Hace no mucho, en pleno invierno,
hube de acercarme a la Península
de Morrazo, en el corazón de las Rías
Bajas, frente a Vigo, y una vez más pude
comprobar eso que tanto nos gusta comprobar a los que somos del Norte:
que el tiempo extraordinariamente bueno, más allí de habitual
soleado, caluroso sin agobiar... ¡qué no será en verano!
Pero sigan, sigan yéndose al Sur y a Levante,
que esto hay que conservarlo (bastantes estragos urbanísticos se
hicieron ya, ¿no hay manera de librarse de falta de cordura y la
ambición desmesuradas?).
Desgraciadamente, por aquellos lares, hay otra certeza que te atrapa:
la de las nefastas comunicaciones terrestres. Por si las características
orográficas fueran insuficientes para contribuir al aislamiento
(del que se alegran y benefician especialmente los acomodados refugiados
fugados de la gran ciudad), la hechura y las indicaciones de las carreteras
son de lo más abstrusas. Por eso os recomiendo ir sin prisas, con
paciencia y ganas de disfrutar.
Reconforta ver que la marea negra no ha liquidado para siempre los criaderos
de marisco y que las plataformas de cultivo siguen tapizando considerables
porciones fluviales. Un goce que, tras pasar por las pescaderías
y el mercado, se traduce en las cartas de los restaurante y las mesas
de los hogares.
Volveremos a las Rías Bajas, volveremos a sus
playas de fina arena blanca y sus calles de piedra, volveremos a mis dos
debilidades en la zona: Islas Cíes y Baiona.