4 de junio de 2004

El placer del mar

Allá por los años sesenta, el verano empezaba cuando mi madre sacaba de la despensa el caldero, la pala y el rastrillo; y eso era, indefectiblemente, pasado el 24 de junio, día de San Juan, ya que nos decían que antes de esa fecha era especialmente peligroso bañarse en el mar.

Desde hace algo más de un lustro, tal vez para recuperar el tiempo que ya voy perdiendo, suelo iniciar mi particular temporada veraniega de baños marinos el último fin de semana de mayo. Este año ya ha pasado, y ha sido en Estepona.

La amplitud y la profusión de chiringuitos que ofrece la playa de Estepona son puntos muy a su favor, un saldo positivo que apenas sirve para contrarrestar el daño que le hace la suciedad de sus aguas; la valoración de la calidad de la arena, y la abundancia de piedras, la dejo abierta al criterio de cada uno.

Preferí quedarme en la piscina del hotel: limpia, tranquila y bien servida. Y por si fuera poco el acierto de sus instalaciones, su emplazamiento permitió que la brisa y la vista del mar me llegaran directamente, sin ningún tipo de obstáculo.

A pesar de que las piedras y la suciedad habían hecho que tras el primer baño abandonara la concurrida playa del pueblo, no pude evitar explorar la solitaria playa a la que se abre el hotel en el que estaba hospedada (H10 Estepona Palace, muy recomendable, por cierto), y sorprenderme: ¡está llena de moluscos! Ahí, a un paso de la orilla. Hacía mucho tiempo que no veía tan de cerca llámparas, bígaros, oricios, mejillones... en su hábitat natural.

No entendáis mi anuncio como una invitación a pasearse por la playa armados de cesto y navaja, como hacíamos antaño. Mejor pasarse por el Puerto Deportivo y degustar la variada oferta gastronómica. Dos sugerencias: puntillas (chopitos) en la Taberna del Puerto, y pato pekinés, en el Restaurante chino más próximo a la taberna citada (hay que explicarlo porque en nada de espacio hay tres restaurantes chinos ¿?).

Para disfrutar de un paseo por el pueblo, será mejor volver dentro de unos meses (ahora tienen un montón de calles levantadas, en obras), merece la pena dejarse arrastrar a las plazuelas y los patios sombreados donde una cañita sabe a gloria.

Me fui sin comprender por qué la gente se aglomera en localidades bulliciosas como Marbella o Fuengirola, con lo bien que se descansa a pocos kilómetros de ellas, sin ir más lejos, en Estepona.



sgutierrez@divertinajes.com
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