2 de abril de 2004

En sol sale en Salou

Salou, en tiempos la playa de Zaragoza, es hoy la playa de gran parte de Europa. Por eso, con el buen tiempo y las vacaciones llegan a estos lares algunos aragoneses y muchos holandeses, alemanes e ingleses que multiplican por veinte la población de este, por otra parte, tranquilo pueblo tarraconense.

Sus largas y apacibles playas son una clara invitación al descanso familiar y, sobre todo cuando los turistas aun no han llegado, al paseo y la diversión invernal.

Antes de que el pavimento y la arena desaparezcan bajo los pies de la masa humana, algo que ya está a punto de ocurrir y que no revertirá hasta bien entrado el otoño, es el momento de disfrutar de la fuente luminosa con sus 210 combinaciones de agua y color que alegra un extremo del Paseo de Jaime I —más conocido como Paseo de las palmeras, que, por cierto, las hay por miles en todo Salou— y las fachadas modernistas que iluminan el otro.

Sí, en Salou, en primera fila de playa, entre monstruosas torres de apartamentos y hoteles, se conservan cinco chalets modernistas que con su sobria entereza redimen, en cierto modo, a todo el pueblo de los desmanes urbanísticos propios de la ambición que alimenta el crecimiento desmedido e inesperado. De ellos se cuenta que sus arquitectos fueron discípulos de Gaudí, no en vano nacido en el vecino Reus. Especial mención merece el Voramar, levantado para los Bonet en 1918 por Domènec Sugranyes i Gras, y del que en mi última visita a Salou me comentaron que habían salido hasta nueve bañeras entre los escombros de la restauración, me imagino que aun se conservarán las pinturas murales, evocadoras de la partida de Jaime I a la conquista de Mallorca, que decoraban su interior. Porque sí, Salou tiene su pequeño papel protagonista en el discurrir de la historia: desde su puerto partió Jaime I a la conquista de Mallorca.

Ahora que su puerto es punto de amarre de unas pocas embarcaciones deportivas, Salou se prepara año tras año para agradar a sus invasores, y debe lograrlo porque año tras año vuelven.

Ni que decir tiene que antes de que lleguen será más fácil conseguir una mesa en cualquiera de las terrazas de los acantilados (lo de acantilados, desde mi punto de vista asturiano, es un decir) o del paseo sobre la arena que une Salou con Cambrils, todas ellas ofrecen pescaditos y fideuás que al sol de la primavera resultan una delicia.

Metidos en harina, en agosto más que nunca, es fácil comprobar que sobra alcohol y faltan fotoprotectores, pero cuanto más pueblos de la costa explotada visito, más me gusta Salou.





sgutierrez@divertinajes.com
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