30 de abril de 2004

Primero de mayo



Viví en Moscú varios primeros de mayo, y todos, especialmente los soviéticos, lucieron unas espléndidas mañanas soleadas. Un milagro metereológico que en mi pueblo atribuirían al Santo Patrón y que en la capital soviética explicaban científicamente, en cierto modo, también como una obra del Patrón, en la medida en la que eran unos trabajadores los que se encargaban de conseguir que luciera el sol del Día del Trabajo. Yo, esta explicación, la consideraba una leyenda urbana, hasta que un día vi en la televisión cómo lo hacían: según contaban, pilotos especializados se encargaban de dispersar las nubes con o desde, no sé, sus avionetas. Y me entró la duda. Lo cierto es que, doy fe de ello, el uno de mayo en Moscú no llovía antes de los postres. Ahora, con el sálvese quien pueda del seudodemocrático capitalismo salvaje... ¡Vaya usted a saber!

Estrené los mayos de los noventa convenciendo a los guardias de que pertenecía a una delegación diplomática extranjera para poder acceder a la Plaza Roja. Una pequeña mentira dentro de la Gran Mentira, ¿a quién le importa? El centro de la capital estaba protegido por un cordón policial, reforzado en las bocas del metro, que impedía a la clase obrera participar en los fastuosos desfiles organizados con motivo de su propia fiesta; yo no me hubiera perdonado perdérmelos. De aquella ocasión, y pocas más posteriores, guardo en la memoria la profusa decoración de retratos y banderas que lo teñían todo de rojo ante los rostros majestuosos de Marx, Engels y Lenin.

De las que siguieron, siendo ya Rusia una República independiente, me queda el cansancio de las largas caminatas y el eco de la consigna más coreada en las manifestaciones: “¡Yeltsin a los tribunales!”. Los mismos veteranos, hombres y mujeres, cargados de medallas ganadas en la Segunda Guerra Mundial, que a principios de los noventa aún bailaban al son de sus acordeones en las calles de Moscú; se envolvían ahora en banderas soviéticas para reclamar el paraíso que no habían alcanzado a tocar durante la Unión Soviética y que la democracia había borrado definitivamente de sus horizontes. Mi último primer de mayo moscovita fue el de 1996.

Volviendo a mi primera vez, cuando la exaltación patriótica exhibida en la Plaza Roja llegó a su fin, allá por el mediodía, me fui a la Universidad Patricio Lumumba, donde me habían comentado que los estudiantes extranjeros ponían la nota de universalidad a la celebración obrera con muestras gastronómicas, artesanales y folclóricas; la comida nepalí, las tallas africanas, la música latinoamericana y los bailes árabes me mantuvieron entretenida hasta mediatarde.

En ese mismo momento, lo comprobé al año siguiente, grupos de coros y danzas representativos de todas las repúblicas de la Unión hacían las delicias de las familias moscovitas en el gran recinto permanente de la Feria de Muestras.

El broche de oro a mi debut lo puso el Bolshoi. Llegué casi a la hora que debía empezar la representación, empapada por la lluvia y temerosa de encontrarme la taquilla cerrada o con el cartel de no hay entradas; la pericia de los revendedores hizo que no me perdiera ni una nota del himno soviético que ese día precedía a todos los espectáculos del país. Emocionada por la solemnidad del acto y la belleza del lugar, me di por pagada mucho antes de que se abriera el telón. El caviar, los ahumados y el champán que servían los bares del teatro en los entreactos mantenían la ilusión soviética tanto de los altos cargos del politburó como de los obreros venidos de todo el país para la ocasión, que llenaban el teatro luciendo sus mejores galas.

Con vuestro permiso, el recorrido turístico por la ciudad lo haremos otro día

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