5 de diciembre de 2003

Dulce Bagdad

Ya en Adamiya, antes de acceder a la zona propiamente comercial, Hamid nos quiso impresionar, y lo consiguió, haciendo un alto frente a un restaurante donde, nos dijo, tienen los asadores de shawarma más grandes del mundo. “Los rollos de carne pesan 500 kilos”, aseguró. Eran dos y, efectivamente, espectaculares. Volvimos al cabo de tres o cuatro horas para cenar, y ya se lo habían comido casi todo.

Cuando por fin aparcamos en la calle principal, había anochecido. No importaba, la actividad era incesante. Este “barrio normal, ni rico ni pobre”, de mayoría sunita, ofrecía un aspecto mucho más estructurado que la zona del zoco. Los bajos de las casas acogían una sucesión de pequeños comercios como los que se podían encontrar en cualquier ciudad española hace veinte años.

Vimos jugueterías en las que era imposible, y mira que lo intentamos, hallar ninguno fabricado en Iraq; tiendas de ropa, sobre todo femenina, donde no sabían nada de ayabas y tarhas, y mucho de tejanos y cazadoras de cuero; perfumerías desde cuyos escaparates una sensual Juliette Binoche invitaba a ponerse guapa con Lancôme, y en las que era posible encontrar productos de belleza de todas las
tiendas de discos marcas; en las que predominaban los últimos éxitos de artistas árabes, aunque entre todos los pósters de ídolos, ocupaba un lugar destacado el de Britney Spears; zumerías con ventana a la calle en las que era posible degustar cítricos recién exprimidos, y también jugos de zanahoria y otras variedades; pastelerías excelentes ante las que los ojos golosos hacían chiribitas; ferreterías
donde vendían, entre otros útiles, depósitos para el agua;
tahonas con el horno abierto a la vía pública, en las que los maestros panaderos seguían cociendo pan a pesar de la hora; zapaterías, papelerías, tiendas de telas, incluso, ocasionalmente, algún comercio de informática, éstos, la verdad, no muy bien surtidos; carnicerías de aspecto impecable con, eso sí, poca variedad y poca cantidad de carne, siempre con corderos colgados abiertos en canal en el escaparate.

En nuestras idas y venidas por la ciudad habíamos avistado numerosos parques, simples, nada sofisticados, y muy concurridos, aquí también había uno. La entrada estaba profusamente iluminada gracias a la concurrencia de unos cuantos chiringuitos en los que vendían juguetes de plástico, globos, chucherías y, sobre todo, patatas fritas. Hicimos la foto de rigor, y nos disponíamos a entrar cuando un joven se acercó a nosotras y nos dio una bolsa de patatas; quisimos pagársela pero él insistió en que era un regalo. “Las hemos visto por la televisión, y sabemos que han venido a Irak para pedir la paz”. Un tanto incómodas, ¡qué poco acostumbradas estamos a este tipo de gestos!, agradecimos el detalle, y entablamos conversación.
Conmovidas, catando las patatas, tan buenas como las de nuestra infancia, entramos en el parque. A la izquierda, abría su terraza al aire libre un bar en el que tomaban refrescos algunas mujeres ataviadas con el ayaba, y con la cabeza cubierta por un pañuelo blanco; a la derecha estaban las atracciones, muy solicitadas: la noria y el tobogán ya citados, un par de trenes... todo parecía muy normal, viejo pero en buen estado, hasta que reparamos en un curioso tiovivo hecho de retales, para cuya elaboración habían aprovechado juguetes normales de lo más variopintos (un balancín, un animal de plástico azul, una moto, etc.) fijados toscamente a la plataforma giratoria con barras que los atravesaban.

De vuelta al coche, nos encontramos con una multa. Hamid recogió el papel atrapado por las escobillas del limpiaparabrisas, comprobó la cuantía de la broma, suspiró no demasiado contrariado y, con resignación, se dirigió hacia el guardia que seguía haciendo de las suyas. Regresó rápido y feliz. No era para menos: el urbano, comprensivo y agradecido por la visita de las pacifistas españolas, había decidido hacer la vista gorda.





sgutierrez@divertinajes.com
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