13 de febrero de 2004

¿De dónde son los amantes?

La primera vez que fui a Teruel lo hice atraída por el jaleo que habían organizado los turolenses con su Teruel existe. Eran los tiempos en los que, con Eva Orúe, recorría España a la caza y captura de pequeñas grandes realidades que merecían ser contadas (ella lo hacía como nadie en A toda radio), y que un pueblo, el de una capital de provincia, se viera obligado a salir a la calle para reivindicar su existencia nos pareció, cuando menos, curioso. Empezamos a entenderles en el camino, sin un solo kilómetro de autopista en toda la provincia y, prácticamente, sin ferrocarril, llegar no era tarea sencilla. Desde entonces, he vuelto un montón de veces. Me gusta Teruel.

14 de febrero, San Valentín, día de los enamorados, fiesta del casorio

Cada vez que se acerca la fecha de una fiesta de origen incierto y finalidad claramente consumista, los más puristas se rasgan las vestiduras, la mayoría de los mortales lo sobrelleva sin pena ni gloria, y algunos disfrutan sinceramente como, por ejemplo, en estos días de San Valentín, los turolenses.

¿Cuántas veces habremos dicho aquello de “los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él”? Pues ellos serían tontos pero Teruel buen partido les está sacando, y hace bien. En las fiestas de febrero, en torno al 14, se visten de época más de 5.000 personas que tiran la casa por la ventana para celebrar, como si de la boda de su hija más querida se tratara, el enlace de Isabel de Segura y Juan Diego Martínez de Marcilla, cuyo mausoleo, todo hay que decirlo, ése en el que yacen las momias de los ilustres enamorados, bajo las esculturas de Juan de Ávalos, es bastante indigno, y no por la obra del escultor sino por las estrecheces que hay que pasar para poder honrar la memoria de aquellos cuyo desgraciado romance hizo famoso el dramaturgo Hartzembuch, y hoy es motivo de fiesta en la ciudad.

Desfiles, conferencias, comilonas, mercado medieval y hasta entrega de la medalla de los enamorados, premio otorgado por el Ayuntamiento a las parejas que han celebrado sus bodas de plata o, mejor aún, de oro, una joya que ha sido entregada, por ejemplo, a la reina Isabel de Inglaterra y su esposo Felipe de Edimburgo; así celebran en Teruel la fiesta del amor.

Una conmemoración que se prolonga a lo largo del año con dulces Suspiros de amante.

Un recorrido, el recorrido, por la ciudad

Teruel es una ciudad tranquila, entrañable, recoleta, perfectamente paseable que tiene su kilómetro cero: el Torico, en la plaza Carlos Castel, inevitablemente más conocida como plaza del Torico. Un lugar para arrancar, pero también para detenerse. Primero para localizar al diminuto torico, que encaramado en una fuente de varios caños alimenta con su media luna mil leyendas sobre el origen del topónimo local; después, para contemplar la luminosidad y exotismo de las casas modernistas levantadas en esta plaza y en sus aledaños por la burguesía textil que floreció en la capital turolense a finales del siglo XIX y principios del XX, y que encontró en Pablo Monguió, discípulo de Gaudí, al arquitecto capaz de plasmar sus sueños de belleza y ostentación; por último, para recordar que bajo tierra se encuentran los aljibes que en tiempos garantizaban el abastecimiento de agua. La última vez que estuve en Teruel, hace apenas un año, trabajaban en la recuperación para el público, es decir, para el turismo, de dos aljibes, algunos creían que aparecería un tercero; también anunciaban un plan de peatonalización de todo el centro histórico...

Y del Torico al mausoleo. La cola para entrar avanza en grupos de 15 personas, así que mientras se espera turno para honrar a los románticos y desdichados amantes, se puede contemplar la torre de la iglesia de San Pedro, una de las cuatro torres mudéjares Patrimonio de la Humanidad que lucen en Teruel; la iglesia lleva años en proceso de restauración y nadie sabe cuándo será posible acceder de nuevo a su interior.

O del Torico a la Catedral. Interesante es su torre pero realmente admirable su artesonado, así que no hay más remedio que unirse a la visita guiada y subir a la balconada para verlo bien y con calma. Una curiosidad: entre personajes del medievo, animales fantásticos y motivos vegetales, el restaurador consideró oportuno inmortalizar a su novia valenciana y la retrató, a la izquierda del altar mayor, en la segunda tablilla, a la izquierda de la segunda viga. Realmente espectacular.

O a los museos. El de Arte Sacro, que cierra por las tardes, y el Provincial, expositor de interesantísimas colecciones de etnografía, prehistoria y arqueología, ubicado en un palacio del siglo XVI.

Y, por supuesto, a las torres gemelas: El Salvador y San Martín, separadas por apenas cinco minutos de cuestas. Se llaman gemelas porque, aún sin pretenderlo, son como dos gotas de agua. Cuenta la leyenda que dos alarifes se enamoraron de la misma mujer, la hija de un moro pudiente. Éste los puso a prueba pidiéndoles que construyeran una torre cada uno. El que la hiciera más bella, obtendría la mano y los favores de la joven. Cuando las torres fueron descubiertas para ser valoradas, la sorpresa fue mayúscula: ¡eran prácticamente iguales! Sin embargo, puestos a discernir cuál merecía el premio, los jueces se dieron cuenta de que una de las dos, la de San Martín, se encontraba ligeramente inclinada, y la descartaron. El enamorado, que en su afán por acabar antes y ganar el corazón de la doncella, había trabajado de noche y descuidado la plomada, al verse derrotado, se tiró al vacío desde su propia obra. Y son altas... en la de El Salvador, abierta la público, pueden subirse 122 escalones para alcanzar el cuerpo de campanas, a 27,50 metros de la calle, y aún quedan de torre 12,50 metros. Juzgaréis vosotros mismos cuando las contempléis y tal vez coincidáis conmigo en que los jueces lo tuvieron bien difícil, porque la de San Martín, torcida y todo, bien vale el amor de una dama.

La imagen de Teruel está tan marcada por el mudéjar que a principios del siglo XX el estilo renació convertido en neomudéjar para construir la portada meridional de la Catedral y buena parte de los edificios públicos. La estrella mudéjar aparece incluso en las tapas de las alcantarillas, y en mi casa (no pude resistir la tentación de traerme una, mis amigos la usan de cenicero).

Más que una capital de provincia parece un pueblo grande, por sus tiendas, por sus lugares de esparcimiento, apenas hay salas de cine en la tierra de Segundo Chomón, y la que ví parecía una reliquia del pasado.

¡Vivan el funcionariado y la revolución hostelera!

Si no fuera porque las instituciones provinciales tinen su sede en Teruel, estaríamos hablando de una ciudad fantasma. Dicen los turolenses que allí se vive bien, desde luego se vive tranquilo. A las tres de la tarde, la mayoría de la población ya ha terminado su jornada laboral, y lo más curioso es que no sólo aplican ese horario los funcionarios, muchos comercios también lo siguen; desde luego, el sábado por la tarde y el domingo está todo cerrado, y las calles semivacías.

Nadie tiene gran interés en cambiar sus hábitos, pero el turismo les resulta atractivo como camino de redinamización económica y social. Prueba de ello es Dinópolis, un museo interactivo que explota uno de los recursos patrimoniales más importantes de la provincia: los restos paleontológicos, con el fin de atraer visitantes a Teruel. Y lo están consiguiendo.

Por otra parte, es precisamente a esa condición de funcionarios a la que hay que agradecer que en Teruel se almuerce como en ninguna otra parte. A media mañana, las barras de los bares, sobre todo los que abren sus puertas en los alrededores de la plaza del Tremedal, corazón administrativo de la ciudad, ofrecen una variedad de tapas tal que es imposible no dar gusto al paladar.

Y abierto el apetito, os diré que es casi obligado comer ternasco, aunque gracias a la labor de la Escuela de Hostelería de la ciudad la oferta gastronómica turolense ha crecido considerablemente. Merece la pena comprobarlo, ya sea en los nuevos restaurantes de diseño La Tierreta y La Menta, o en los más tradicionales como Óvalo.

No sé si dejarlo aquí o confesaros mi debilidad turolense, os la confieso, que lo estoy deseando: el jamón, los quesos y el vino de la tierra disfrutados de pie en la barra de la Taberna Rokelín abierta en el 33 de Joaquín Costa. Sin comentarios.




sgutierrez@divertinajes.com
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