5 de diciembre de 2003

Dulce Bagdad

Antes de dejarnos en ‘casa’, Hamid nos pidió permiso para una última visita, al barrio de Kadimiya. “Vamos a ver por fuera, porque está ya cerrada, la Mezquita de las cúpulas de oro. Si está iluminada, es preciosa”. Lamentablemente, no lo estaba. “Es una pena, sus cúpulas y sus minaretes están cubiertos de oro. Si tienen tiempo, podemos volver mañana”. Hecho. Volvimos con Dulce, Marina Rossell, Teresa del Olmo y Silvia Valencia.

Kadimiya es de mayoría shiíta, y allí, a diferencia de lo que ocurre en otros distritos, las mujeres sí van vestidas con el tradicional ayaba. Por primera vez desde nuestra llegada, nos sentimos miradas, observadas y analizadas como lo que éramos, extranjeras, foráneas.

Tras encontrar sitio para los coches en un aparcamiento al aire libre lleno de vehículos, avanzamos hacia la explanada en que la jornada previa habíamos visto gente durmiendo al raso. El paisaje estaba completamente cambiado.
Había ahora decenas de puestos, de modestas proporciones y mercancías modestas, atendidos generalmente por una sola persona, un hombre o un niño, donde se vendían especias, dulces, té, tabaco, globos, palomitas, tronco de palmera comestible y corderos vivos mientras en otros se cocinaban platos de carne o de garbanzos; vendían también banderines verdes con versículos del Corán en letras doradas, piedras sagradas, rosarios... Todo parecía pensado para satisfacer las necesidades de los creyentes y los peregrinos, muchos de ellos procedentes del campo, que accedían al templo y pasaban dentro el día, comiendo y rezando en familia.

¡Por fin podíamos ver las dos cúpulas y los minaretes cubiertos de oro! La bellísima mezquita de Kadimiya, protegida por un muro que la rodea completamente, fue construida en 1515, y en ella están enterrados los imames Musa Al Kadim, descendiente del profeta, y Muhammad Al Jawat. Queríamos entrar, cómo no, y Hamid nos advirtió de que, siendo extranjeras, podríamos acceder al recinto abierto, pero no al templo, y eso sólo si nos cubríamos con un ayaba. Necesitábamos seis, y no nos costó mucho obtenerlos.

Más difícil fue ponérselos, porque no tienen forma, es como cubrirse con una sábana y es necesario además mantener tapado todo el cuerpo, excepto la cara. Nuestros esfuerzos, cómicos, eran contemplados con divertida curiosidad por las mujeres que nos rodearon, y que se reían, sin ofendernos, de nuestra impericia. Si lográbamos ocultar el pelo, se nos veían las manos, y si pelo y manos desaparecían, las perneras del pantalón eran bien visibles. Al cabo de un leve forcejeo con la prenda, logramos domeñarla.
Entramos... La plaza cerrada por el muro era mucho más grande de lo que parecía desde fuera, y estaba mucho más concurrida de lo que pudiéramos imaginar. El recinto es de planta cuadrangular, y en el interior, el muro, profusamente decorado en dorados y azules, va formando arcos que acogen bancadas y pequeñas capillas. Es como una plaza mayor en cuyo centro, en lugar de la preceptiva estatua ecuestre, se alza una mezquita majestuosa.

Allí, al cosquilleante sol de febrero, se sentaban grupos familiares, casi todos con críos, algunos aposentados sobre una manta extendida, otros sobre una alfombra, otros directamente sobre el suelo. Estaban comiendo, y charlando, y aunque pisarlos parecía fácil, eran cuidadosamente evitados por las muchas personas que paseaban, por los niños que jugaban y por los trabajadores que, impecablemente vestidos, con una elegancia impropia de la tarea que tenían encomendada, cuidaban de la limpieza del santo lugar.

Aunque éramos amablemente ‘pastoreadas’ por Hamid, toda nuestra preocupación era no separarnos las unas de las otras, porque hubiera sido muy difícil identificarnos y reencontrarnos en ese constante aletear de túnicas negras. Pedimos permiso para hacer fotos, y nos fue concedido. También allí, la gente posaba gustosa. Dimos una vuelta, admiramos los trabajos de restauración que se estaban llevando a cabo, y rabiamos ante la imposibilidad de entrar a la mezquita, que adivinábamos hermosísima.

Ya sin ayaba, cruzamos la calle y nos encontramos con un interesante mercado de oro, un sinfín de pequeñas joyerías en cuyos escaparates se amontonaban cadenas, pulseras, anillos, pendientes...

Camino del coche, en lugar de volver sobre nuestros pasos lo hicimos atravesando un mercado muy abigarrado, bien abastecido, que se extendía a lo largo de una estrecha callejuela sin asfaltar, salpicada de barro y charcos, un mercado en el que había verduras, patatas, garbanzos cocidos, carne de cordero, pescado, queso, encurtidos, incluso una especie de porras, o churros crecidos, todo en unas condiciones higiénicas bastante deficientes para los cánones occidentales, aunque más que aceptables para lo que se estila en otros pagos.







sgutierrez@divertinajes.com
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