16 de enero de 2004

Lo prometido es deuda

Así que aquí estoy, dispuesta a lanzarme por las calles de Berlín que urbanizan mi memoria para contaros todo lo bueno (y malo si lo hubiera habido) que me encontré allí.

Una y otra vez, es Museumsinsel, la Isla de los museos, el remanso de paz que atrae mi atención. Esta alargada porción de tierra, separada de la ídem por el Spree y sus afluentes, da cabida a una interesante concentración museística: Alte Nationalgalerie, Neues Museum, Altes Museum (que pasa por ser una de las estructuras neoclásicas más bellas del mundo), Bodemuseum y el espectacular Pergamonmuseum que descaradamente alberga el Altar de Pérgamo, la Puerta de Ishtar de Babilonia y la Puerta del mercado de Mileto, entre otras impresionantes maravillas ajenas.

Antes de salir de la isla por uno de los puentes más hermosos de la ciudad, el Schlossbrücke, merece la pena esperar turno para entrar en Berliner Dom, la catedral protestante.

¡Será por museos y galerías de arte! Los aficionados a las salas pueden seguir mis pasos, pero si disponen de tan poco tiempo como yo, tendrán que correr y combinar a la perfección horarios y recorridos. Imposible no recrearse en el famosísimo Busto de Nefertiti (pág. 32) que estuvo a un palmo de mis narices, en el Aegyptus museum. Tenéis pintura europea de los siglos XIII al XVIII en Gemäldegalerie, impresionistas alemanes en Bröhan-Museum, arte contemporáneo en Hamburger Bahnhof, una rica muestra de artes aplicadas en Kunstgewerbemuseum, arte no europeo en Museumszentrum Dahlem...

Y en las calles, osos. De todos los colores, en todas las posturas, haciendo todo tipo de alusiones. Me quedo con ellos y paseo: por la majestuosa Unter den Linden, por el acicalado Nikolaiviertel, por el animado Scheunenviertel, por la elegante Fasanentrasse -me detengo en el Literaturhaus y subo a tomar un trozo de tarta, antes de bajar a revolver en los polvorientos estantes de la librería-, ..., todo para acabar perdiéndome en los patios vecinales de Hackescher Höfe y descubrir mi café berlinés: Hackescher Hof.

Tal vez sea una cuestión de elasticidad, pero el tiempo viajero se estira respecto al cotidiano en la misma proporción en la que se pliega un bebé comparado con cómo lo hace un adulto. ¡Increíble! Estudié los detalles que diferencian a las iglesias casi gemelas de Gendarmenmarkt, visité la nueva Sinagoga, asistí a un espectáculo de ballet en Komische Oper, degusté alguna que otra delikatessen en KaDeWe...

¡Tengo que volver a Berlín! Tal vez, incluso, para instalarme.



sgutierrez@divertinajes.com
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