9 de enero de 2004

¿De piedra?

Cinematográficamente hablando, despedí el 2003 con un pase de la mejor película europea del año: Good bye, Lenin!. No sé si es la mejor o no, pero coincido con el jurado de la Academia Europea de Cine en que es muy buena; un poco lenta, tal vez, pero el tema lo vale.

Por cierto, mientras la veía, me asaltó una duda ¿existe todavía el calendario circular que avanza en torno a un poste metálico? Cuando estuve en Berlín, no lo vi, y dudo que se me haya escapado algo interesante (excepción hecha de la Puerta de Brandeburgo que estaba tapada) porque los cuatro días que pasé en la capital alemana no paré. Al pensarlo todavía me duelen los pies.

El que reconocí inmediatamente fue el Forum Hotel Berlin, esa mole de 37 pisos desde cuya azotea el protagonista y su novia contemplan los fuegos artificiales. ¿Que no visteis la peli? ¿Que no conocéis Berlín? Las dos cosas merecen la pena. Del filme no diré más, que no quiero reventárselo a nadie; de la ciudad, hay tanto que contar que seguramente dejaré algo para la semana próxima. Al fin y al cabo, hace nada eran dos ciudades, ¿o ya no os acordáis? La verdad es que el tiempo actúa muy rápido, y si no fuera por el montón de sacos de arena aún apilados a manera de trinchera en el antiguo paso fronterizo Checkpoint Charlie, y el pequeño museo dedicado al muro y las peripecias de quienes lograron burlarlo, nadie diría que semejante pesadilla fue realidad.

Volviendo al Forum, tengo que reconocer que me alojé en él porque era el más barato de la oferta, y no me arrepiento: desde las habitaciones altas ofrece unas vistas estupendas de la ciudad, y está muy bien situado, al menos para un turista.

Es imposible no caminar en una ciudad en la que parece que todo el mundo está de paseo, con un ritmo más propio de aldea que de gran urbe; es imposible no caminar en una ciudad que a cada paso te sorprende con una galería, un estudio, una fachada o un café ya sea en un viejo barrio que se reinventa o en un nuevo área aún en construcción.

Dos cosas grandes le han pasado a Berlín en los últimos tiempos: la reunificación y la recuperación de la capitalidad, y de las dos está sacando partido, y en las dos se está volcando. Y artista como es, a un arte se ha entregado, a la arquitectura. Baste por hoy mencionar la creación de todo un distrito gubernamental, al norte de la puerta de Brandeburgo, en el que, a partir del proyecto de Axel Schultes y Charlotte Frank, participan Stephan Braunfels, Meinhard von Gerkan, Oswald Mathias Unger y Max Dudler; la cúpula que Norman Foster ha colocado al emblemático Reichstag; y el barrio financiero levantado con edificios de Renzo Piano, Arata Isozaki y Helmut Jahn alrededor de la plaza Potsdamer.

Antes de emplazarnos para recorrer Berlín la próxima semana, debo confesaros que si de algo no podré hablaros será de la gastronomía berlinesa. Incapaz de descifrar las cartas de los restaurantes, confié mi alimentación al azar, por el sencillo método de señalar un plato cualquiera: ¡todos los días comí salchichas! ¿Casualidad?

Continúa




sgutierrez@divertinajes.com
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