24 de septiembre de 2004

De mar a mar: tercera etapa

En Vilnius entramos con mal pie, o mejor dicho, Vilnius nos recibió rompiendo nuestro ritmo: ¡ese fue su error! ¿Sacar los billetes para la noche? Imposible. ¿Excursión por la ciudad? Habría que esperar a media mañana para enterarse en la oficina de turismo, que abría a las once. ¿Mandar un telegrama? Cuando el funcionario de turno decidiera que había terminado de hacer el inventario y podía reabrir la ventanilla. ¿Consigna? Al fondo del vestíbulo. Algo era algo. Dejamos los bártulos en el abarrotado depósito de equipajes y salimos al exterior.


Reconozco que del conjunto arquitectónico urbanizado y habitado denominado Vilnius tengo pocos recuerdos. El más fuerte me lleva a los bancos de una iglesia a la que volvimos después del preceptivo recorrido turístico. Soy capaz de rememorar el diálogo con toda claridad, también recuerdo perfectamente el interior de la nave, las lámparas y las estatuas que se contaban por cientos, y sin embargo no puedo acordarme de qué iglesia era. Cuando decido que era la Catedral, vuelvo a inclinarme por San Pedro y San Pablo, y quizás no fuese ninguna de ellas. En todo caso, la catedral es poco probable, ya que acababa de ser reconsagrada y dudo que hubiera superado con semejante rapidez y eficacia su pasado soviético de pinacoteca. Aunque, dicho sea de paso, el casco viejo de la capital lituana, de corte menos germánico que sus hermanas bálticas Tallin y Riga, transmite un ritmo pausado, obeso, casi apático, y sin embargo, encierra el secreto de aquellos que fueron los primeros en gritar a los cuatro vientos su salida de la forzada Unión. Por la cantidad de estatuas y bajorrelieves, casi aseguraría que era San Pedro y San Pablo, dicen que tiene unas dos mil esculturas.

También me viene a la memoria una especie de frondosa colina verde salpicada de villas, aparentemente lujosas, pero no podría decir desde donde la veía. ¿Era desde el monte del Castillo del príncipe Gediminas? ¿O era la propia fortaleza lo que contemplaba? Y los letreros de los negocios de artesanos, forjados en hierro como esas siluetas en cartulina negra que hacen en Montmartre. Todos eran preciosos, pero el del barbero, rematado al oeste con unas tijeras abiertas, se llevaba la palma. ¿Y qué decir del libro orlado que colgaba sobre la librería Viarsmes? Sencillamente soberbio.

¿Qué comimos en Vilnius? Creoque una especie de perritos calientes en un puesto callejero y pan negro con pescado ahumado.

¡Un misterio! No sé por qué algunos detalles se graban con tanta viveza en la memoria mientras otros, en apariencia con mayores posibilidades de hacerse perennes, ni siquiera llegan a anclarse en media neurona.

A media tarde, prometiéndonos volver algún día a aquel dédalo de callejuelas solitarias, vigiladas por más de una docena de campanarios pertenecientes a otros tantos templos, que dejábamos atrás, regresamos a la estación rezando por un par de billetes.

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