores compañeros de almuerzo, pero por mucho que buscáramos no encontraríamos otros más finos, todos comían igual, como si temieran que de un momento a otro alguien pudiera arrebatarles el plato.

El borsh estaba demasiado caliente para mi gusto, pero muy sabroso, aunque la carne brillara por su ausencia y oliera demasiado a concentrado de tomate. Me alegré de que hiciera el frío suficiente como para desear una sopa caliente y de haber entrado en aquel humilde stalóvaya en el que servían borsh precisamente en Lvov. Luba me había transmitido los secretos de, según ella, la receta genuina, la tarde que decidió llegado el momento de conducirme por los vericuetos nacionalistas que fragmentaban ya sin reparos su sentir soviético; lo hizo con una candorosa exaltación del arte culinario ucraniano. “Carnes de ternera y cerdo, remolacha, patatas, zanahoria y cebolla cocidas con salsa de tomate y sazonadas con azúcar, sal y perejil, hábilmente contrastadas con fría y agria crema de leche, eso es el borsh”, me dijo al tiempo que envasábamos berenjenas, remochalacha, zanahorias y setas, aseguradoras de un vitamínico invierno, en la cocina de su casa.

Mientras comíamos al lado de las máquinas deglutidoras, nosotras, que hablábamos, respirábamos y nos mirábamos, decidimos que no volveríamos ni a la populosa Catedral de San Jorge, ni a la bizantina Iglesia de San Nicolás, ni a la tenebrosa capilla del Monasterio de San Bernardo, ni tan siquiera a las antiquísimas Iglesias de San Onofre y Viernes Santo, guardianas de unos preciosos iconos de madera, nos conformaríamos con lo visto en la excursión. Ahora la duda estaba entre subir al Castillo Alto que prometía una vista panorámica de la ciudad o ir al Museo de la arquitectura y la vida populares donde, entre otras atractivas construcciones al aire libre, nos habían dicho que se levantaba una iglesia de madera típica de Galitsia (que así se llamaba esta región cuando en el siglo XIII se fundó Lvov) traída de Krivkij hacía medio siglo. Aprovechando que la lluvia había cesado, nos inclinamos por la segunda opción, y dejamos atrás cualquier duda que hubiéramos albergado cuando una de las camareras nos indicó que se podía ir en autobús desde relativamente cerca de donde nos encontrábamos y que, una parada más allá, estaba el cementerio Lychakiv, un verdadero museo de panteones entre los que debíamos buscar el de Iván Franko, el omnipresente poeta nacional.

Apenas nos habíamos bajado del bus cuando la fina lluvia, realmente gallega, hizo de nuevo su aparición. Pero no fue la lluvia lo que casi nos impulsó a volver a la ciudad, sino la indicación, a la entrada de un camino sin asfaltar, de que el museo se encontraba a algo más de un kilómetro; no obstante, la certidumbre de una larga espera bajo la marquesina hizo que, por fin, nos aventuráramos por el sendero. El conjunto del museo parecía un enorme pueblo abandonado. Me imagino que hoy será un organizado parque temático plagado de figurantes al más puro estilo americano, pero de aquella era un campo de testigos mudos que nos llenó de una extraña nostalgia y nos vació, cómo no, de carretes. Del cementerio tuvimos que olvidarnos porque el tiempo se fue volando entre casas representativas de todos los rincones de la campiña ucraniana, iglesias, escuelas, herrerías, molinos y hasta terrenos sembrados, sin que reparáramos en ello.

 

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