1 de octubre de 2004

De mar a mar: cuarta etapa (I)

 

Después de Vilnius, nuestro siguiente objetivo era Minsk, la capital de Bielorrusia. Según algunos de nuestros compañeros, la meca del comercio; al decir de mi guía, poco más ("durante la Segunda Guerra Mundial, las tropas alemanas no dejaron piedra sobre piedra"). Así que no nos importó demasiado reestructurar nuestro itinerario cuando supimos que el tren procedente de Vilnius llegaba a Minsk a las tres de la madrugada: Lvov parecía el destino más recomendable.

Con ser una ciudad centroeuropea, bien distante del mar, Lvov se grabó en mi memoria con la identidad de un pueblo norteño vestido de piedra, en concreto Laredo; y que nadie me pregunte el porqué, me basto y me sobro para reconocer que es absurdo.

Lvov es uno de esos territorios que, a base de pasar de mano en mano, lejos de perder su identidad la han reconcentrado para reivindicarla en cuanto tienen la más mínima oportunidad, y las fisuras en la Unión Soviética se las ofrecían a cientos. Una vez más, eran las manifestaciones religiosas las primeras en aflorar para dar fe de la superviviencia eterna de las creencias individuales y colectivas; volvían a la vida la Iglesia Armenia y la comunidad católica griega, los ritos apostólico-romanos y los ortodoxo-ucranianos. Empezaba a florecer la actividad comercial de tinte capitalista.

Cuando terminamos la excursión, lloviznaba y, no sé si porque había poca gente o por esa sensación de vacío que nos provoca a los urbanitas occidentales la ausencia casi total de coches por las calles, buscamos el calor de la Plaza del Mercado, verdadero corazón de la ciudad que guerra tras guerra fue capaz de dar aliento a todos sus edificios para mantenerlos en pie. Resguardadas en su caja tapada por el cielo gris, disfrutamos cada uno de los detalles de las fachadas: las sonrientes caras asiáticas del siglo XVIII; el San Martín a caballo del siglo XVI en la Casa de Piedra Negra, que con los edificios de su izquierda forma una excelente muestra del Renacimiento italiano; los caballos y delfines que cubren la cornisa de la casa del comerciante griego Kornyakt; el legionario romano que se asoma por encima de la baranda en la casa construida en el siglo XVIII por la familia polaca Lubomyrsky; el león veneciano esculpido en la casa donde vivió el cónsul de Venecia en el siglo XVII... Contempladas, recontempladas y fotografiadas las fachadas, antes de dejarnos atrapar por las callejuelas que querían alejarnos de la Plaza con promesas de preciados tesoros, entramos a lo más parecido a una tienda de souvenirs que habíamos visto hasta entonces.

El establecimiento, forrado de gastadas y crujientes maderas, almacenaba descoloridos textos y rancio material escolar que nada tenían que ver con las mantelerías bordadas, las velas esculpidas y los recipientes de madera lacada que nos habían atraído desde su escaparate. No obstante, salimos de allí con un recuerdo para cada uno de nuestros parientes y amigos, nos llevamos todos los bolígrafos con cubierta de madera que lucían la efigie de la gloria literaria nacional Taras Shevchenko.

En la Catedral católica romana, cuya primera fábrica es del siglo XIV, fluía un incesante ir y venir de ancianas tocadas con leves pañuelos que no daban descanso a los confesionarios y que, con su actitud, me obligaron a explicarle a mi amiga (musulmana) los misterios de aquel mortificante sacramento al que yo hacía tiempo que no acudía, pero que probablemente imprimía carácter a mi vida.

Al salir, no sabíamos muy bien hacia donde tirar. Muy cerca, en una dirección, el esplendor económico vivido por Lvov entre los siglos XV y XVII, se reflejaba en la capilla fúnebre de los Boimi, una rica familia de comerciantes húngaros del siglo XVII. Igual de cerca, en la opuesta, testimonio de la transición entre el renacimiento y el barroco, se alzaba la Iglesia de los Jesuitas.

Una vez cumplidas las dos visitas, sin prisas, atravesamos de nuevo la plaza en busca de la farmacia más antigua de la ciudad, que según algunos eruditos lo es también de Europa; en cualquier caso, un ejemplar único, en la medida en la que combina la actividad propia de despacho iniciada en 1735 y la adjudicada de museo en 1966. En un país ajeno a la competitiva farmacopea industrial, como era la URSS, en el que se recetaban principios activos y se dispensaban dosis, la deliciosa síntesis de maderas y lozas, espacios y medidas, polvos y líquidos, transparencias y colores, alusiones históricas y apuntes recientes de la arcaica botica que abría sus puertas “Bajo el Águila Negra” rezumaba autenticidad.

Cerca nos encontramos la Casa de la Estaciones, curiosa por las representaciones de los signos del zodiaco que luce su fachada, y en la misma calle, un poco más abajo, contemplamos la Catedral Armenia que ricos mercaderes del país caucásico habían construido en la segunda mitad del siglo XIV, dicen que a imagen y semejanza de Echmiadzin, la sede del Katholikos, el papa de los cristianos armenios, en Yerevan; una ciudad que tal y como estaban las cosas de violentas por allí era más que probable que no pudiera llegar a visitar.





sgutierrez@divertinajes.com
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