17 de septiembre de 2004

De mar a mar: segunda etapa

A falta de un buen plano turístico, el recorrido organizado en autobús, como primer contacto con la ciudad, se convertiría en un clásico de nuestro viaje de capital en capital, del Mar Blanco al Mar Negro. Solíamos ser las únicas turistas propiamente dichas, el resto de visitantes eran gentes que habían llegado a la ciudad en komandirovka (comisión de servicios), ya fuera para realizar un curso de actualización, para participar en un congreso, para hacer algún trabajo especializado o cualquier otro negocio. Siempre aprovechábamos para fijar en la memoria los lugares de especial interés y su ubicación, con el fin de volver después.

La capital de la entonces República Socialista Soviética de Letonia, mucho más ciudad que Tallin, al menos en lo que a tamaño se refiere, mantenía un estrecho parentesco con ésta, aunque sólo fuera en la limpieza de sus calles y el colorido de sus edificios; sin alcanzar, para mí, el encanto de la capital estona, Riga era más apetecible para vivir, más madura, más seria, más segura e igual de interesante. Muy verde.

Después de comer en el restaurante del Hotel Riga, el más elegante de los dos establecimientos que por aquel entonces Intourist, la agencia oficial de turismo, mantenía en la ciudad, subimos a lo alto de la torre de la Iglesia de San Pedro, según nuestra guía, la más alta del mundo hecha en madera, aunque creo recordarla de estructura metálica, y desde allí hicimos fotos de una amplia gama de calidades artísticas y técnicas sobre decenas de tejados, con el río Dvina al fondo y sin río, fotos picadas sobre las callejuelas que rodean la iglesia, retratos de rostros desconocidos, etcétera.

Es una pena que aquel día no estuviera programado ningún concierto en la Catedral: su órgano tiene 6.768 tuvos, de entre 13 milímetros y 10 metros, ahí es nada.

Con la luz del atardecer, las fachadas se tornaban más y más atractivas. Errantes por la ciudad vieja, volvíamos una y otra vez a calles ya paseadas, y no nos cansábamos de disfrutar de la Puerta de los Suecos, resto de la antigua muralla de la ciudad; la Torre de la Pólvora, interesante
construcción cilíndrica con tejado puntiagudo, del siglo XIV, que sirvió a fines militares; las casas gremiales de ese mismo siglo bautizadas con el nombre de Gilda, la Gran Gilda y la Pequeña Gilda; las tres viviendas medievales metidas unas por otras conocidas como los Tres Hermanos... También sorteamos alguna que otra barricada.

Al anochecer, gratamente impresionadas por una ciudad que se sumaba a la que habíamos visitado el día anterior, Tallin, para darnos la sensación de que la vida fuera de la Unión Soviética no sólo existiría sino que incluso sería bastante mejor, más atractiva y fecunda, nos encaminamos tristemente, por tener que irnos, a la estación. Frente a ella, ya lo había visto por la mañana, hacia esquina un pequeño bar, casi taberna al uso (me da igual sidrería asturiana que pub irlandés, formas diferentes de un fondo similar), al que se accedía bajando cuatro o cinco escalones. Un poco oscuro y abarrotado, olía bien, a comida. Decidimos cenar allí. Hubiera tomado una cerveza, pero tuve miedo de que fuera como la cerveza de Járkov, una lavativa, un enema, un diarreico, genial para limpiar por dentro cuando tienes un aseo de confianza cerca, pero poco apropiada cuando estás vagando por
el mundo, y menos si andas por el orbe soviético. Cenamos opíparamente. Champiñones con bechamel, igual que los que hacían en Ucrania, salchichas estilo frankfurt y tarta, y para beber un jasco refresco rojo que me encontraba en todas partes.

Para el recuerdo quedaron en nuestra memoria las fachadas de colores y las pinturas murales de algunos edificios, para el recuerdo nos llevamos en la maleta collares, pulseras y anillos de ámbar.

Información actualizada: Riga en la red

Información turística. Con imágenes en directo de la ciudad.

Espectáculos. Guía semanal al día.

El tiempo en Riga

Aeropuerto





sgutierrez@divertinajes.com
Otros destinos
Volver
Imprimir