|
11 de junio de 2004
Sin complejos
Volamos a Zagreb con dos reservas hechas (una noche de hotel y quince días de coche), un itinerario imaginado (es sencillo: salir a la costa para saltar de isla en isla, y regresar al aeropuerto por el interior) y una tienda de campaña. Para unas nostálgicas veteranas de la Unión Soviética como mi compañera y yo misma, visitar tierras del antiguo bloque del Este siempre tiene un cierto sabor de vuelta a casa. En Croacia, ese regusto únicamente lo conserva la capital, lugar donde, por cierto, se inventó la pluma estilográfica. Urbanísticamente, no así circulatoriamente, Zagreb está perfectamente definida en dos zonas que a su vez se dividen en otras dos: la ciudad alta (Gradec y Kaptol; fortaleza laica y reserva religiosa) y la baja (Donji y Novi Zagreb; zona moderna y barrios periféricos). Hospedadas en un hotel sito en los aledaños de la zona moderna
—la que cuenta con el Museo
Arqueológico, el Archivo de la Academia,
el Teatro
Nacional de Ópera y Ballet, el Museo
de Arte y Artesanía, la Biblioteca Universitaria
Nacional... y la animada Plaza del Mariscal Tito,
entre otras—, caminamos hasta el pie del funicular, y en él
subimos a la avenida que sigue la antigua muralla de la ciudad (en algunos
tramos convertida en muro de palacete). Diminutas en la despejada plazoleta
de San Marko, solitarias entre Palacios e Iglesias, perdidas
entre Museos (imprescindible el de Arte
Naïf, para los amantes de semejante estilo) e Instituciones,
recobramos la perspectiva en cuanto atravesamos la Puerta de piedra
(la única que se conserva de las cuatro que en el siglo XIII se
abrían en la muralla medieval) y caímos en la encantadora
calle Tkalciceva. ¿O la más atractiva era
la Radiceva? ¿O la Opaticka?
¿O la Demetrova? ¿O...? ¿O...? Os
aseguro que podréis olvidar los nombres pero no los rincones. Cuando
volváis de Zagreb me lo contáis.
Por cierto, he visto pocas ciudades que cuenten con una red virtual de
información turística tan completa.
|