16 de abril de 2004

Cabo de Gata

Hace cinco o seis años tuve la suerte de visitar el Parque Natural Cabo de Gata-Níjar guiada por uno de los responsables de su mantenimiento, de ahí que me haya quedado, además de con la belleza del lugar, con un montón de datos que compartiré con vosotros.

La riqueza y singularidad del Cabo de Gata no se entienden si no se tienen en cuenta las características de sus dos condicionantes primeros: el clima y el suelo.

El clima del Parque, subtropical mediterráneo desértico, es particularmente seco –las lluvias apenas alcanzan los 150 litros anuales y el sol luce unas 3.000 horas al año- con un matiz oceánico otorgado por la proximidad del mar, que limita considerablemente la oscilación entre las temperaturas nocturnas y diurnas, y permite una humedad relativa del aire del 74%, fruto del rocío y las neblinas; los veranos, largos y cálidos, y los inviernos, frescos y cortos, dan paso a otoños y primaveras de rasgos muy moderados. Todo ello convierte esta zona en el enclave más árido de la Europa Mediterránea, con unas condiciones sólo comparables a las que caracterizan a amplios territorios de África del Norte y Oriente Medio.

En cuanto a sus peculiaridades geológicas, hay que diferenciar dos áreas de topografías y génesis distintas: la Sierra de Cabo de Gata y la llanura costera.

La Sierra es un macizo volcánico originado en el terciario (hace unos 12 millones de años) y esculpido por los sucesivos avances y retrocesos del mar que dieron lugar a las mesas sedimentarias intercaladas entre los conos de deyección de los volcanes; su geomorfología está condicionada por la variedad de rocas que la forman y su distinto comportamiento frente a los fenómenos erosivos. El resultado es un relieve de lomas redondeadas, fuertes escarpes y una costa acantilada (ocupa el levante de la orilla protegida) salpicada de pequeñas calas, coincidentes con la desembocadura de ramblas de origen torrencial, porque llueve poco, pero cuando llueve... ¡lo hace a mares! A mí me cayó encima una tormenta de cuidado, aunque también es verdad que nadé en alta mar y me bronceé en la playa.

De la llanura costera, formada por materiales sedimentarios del cuaternario, llama la atención, por un lado, el trazado rectilíneo del litoral, debido a la existencia de un cordón que separa el mar abierto de una serie de estanques dedicados a la extracción de sal y que corresponden al habitat conocido como Las Salinas, una continuidad que se rompe en las prosimidades de La Rambla de las Amoladeras por la presencia de fallas de desgaste (en la desembocadura de dicha rambla pueden observarse cuatro niveles de terrazas marinas); y por otro, las dunas formadas por arenas que, transportadas por los vientos de poniente desde la playa, se van acumulando en torno a los obstáculos que encuentran en su trayectoria, y cuya morfología puede llegar a cambiar por los vientos de levante. Dicho sea de paso, de todos es bien sabido que Alemería tiene dos madres: la que parió al poniente y la que parió al levante; dos vientos a los que en ciertas ocasiones se suma un tercero, el jodiente.

El territorio está surcado por menos carreteras de las imprescindibles, o sea, muy pocas, alguna que otra pista de tierra cuyo impacto se intenta amortiguar con el empleo de lacas que devuelven a la roca cortada su color original, y una multitud de senderos y pasos de servidumbre que invitan a caminar.





sgutierrez@divertinajes.com
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