18 de junio de 2004

Con los cinco sentidos

No quiero adentrarme en el verano sin compartir con vosotros un glorioso placer paisajístico: el que ofrecen por estas fechas los campos provenzales.

Desde mediados de junio hasta finales de agosto, en los departamentos de Alpes de Alta Provenza, Vaucluse, Drone y Altos Alpes, los cuadriláteros listados de morado y ocre se alternan con superficies amarillas y verdes bajo un cielo casi siempre azul. En honor a la verdad, hay que decir que no todos los morados son iguales (más fuerte el de la verdadera lavanda, más suave el del lavandín y un tanto canoso el del espliego) ni son idénticos los amarillos (hechos a base de trigo y girasol), ni los verdes, ni los ocres, ni los azules... Colores que el loco mistral convierte en olores y los hombres transforman en sabores.

Perderse para ganar

La ruta de la lavanda está configurada por un sinfín de carreteras comarcales que se cierran en círculos, sin peligro de pérdida aunque tan pronto estés en estrechas gargantas (Gorges deu Verdon) como en amplias esplanadas, cruzando riachuelos que apenas son hilillos de agua o bordeando impresionantes lagos como el Sainte Croix du Verdon.

Mires para donde mires, el paisaje es plásticamente tan atractivo que hay momentos en que no puedes por menos que frenar en seco y saltar a la cuneta. Un consejo: no te cortes. Inspira profundo y busca cuantas perspectivas se te ocurran, todas te sorprenderán. Otro consejo: oíras un contínuo bzzzzzzzz, son abejas, las hay por cientos, si no las molestas no te harán nada; como medida de prevención, los lugareños recomiendan no vestirse de rojo.

Los pueblos y ciudades de esta zona son enclaves de piedra apoyados en laderas o culminando colinas y montañas, vigías de los campos extendidos a sus pies como amplios mantos de color. Están donde y como deben estar.

No hay que dejarse engañar, tras el camuflaje de la homogeneidad que a simple vista ofrece el conjunto de sus fachadas se ocultan cascos urbanos rebosantes de historia, talleres artesanales en plena actividad y plazoletas llenas de vida que son el reflejo de una tendencia que, por estos pagos, empieza a consolidarse: la vuelta de la gente joven a la vida rural.

En Riez, ciudad que fuera romana, llaman la atención los edificios del siglo XIV construidos con cantos rodados, y merece la pena colarse en sus casa para admirar los mascarones, bustos, chimeneas e incluso graffitis que las decoran desde el siglo XVI; en Simiane-la-Rotonde, han convertido lo que queda de su castillo del siglo XII en sala de conciertos, mientras los estudiosos tratan de averiguar si ese espacio fue una cocina o un lugar dedicado a la práctica de ritos, y sus empinadas y estrechas calles están flanqueadas por un buen número de interesantes puertas del siglo XVI.

Y en todas partes, forjados por el viento, campanarios de desnuda estructura metálica.

Parada y fonda

La Provenza me gusta, y me gusta mucho, porque no sólo de arte vive el hombre y allí lo saben bien. Pocas cosas reconfortan tanto como sentarse en el bar del pueblo a tomarse el aperitivo provenzal por excelencia: un pastis, esa mezcla de plantas (doce básicas –anís, nuez moscada, clavo, canela, centaura, pimienta blanca, pimienta negra, artemisa, haba tonca, cardamomo, salvia y malagueta- y hasta cuarenta más según quien lo elabore) que se sirve diluida en un volumen de agua fresca entre seis y diez veces superior al suyo propio. También probé el perroquet (pastis con menta) y el tomate (pastis con granadina), como casi siempre, me quedo con el puro, con el original; y puse broche a alguna comida (todas bien condimentadas con las hierbas de la región) con un RinQuinQuin, su peculiar licor de melocotón.

Para terminar el día, qué mejor que unas gotas de esencia de lavanda en el agua de un baño caliente antes de irse a la cama, cosa que puede hacerse en cualquiera de los numerosos alojamientos rurales que prosperan en la zona. El descanso restablecedor y el plácido despertar están asegurados.

Recuerdos y regalos

La estrella provenzal es sin duda la lavanda.

Una pequeña porción de la producción se encierra en bolsitas para perfumar alacenas, cajones y alcobas, pero el destino de la mayor parte de esas flores secas es la destilería, donde se obtiene un litro de aceite esencial por cada 30 ó 35 kilos de flores. Este aceite esencial se destina a la perfumería, mientras que su híbrido, el lavandín, se utiliza como neutralizador de olores en la fabricación de jabón. La lavanda tiene merecida fama como cicatrizante, descongestionante de las vías respiratorias y relajante. Propiedades que además ennoblecen su miel.

Los indicadores de las pequeñas tiendas son discretos pero no pasan desapercibidos: Venta de quesos, Miel de lavanda, Degustación de licores, Taller de cerámica, Destilería, Hierbas y plantas, etc. Y por si eso fuera poco, raro es el día en el que no hay mercado en alguno de los pueblos. Tienen fama la miel de Riez, el nougat de Sault, la escanda de Ventoux, las frutas confitadas de Apt, las peras y las manzanas de Buëch, el aceite de oliva de Nyons, la tila de Buis-les-Baronnies, los quesos de Banon, las trufas y los vinos de Luberon...

Mis naranjas para el zumo de cada mañana reposan en un cesto comprado en el mercado de Riez, y durante meses suavizamos las gargantas con miel de lavanda.

Nota de color

Al pasar por Lardiers, la carretera estaba ocupada por un cortejo muy especial: el de la boda de la hija de señor alcalde. Para compensarnos por la inesperada parada posaron para nosotros novios e invitados. Y lo hicieron de esta guisa ========>





sgutierrez@divertinajes.com
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