7 de mayo de 2004

Se abre el Fórum

Lo que más me gusta de Barcelona es su inconformismo, su inquietud, su capacidad para reinventarse constantemente. Dicen los que la conocieron antes, que los Juegos Olímpicos del 92 hicieron el doble milagro: concienciar a los ciudadanos de que también era su responsabilidad ponerla guapa, y dotar de atractivo a las zonas más abandonadas. El último conejo que la Ciudad Condal se ha sacado de la chistera es el Fórum. Dicen los que vigilan que en los entresijos de su organización hay más sombras que claros, y posiblemente sea así. Pero con sus espectaculares trabajos, los artífices del evento han conseguido atrapar las miradas de los curiosos en las obras e invitados, salvaguardando así sus miserias.

Recuerdo la primera vez que paseé Barcelona, quedé fascinada por la Pedrera, más cuando comprobé que esa fachada de ensueño era una pequeñísima muestra de cuantas me sorprenderían caminara por donde caminara, incluido el Parque Güell.

No me esperaba las calles estrechas ni las sólidas construcciones, como la del Museo Picasso, del Barrio Gótico. Y hablando de museos, no quise perderme, hice bien, el de la Fundación Miró ni el Museo de Artes Decorativas (viajaba con una ceramista). Por supuesto, en Barcelona hay muchísimos más, por ejemplo al MACBA, para los modernos que disfruten con sus excentricidades.

Antes de cruzar al otro lado de las Ramblas, siempre abarrotadas de mimos, flores y turistas, hay que entrar al Mercado de la Boquería. Inmortalizado por el cine en repetidas ocasiones, y encumbrado por los más prestigiosos chefs y gourmets de la capital catalana, ofrece al público la misma explosión de colores, olores y sabores que cualquier mercado pero con su toque de vanguardia: ¿dónde más pueden comprarse piruletas de alacrán? Yo me conformo con unas frutas preparadas y listas para comer, lo de los insectos lo dejo para otros paladares.

Hablando de comida, cualquier sitio es bueno, bueno, cualquiera no, pero hay muchos, eso sí, para picar o comer. A mí, me han hecho fan de dos: la taberna que extiende su terraza a los pies de la Iglesia de Santa María del Mar, en el renovado barrio del Borne, donde el champán y los embutidos son los protagonistas; y el restaurante 7 puertas, especialista en servir arroces y fideuás sin interrupción desde hace más de un siglo.

No me olvido del Maremagnum, no, es ahí, a orillas del mar, donde más turista me siento; y no quiero olvidarme tampoco de la falda del Tibidabo, donde acaba su recorrido el Tranvía Azul, porque también allí disfruté de alguna que otra sobremesa.

Y para reposar el paseo, ¿qué mejor que un buen espectáculo? La cartelera barcelonesa tiene fama de ser variada y de calidad, escojáis lo que escojáis, no olvidéis que el Palau de la Música merece una visita, y el Liceu me imagino que también. Por cierto, las calles aledañas de este último son las que ha elegido la comunidad afro-árabe para instalarse; no hay más que echar un ojo al comercio de la zona para congratularse por el crisol de culturas que vuelve a ser España.

La Sagrada Familia se sigue construyendo...

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