Tuve la suerte de asistir a la 50ª
edición del Festival de Cine de Cannes acreditada como
periodista, me lo pasé genial.
Soy una cinéfila de esas que siempre que pueden se organizan sesiones
dobles o triples: en Cannes
conseguí encadenar hasta cinco pases en un día. ¡Todo
un sueño! Y no sólo metafórico. De todas las películas
que vi, la que recuerdo con más cariño es Western,
quizás, entre otras cosas, por la simpática entrevista que
su protagonista, Sergi
López, me concedió en un chiringuito de la
playa. Por aquel entonces, yo colaboraba con Tribuna de Actualidad, y
mis jefes consideraron que el actor no era suficientemente conocido como
para publicar el trabajo...
Esos días -como estará ocurriendo ahora-, Cannes
se llena de curiosos y exhibicionistas que pululan por sus calles con
la certeza de que su oportunidad (de fotografiar o ser fotografiados)
puede asaltarles en el momento más inesperado, a la vuelta de cualquier
esquina. De todas las mías, me quedo con la más simple:
el rodaje de Los
guiñoles de Canal+ en el paseo marítimo.
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Un atardecer, traté de comprender la pasión que mis congéneres
sienten por algunos actores, hasta convertirlos en sus ídolos,
y esperé entre ellos, de pie, durante horas, picoteando frutos
secos, la llegada de las estrellas. Las cinematográficas y las
del firmamento llegaron casi a la vez, tuve que conformarme con la luminosidad
de las segundas, de las primeras apenas adiviné su silueta durante
la sesión fotográfica sobre la alfombra roja. Mi sitio no
era el peor. Podría haber hecho equilibrios sobre las ramas de
los árboles pero...; algunos no lo dudaron. La inmensa mayoría
no alcanzan a ver nada, lo certifico. Mejor pasear por el pueblo.
Aunque no pude bañarme en el mar, disfruté de la playa
todo cuanto el tiempo (crono y metereológico) me permitió.
Aún se me hace la boca agua al rememorar los suculentos platos
servidos por restaurantes de lujo sobre la arena.