10 de septiembre de 2004

De mar a mar

En julio de 1991, invertí una de mis semanas de vacaciones en un viaje inolvidable, tanto por el recorrido como por la compañía: fui del Mar Blanco al Mar Negro, en tren, con una joven uzbeca, oriunda de Samarcanda que nunca había viajado por viajar. Éramos compañeras de estudios en el Hospital Oftalmológico Provincial de Járkov, vivíamos en la misma residencia de médicos especialistas en formación, y me convenció para que la dejara unirse a lo que yo había planeado como una miniaventura en solitario. De ese viaje nació una gran amistad. Una amistad que, sin duda, está en la base de mi respeto y mi cariño por las gentes de otras culturas y de otros pueblos, siempre más cercanos e interesantes de lo que pueda parecer.

Antes de rememorar lo que fueron las etapas diurnas (por la noche dormíamos en el tren que nos trasladaba de una ciudad a otra), quiero unir la mía a todas las manifestaciones de dolor provocadas por la tragedia ocurrida en Beslán, desgraciadamente una cuenta más en el terrible rosario de intolerancia y abusos que azota al mundo.

Tallin

Llegamos a Tallin tan temprano que aún no habían abierto las taquillas de la estación (teníamos que comprar el billete para la siguiente etapa), ni la consigna (para dejar el pequeño pero molesto equipaje), así que me senté a ojear mi pequeña guía de viajes, una edición de bolsillo de Plaza y Janés que en 63 páginas con 40 ilustraciones y 6 planos recorría toda la Unión Soviética. Era la única que había encontrado en las librerías cuando preparaba mi viaje a la URSS en el otoño de 1989.

Tallinn —leí— (464.000 habitantes) es la capital de la República Socialista Soviética de Estonia, y se encuentra a 1.000 km en tren de Moscú en dirección noroeste, junto a la orilla meridional del golfo de Finlandia. Desde el siglo XIII, esta ciudad hanseática desempeñó un importante papel en el extremo norte del tráfico comercial alemán. En el siglo XVI, Reval se convirtió en una importante fortaleza costera de los suecos. Fue por fin Pedro el Grande quien logró someter a control ruso el acceso al golfo de Finlandia (1710). Tras la Primera Guerra Mundial, Reval pasó a ser la capital de una Estonia independiente; en 1940 fue anexionada por la Unión Soviética. Tallinn estuvo ocupada por las tropas alemanas de 1941 a 1944.” Releí el párrafo para asegurarme de que Reval y Tallinn eran distintos nombres de una misma ciudad y continué investigando.

”La parte más antigua de Tallinn es el castillo de Toompea, una fortaleza de la época del rey danés Waldemar II (siglo XIII). Desde la torre del castillo (<el largo Hermann>, llamada así en honor del maestre alemán Hermann von Salza), de 47 metros de altura, se puede contemplar la costa, las instalaciones fortificadas del castillo y la *ciudad antigua, con sus estrechas callejuelas y las pequeñas casitas con tejado a dos vertientes. Éstas y las torres de las iglesias le dan el carácter de una ciudad medieval alemana, que se diferencia considerablemente de los barrios modernos de la ciudad.

”La catedral gótica (siglo XIII; torre barroca de 1779) alberga la sepultura del almirante y héroe ruso Greig, realizada por el escultor de San Petersburgo, Martos, en estilo clásico (siglo XIX).

”Los muros y las torres de la ciudad antigua sólo se conservan en parte.

”La iglesia de San Olaj (siglo XV) ofrece desde su torre, de 125 m de altura, una amplia panorámica; es un bello ejemplo del gótico septentrional alemán. La ciudad antigua está atravesada por la Lai (= <calle ancha>) y la Pikk (= <calle larga>). Numerosas iglesias, factorías y casas burguesas de la época del gótico tardío o del incipiente renacimiento conservan el ambiente del siglo XV.

”En la amplia plaza del Ayuntamiento se halla el *Concejo Municipal, edificio representativo de la acomodada burguesía de la ciudad hanseática (siglo XIV), con una torre octogonal de 62 m de altura, construida en el siglo XVII. Más al sur se encuentran la impresionante iglesia de San Nicolás (siglo XIII), antaño con una riquísima decoración interior, y la iglesia de San Miguel, sueca (siglo XVI). Tallinn cuenta con una serie de pequeños museos y colecciones, dedicados sobre todo a la creación de los artistas estonios. Cerca de Tallinn, no lejos del monasterio de Pirita (siglo XV), en la costa, se construyó en los últimos años un gran complejo deportivo, donde se celebraron las regatas a vela de los Juegos Olímpicos de Verano en 1980”.

Informaba además de la existencia de dos hoteles (uno de “primera categoría” y otro “bueno”) y un camping. Sin embargo, ni un solo plano. La guía estaba muy bien pero sólo tenía planos de Moscú, Leningrado y Kiev. Imposible orientarse.

Le pregunté a una señora que esperaba en la parada del autobús, a la puerta de la estación, cómo podíamos llegar al castillo de Toompea. Amablemente me explicó que el muro que teníamos enfrente era uno de los límites de la ciudad vieja, y me acompañó hasta el camino que debía seguir. Así, sin haberlo planeado, pero como si lo hubiéramos hecho, entramos en Tallin por su parte más antigua y elevada.

Llegamos a la colina de Toompea andando, pero lo que me dejó sin aliento no fue la pendiente, nada despreciable, que acababa de subir, sino el panorama que se abrió ante mis ojos. A nuestros pies, deslizándose colina abajo y separándonos del azul intenso del mar (que mi compañera veía por primera vez), se apiñaban pequeñas y sólidas edificaciones tocadas con afilados tejados, entre los que despuntaban, de tanto en tanto, orgullosas torres. Aquello que veía nada tenía que ver con las grises urbes soviéticas a las que ya me había acostumbrado. Aquello era Europa, tal y como yo la entendía.

Las espléndidas torres que nos imaginamos pertenecían a la catedral gótica, a la iglesia de San Olaj, al Ayuntamiento, fueron nuestras guías en el recorrido turístico. No resultó muy complicado, hicimos pleno.

Sé, porque conservo la diapositiva que lo confirma, que en algún momento de la mañana topamos con una pintura mural de lo más útil: un espléndido plano de la ciudad vieja. Custodiadas por las figuras de dos nobles, hombre y mujer, ataviados a la usanza medieval, aparecían de manera esquemática y perfectamente ubicadas todas las construcciones de interés de la ciudad vieja. Debajo del plano, en letra de imprenta, dos listas paralelas, una en estonio y otra en ruso, facilitaban el nombre y el siglo de origen de los distintos monumentos.

Para media mañana, ya habíamos contemplado, admirado y fotografiado todos y cada uno de los edificios históricos que, debo decirlo, a pesar de ser realmente majestuosos no consiguieron atraer nuestra atención tanto como el inmaculado adoquinado de las calles, elegantemente perfilado con aceras de bajos bordillos (como los que están imponiendo en las calles españolas las más recientes reformas urbanísticas). No nos resistimos, no obstante, a echar la cabeza hacia atrás y elevar la mirada por los 125 metros de la torre de San Olaj y los propios de la barroca construida en 1779 para la catedral gótica del siglo XIII, pero por poco tiempo, los escaparates de las tiendas también atraían lo suyo. Y eso que yo no soy nada consumista, es más, ir de compras me pone enferma (y no es un decir).

El primer sitio acultural al que entramos fue a unos baños públicos. ¡Tenían ducha! ¡Y limpiabotas! ¡Y planchadora! Lo fijamos en el rústico plano mental de Tallin que íbamos diseñando y cargando de contenido, seguro que tendríamos que volver. ¡Estaban limpísimos! Y eso, tratándose de la Unión Soviética, resultaba asombroso.

Entramos en una librería y sucumbí a la tentación de adquirir unos cuentos ilustrados: ¡me los envolvieron! Y la dependienta sonreía y nos aconsejaba continuamente. Puede parecer un detalle insignificante, pero a mí me hizo comprender que no hay represión ni censura ajenas capaces de aniquilar el espíritu de un pueblo. La radiante elegancia estonia se filtraba a través de la gris mediocridad soviética con la misma frescura y facilidad con la que se cuela el agua en las grutas calcáreas para crear hermosas estalactitas y estalagmitas. Resultaba verdaderamente esperanzador, más cuando vivíamos el inminente derrumbe del imperio soviético con la angustia de suponer detrás un completo vacío.

Yo de una ciudad tan coqueta como Oviedo, mi compañera de un legendario nudo comercial como Samarcanda... ¡parecía que nunca hubiéramos paseado por una ciudad! Estábamos felices.

Empezaba el hambre a hacerse hueco en nuestras mentes cuando un delicioso aroma a pan horneado nos condujo hasta un pequeño local en el que hacían pizzas. Como no nos decidíamos, pedimos que nos recomendaran dos de las seis que tenían. Era un local pequeño, sin mesas, así que salimos a comerlas a la calle, con la suerte de que enfrente había un muro que nos sirvió de mostrador.
Satisfechas, consideramos que era el momento de acercarnos al mar, aunque el puerto —un muelle de carga y descarga, nada que ver con un bucólico puerto pesquero— no fuera especialmente agradable. De vuelta al centro, caminamos calle arriba por una paralela a la que nos había conducido hasta el puerto. La anterior, empedrada y vacía, casi como un camino entre huertos; ésta, repleta de interesantes talleres artesanales y viviendas de gentes que lucían en las fachadas, reflejadas en el adoquinado, su gusto por la vida.

Una vez más, el azar, o mi desarrollado sentido de la orientación chigrera, nos deparó una grata sorpresa: un café que nada tenía que envidiar al más elegante del París de los Parises. La profusión de dulces era tal, y tan apetecibles todos, que casi preferíamos no tomar nada a tener que elegir. La puerta por la que salimos era la esquina del edificio, el extremo de una manzana triangular que nos colocaba al lado de una concurrida plaza, la del Ayuntamiento. No sé cuánto tiempo estuvimos allí, creo que me quedé ensimismada contemplando a la gente que iba, que venía, que permanecía, como yo, sentada. ¡No parecía la Unión Soviética! Resplandecía el adoquinado de puro limpio y resplandecían los rostros como si no estuvieran contaminados, seguramente se trataba de un pueblo europeo que poco o nada tenía que ver con el angustioso atraso euroasiático con el que habían querido emparentarle, su identidad era otra, y sobrevivía.

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Mis favoritos (en 1991)

Maiasmokk Kohvik. Café situado en Pikk, 16.



sgutierrez@divertinajes.com
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