16 de abril de 2004

Flora de Cabo de Gata

Sería absurdo esperar una vegetación exuberante; las condiciones no dan para tanto, pero eso no quiere decir, en absoluto, que lo que hay no sea interesante.

El Cabo de Gata está tapizado por plantas endémicas provenientes en su mayoría del Norte de África y de la Andalucía Oriental. Pero también hay plantas que sólo crecen aquí, en el Parque, como por ejemplo las charidemi: la Antirrhinum charridemi (boca de dragón o dragoncillo del cabo), que con sus hojas carnosas, tallos frágiles y corolas rojizas de paladar amarillo viste los barrancos del interior entre abril y junio; y la Diantus charidemi (clavelina del cabo), cuya flor de cinco pétalos blancorosáceos engala los valles y barrancos húmedos, así como las proximidades de los acantilados entre mayo y julio.

Al entrar en el parque, cautivan la mirada unos árboles que se alzan al cielo, cual troncos desnudos de otoño, las pitas y sus pitacos (Agave americana), unas plantas no autóctons que fueron traídas a Cabo de Gata hace ya varias décadas como cultivo agroenergético capaz de dotar a la zona de una industria de la que carecía. De la pita, como del henequén (Agave fourcroydes) importado a la zona en la misma época y con las mismas intenciones, se obtenían fibras con las que se fabricaban cuerdas y tejidos. En esa misma línea, fue introducida en esta comarca la chumbera (Opuntia ficusbarbarica), cuyo fruto, el higo chumbo, es muy apreciado. El otro cultivo generalizado, siempre como latifundio, es de los cereales.

A simple vista, se impone la pita, pero no se queda a la zaga esa masa voluminosa y redondeada de puntiagudas y resistentes hojas verdes que está por todas partes: el palmito (Chamaerops humilis), la única palmera que crece de forma espontánea en toda Europa.

A pesar de las duras condiciones de Cabo de Gata, no son pocas las especies (hay censadas más de mil) que han conseguido adaptarse y que a lo largo de los siglos han logrado colonizar tan inhóspito paraje. Son grupos de plantas que se pegan al suelo para protegerse del viento y conseguir la mayor cantidad posible de agua: luchan por sobrevivir, eso sí, de forma organizada.

Las labiadas, leguminosas y cistáceas están instaladas en la sierra volcánica, definiendo una comunidad endémica de matorral que alcanza su máximo desarrollo en los barrancos umbríos. En los acantilados, destacan los hinojos marinos (Crithmun marinum) y las saladinas (Lycium intricatum); y en la zona de dunas, la algodonosa (Othantus maritimus). Las dunas móviles albergan, sobre todo, gramíneas como el barrón; las semifijas, especies camefíticas como la bolina; y las fijas, tarayales y Limonium delicatum.





sgutierrez@divertinajes.com
Otros destinos
Volver
Imprimir