2 de julio de 2004

Italiano para croatas (o viceversa)

De haber sabido que el trayecto Zagreb-Karlovac era el único que haríamos por autopistas habría probado la sexta marcha del coche de alquiler pero... saber es bueno para Dios, decía mi abuela.

Karlovac apenas se desperezaba cuando nos sentamos en una elegante terraza a tomar nuestro segundo café de la mañana; en la plaza, se abría el puesto de fruta en el que compramos un cartucho de fresones, mientras buscábamos la columna votiva y el pozo barroco que según nuestra guía (Anaya 2002) aún se conservaba en el lugar.

Continuar por carretera nacional (no teníamos otra opción) fue un placer, especialmente alimentado por los numerosísimos restaurantes que la jalonan, muchos de ellos con sus corderos y sus cerdos dando vueltas en los asadores externos para deleite del viajero. ¡Uhmmmm!

Tampoco cenamos mal. Saborear un buen pescado a la espalda sobre la arena de una tranquila playa es un lujo, por lo escaso. ¿Lugar? Moscenicka Draga, el pueblo de pescadores donde, alcanzadas por el anochecer, decidimos parar a dormir en una casa, una de tantas que se anunciaban en la carretera. Nuestros anfitriones, los Ricman (00 385 51 737 631) nos sirvieron el desayuno en la terraza (sobre la carretera, con vistas al mar), bajo las parras, y pararon la circulación para que pudiéramos salir. Hay que ir con cuidado, porque las carreteras son muy estrechas, apenas si se encuentra algún tramo con arcén.

Esa tarde habíamos paseado por Rijeka (o Fiume, que también así se llama) y Opatija. Rijeka, punto de arranque de la ruta costera que pretendíamos seguir, y lugar de nuestra primera traición a los planes establecidos: por mucho que los moritos de Rijeka hubieran sido las joyas de moda entre las aristócratas del siglo XIX, no se las compramos a nuestras madres. No nos gustaron esas cabezas esmaltadas que adornan pendientes, sortijas, cadenas y pulseras.
¿Qué puedo deciros de Opatija? ¿Qué es el escaparate del glamour adorablemente decadente de Istria? ¡Qué villas! ¡Qué hoteles! ¡Qué parques! ¡Qué ambientazo, tanto por las calles como sobre la plataforma de baños! En Istria, el italiano no es sólo un idioma que comparte oficialidad con el croata, es un espíritu que contagia su familiar alegría de vivir.

Camino de Pula (también, Pola), no pasamos por alto la curiosa iglesia de Santa Bárbara, cuyo cuerpo reproduce la forma de una vagoneta volteada mientras el campanario recuerda las torres de las minas, del pueblo minero inaugurado en 1937, Rasa; ni nos perdimos Labil, apropiadamente denominada “ciudad sobre el monte” por los celtas.

A la hora de la siesta, con un sol de justicia, aparcamos en Pula. Previamente, nos habíamos acercado a Fazana con intención de cruzar a las Islas Brijuni (una posibilidad que descartamos dado lo espaciado de las visitas y lo ajustado de nuestro tiempo) para acabar refrescándonos en su playa de cantos rodados (allí mismo compramos unas sandalias de río) y comiendo un sabroso plato de pasta con pescado en su puerto. Nuestro objetivo en Pula: el Anfiteatro
romano, excelentemente situado (a orillas del mar) y conservado (nada que ver con el desastre que es el Castillo de la ciudad, deberíamos habernos ahorrado la caminata). Impresionante: el Templo de Roma
y Augusto, edificio que desde su construcción (2 aC. – 14 dC.) ha servido de iglesia, granero y almacén. Con todo (no hay que olvidar la Catedral, el Ayuntamiento, el Convento de San Francisco...), lo mejor de Pula es pasear por sus calles, sin prisa, dispuestos a disfrutar de su ambiente cosmopolita y vital del puerto de mar que es. Una curiosidad: James Joyce dio clases de inglés en la ciudad, al lado del Arco de los Sergios (Siglo I aC.).

Volviendo sobre nuestra rodadas, inmersas en una nube de moteros, pusimos dirección a Rovinj/Rovigno. De no haber sido por el contrarreloj en el que estábamos metidas (lo peor, ¿lo inevitable?) creo que nos hubiéramos quedado allí unos días. Sin tener nada especial, Rovigno es especialísima. Vas caminando por las calles (estrellas, empinadas), no soportas más el calor, bajas por la primera escalera que encuentras y te das un chapuzón en el mar... Es lo que tiene vivir sobre un acantilado y aprovecharlo. Tiendas, restaurantes y, sobre todo, como en todo el país, espectaculares heladerías: helados de fresa, chocolate, mantecado... y pitufo (azules). Dormir en Rovigno, imposible.


Seguimos camino. Y la última luz del día nos permitió contemplar un sugerente paisaje: el que ofrece el Limski Kanal, un fiordo formado por los doce kilómetros de mar Adriático que punzan la tierra en Istria. De noche, en Vsar/Orsera, la oficina municipal de turismo nos encontró alojamiento en un apartotel, aún en construcción, perfectamente equipado, regentado por Nina y Elio Popovic (00 385 52 444 456). Orsera nos sorprendió muy gratamente: tanto en la visita gastronómica nocturna como en la cultural mañanera. Su Iglesia de la Virgen del Mar (ubicada en un alto desde el que se contempla el puerto) es el monumento románico mejor conservado y con los frescos más antiguos (s. IX-X) de Istria.

En Porec (Parenzo) volvimos a desayunar, y lo hicimos, como es costumbre en el país, comprando dulces en una pastelería y sentándonos en la terraza de una cafetería a mojarlos en el café. Los restaurantes que caen sobre el mar bullían preparándose para comidas y cenas.

Los turistas buscábamos todos lo mismo: la Basílica Eufrasiana. Un gran ejemplo de arte bizantino que convive con recuerdos romanos.

Llegamos a Umag/Umago a tiempo para darnos un baño (en su concurridísima playa de cemento sobre aguas cristalinas), comprobar que el Open de tenis tiene una gran importancia en la ciudad y salir camino del puerto de Brestova.

En el interior, la vegetación esconde pequeños pueblos únicamente delatados por los campanarios de sus iglesias, y reliquias como la capilla de frescos con Beram. Comimos en un merendero de servicio lento y cocina suculenta que nos regaló con unos tagliateli con trufa (lonchas verdaderas). Únicos.

Esa noche, ya dormimos en Cres, la primera isla a la que cruzamos.






sgutierrez@divertinajes.com
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