2 de enero de 2004

Un año más

Hace apenas un mes, me sumé a una expedición que se desplazaba a los campamentos de refugiados del pueblo saharaui en Tinduf (Argelia) para celebrar el I Festival de Cine Internacional del Sáhara.

Cine aparte, que no deja de tener su interés ver películas bajo las estrellas del desierto, en lo esencial, el nuestro no se diferenció en absoluto de las muchas expediciones que, con distinto motivo y siempre el mismo fin, ayudar al pueblo saharaui, se realizan a lo largo del año. O al menos eso me dijeron algunos compañeros de viaje veteranos de la solidaridad con estas gentes.

Leyendo la información que los organizadores nos entregaron en el aeropuerto, me enteré de que los desplazados a Argelia (200.000 personas, siendo la población total de la República Árabe Saharaui Democrática unas 500.000) bautizaron sus campamentos con los nombres de las ciudades de las que proceden, una necesaria e interesante manera de mantener la identidad, máxime cuando empieza a haber hijos del exilio que ya son padres.

Llegamos al aeropuerto militar de Tinduf justo en el momento en el que los guardias, en pleno ramadán, levantaban su ayuno diurno, así que tuvimos que esperar pacientemente a que repusieran fuerzas para sellar nuestros pasaportes. Acto seguido, en una caravana de jeeps y autobuses (el mío aún conservaba el aviso de multa por viajar sin billete, escrito en mallorquín) nos alejamos del aeródromo por una carretera estratégicamente iluminada, atravesamos la ciudad de Tinduf y nos adentramos en el desierto hasta un punto en el que los integrantes de la comitiva se salieron del camino establecido, posiblemente porque éste había desaparecido, y acometieron la entrada al campamento como si de un rally se tratara, ofreciendo un espectáculo de rugidos mecánicos, luces y polvo realmente desconcertante.

Cuando quisimos darnos cuenta, los vehículos habían aparcado a la puerta de un patio vallado al que nos invitaron a entrar; allí estaban nuestros equipajes, amontonados en el remolque de un camión, y el comité de bienvenida que se afanaba en entregarnos a cada uno un foulard negro y asignarnos alojamiento. Si estáis pensando en acercaros hasta allá, algo más que recomendable, tomad nota de un primer consejo: no guardéis el pañuelo como un simple souvenir, ni os lo coloquéis alrededor del cuello como un adorno más, ¡usadlo para lo que es!, para proteger la cabeza del sol y la garganta de la arena. : llevad linterna, no hay un solo poste de luz en todo el campamento. Yo no la llevaba, así que cuando pidieron que hiciéramos grupos de cuatro o cinco personas, me quedé parada esperando que alguien se me acercara; formado el equipo de cuatro, enseguida nos pusieron en manos de una mujer que, rodeada de niños, nos llevó a su casa. Era nuestra familia, y, en los cuatro días que estuvimos allí, no nos dejaron ni a sol ni a sombra. Al resto le pasó lo mismo.

No hay problemas de comunicación, ya que en casi todos los hogares vive algún niño que habla español, bien porque a temporadas estudia en la vieja madre patria, bien porque veranea con alguna familia española. Rashid, nuestro intérprete particular, se comportó a sus diez años como un traductor profesional entre el árabe de sus parientes y nuestro castellano; había estudiado en Utrera (Sevilla). Por todo el campamento, los niños se acercaban a preguntarnos de dónde éramos: ¿De Castilla y León? ¿De Gijón? ¿De Toledo? ¿De Manresa?... Querían saber si conocíamos a sus familias españolas.

Sin saber exactamente lo que me esperaba, había cargado la maleta de material escolar y sanitario, una decisión adecuada dado el estado de miseria en el sobreviven; sin embargo, el protocolo de visita tiene también sus exigencias, y no deben ser olvidadas. Una vez acomodados, llega el momento de las presentaciones e intercambio de presentes, la anfitriona llena de collares y pulseras a sus huéspedes y seguirá haciéndoles regalos durante toda la estancia, en la esperanza de ser correspondida. Tercer y cuarto consejos: llevad cosas útiles para todos los miembros de la familia (cremas, jabones, comida, juguetes, etc.) y no lo deis todo de golpe, deberéis ir correspondiendo y sorprendiendo hasta el día de la despedida.

Uno de los detalles que tendrán para con vosotros, y que es prácticamente imposible eludir, es pintaros las manos y los pies con jena. Tanto si dais con una artista como si os hacen una chapuza, el tinte quedará sobre vuestra piel durante unas cuantas semanas, y en las uñas hasta que crezcan tanto que os cortéis la parte teñida. Quinto consejo: si no queréis tener las uñas pintadas de color marrón durante meses, poneos una capa de esmalte antes de que os pongan la jena pero, por favor, utilizad esmalte transparente y ponéoslo sin que os vean, les ofenderíais.

A la hora de comer, os ofrecerán lo mejor de sus despensas, escasamente surtidas gracias a la ayuda que las autoridades les concede por alojar visitantes. Sexto consejo: inventaos la excusa que queráis, pero no comáis ensaladas ni ningún otro alimento crudo, excepto fruta (peladla siempre), y tomad sólo bebidas (incluida la leche) embotelladas. No os dejéis convencer por eso de que ellos lo comen y no les pasa nada, a los que no están acostumbrados sí les pasa, y una gastroenteritis en un lugar donde no hay agua corriente y el hospital está totalmente desabastecido puede convertirse en un problema de salud muy grave. Por cierto, séptimo y octavo consejos: llevad un botiquín surtido, en el que no deben faltar agujas ni jeringuillas, y en el neceser incluir toallitas humedecidas para vuestra higiene personal; lo que no uséis, donadlo al iros. Todo es bienvenido.

Todo esto sería culturalmente muy interesante, y lo es, si no fuera porque estamos de visita en la casa de refugiados, de gentes que viven desde hace más de un cuarto de siglo de paso, de paso hacia su propia casa, hacia su verdadero hogar: la República Árabe Saharaui Democrática.
Llama la atención la serenidad con la que se han organizado en cuatro campamentos, casi ciudades, con sus barrios y órganos de gobierno; escuelas, dispensarios y hospitales; tiendas y mercados; hasta pequeños locutorios, talleres de artesanía y teatrillos. Y el movimiento de gentes por los caminos es como el de cualquier otro lugar: niños corriendo porque llegan tarde a la escuela, hombres entretenidos en un juego de azar, mujeres comprando comida...

A cada grupo familiar le corresponde una jaima –una tienda de campaña- y un lugar para plantarla, es el punto de partida para la construcción de un hogar: con adobe amasado allí mismo (detrás de las casas son testigos los socavones), construyen tres o cuatro habitáculos (cocina, letrina y dormitorios compartidos sin pudor) que unidos por un muro o una valla metálica forman la propiedad que nunca se deja sola. En las calles de arena reposan en grupos grandes cubos metálicos: son depósitos de agua, y los tubos de goma que la llevan a las viviendas están al aire o tapados según sople el viento. Algunas familias tienen luz, y hasta televisión, gracias a las pequeñas placas solares que venden en el mercado. Ése, la placa solar, suele ser el objeto más deseado. Noveno consejo: no está de más dejar unas perrillas al irse, lo más asiduos dicen que no hay que ser excesivamente generosos, aunque resulta difícil resistirse cuando ves a las afueras del poblado la cabra que tiene la familia que te ha alojado, y sabes que ninguno de ellos tiene un trabajo remunerado.

No obstante, asusta ver que dependen completamente de la ayuda exterior, hasta ahora ofrecida principalmente por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y ONG, en especial, las Asociaciones de Ayuda al Pueblo Saharaui que se extienden por todo el mundo, sobre todo, no podía ser de otro modo, en España.

Muchos de los jóvenes que hoy se pasean desocupados por los campamentos, trapichean en el mercado o buscan la manera de salir a Europa, son licenciados que cursaron sus estudios, mayoritariamente en Cuba. Nos gustaría pensar que su destino no han de ser la armas o ni el desarraigo, sino construir su propio futuro en un país libre y en paz. El suyo.

De los cuatro campamentos que hay en Tinduf, yo viví en Samara. Allí dormí, sobre el mismo suelo en el que me senté para comer y para tomar ese té exquisito una y mil veces escanciado hasta conseguir tres sorbos bien diferenciados: uno amargo, como la vida; otro fuerte, como la pasión; y uno dulce, como la muerte.

Décimo consejo: ayudemos a los saharauis a recuperar la tierra en la que aprendieron a escanciar el té. Es de justicia.






sgutierrez@divertinajes.com
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