5 de diciembre de 2003

Dulce Bagdad

Después de un montón de visitas oficiales, y aprovechando que las artistas con las que habíamos viajado (entre las que se contaba Dulce) tenían que ensayar para el concierto con el que se pondría broche final al viaje, Eva y yo nos dejamos guiar por Hamid y recorrimos prácticamente toda la ciudad.

El atasco nos permitió contemplar a nuestras anchas la calle Rashid, porticada, con edificios abalconados de dos plantas. Hamid alzó su voz por encima del ruido de los tubos de escape y de las incansables bocinas para explicarnos la historia de la arteria. “Es la calle más antigua de la ciudad. La construyeron los ingleses a imagen y semejanza de Oxford Street, en 1920”, nos dijo.

El tránsito era impresionante, no sólo de coches sino también de personas y mercancías. Los autos se paraban aquí y allá para que la gente bajara con las manos vacías, o subiera y cargara lo que acababa de comprar. Los productos de los comercios establecidos, abiertos en los bajos de los edificios, se desparramaban fuera de los locales y ocupaban buena parte de las aceras, donde competían por el espacio con los puestos de quita y pon en los que los vendedores ofrecían de todo: carpas, tabaco, frutas, oro, zapatos...

En medio de esa jungla, los hombres que transportaban género con sus carretillas intentaban abrirse camino, zigzagueando de manera que, a ojos de personas como nosotras, acostumbradas a un tráfico menos agresivo, parecía peligrosa. Había niños, muchos niños, algunos de ellos haciéndose cargo de los tenderetes, otros carreteando cajas, otros más llevando té a las tiendas...

Cuando por fin llegamos al zoco, a pesar de que eran sólo las cuatro de la tarde, muchos de los puestos estaban cerrados, y el resto echando las persianas. Nos paramos a curiosear un escaparate como tantos otros y del local salió un señor que, tras leer el NO A LA GUERRA que lucíamos en la solapa, nos preguntó en un titubeante castellano: “¿Españolas? Yo tengo un hermano que vive en Málaga”. Nos animó a entrar, y tras conseguir que le compráramos uno de los objetos más insólitos e inservibles que jamás hayamos adquirido, una petropiedra pómez ennoblecida con un caparazón de plata-se-vuelva labrada, inevitablemente empezamos a hablar de política. En este terreno, sus ideas eran pocas pero contundentes: “Españoles, OK”, decía, sonriendo y levantando el dedo pulgar; “Aznar...”, ponía cara de asco, y se rebanaba simbólicamente el cuello. Sentada su opinión, cambió de tercio y nos hizo un repaso exhaustivo de la Liga española de fútbol. ¡Bendito balompié!

“Ayer cenamos a la orilla del río”, le comentamos a Hamid. “¿Qué tal?”. “La carpa exquisita, pero el restaurante estaba muy sucio. ¿Son todos así?”. “¡Qué va!”. Y nos enseñó la parte luminosa, los restaurantes familiares, con terrazas, en esa época del año cerradas, desde las que los comensales disfrutan del río, con pequeños parques infantiles en los que los niños juegan, se columpian... No había sólo uno, eran varios sucediéndose a la orilla del Tigris.

Camino del barrio de Adamiya, atravesamos un palmeral en el que algunas personas trabajaban la tierra. Quizá sea el momento de decir que, exceptuando los barrios más administrativos que residenciales, donde sí hay muchos edificios altos, la mayor parte de la ciudad, extensísima, está cubierta por lo que parecen ser viviendas unifamiliares, muchas de ellas con su pequeño-pequeño jardincilllo.






sgutierrez@divertinajes.com
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