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5 de diciembre de 2003
Dulce Bagdad Sé que vuelvo a romper mi esquema de publicaciones, pero necesito hacerlo. Porque, quedándose en nosotros, ha emprendido viaje a un lugar que nunca os podré describir, quiero homenajear a Dulce Chacón; y la única manera que se me ocurre es llevándoos a la ciudad en la que se fraguó nuestra amistad: Bagdad, una ciudad a la que, como a ella misma, vimos esperar dignamente la muerte no deseada pero irracionalmente inevitable. Para ello, y con el permiso de Eva Orúe, que se suma al homenaje, echaré mano de lo que Dulce tuvo a bien definir como parte de su memoria: Mujeres contra la guerra (Belacqua, 2003). Salimos rumbo a Bagdad la mañana siguiente a la entrega de los Goya, con un objetivo cuya consecución sabíamos poco probable, pero no imposible: impedir la invasión de Iraq, convencer al mundo bélico de que la solución a los problemas de los pueblos no puede pasar por bombardear sus territorios, por matar a sus gentes. Cuando llegamos a la ciudad de Las mil y una noches, después de un complicado trayecto de más de veinticuatro horas, la primera impresión fue extraña: esperábamos encontrar una ciudad agazapada, desolación y miseria, y llegábamos a una capital bulliciosa, con sus calles a esa hora llenas de gente, atascadas por el tráfico de miles de vehículos añosos que hacían sonar sus cláxones mucho más de lo que sería deseable, cuyas aceras estaban sembradas de chiringuitos y comercios que exponían las más variadas mercancías, zonas gremiales, fachadas de manzanas enteras cubiertas por placas de médicos (algunos de los cuales presumen de su título obtenido en Toulouse, Francia) o de abogados, con grandes avenidas del tamaño de enormes autopistas, edificios que nos parecieron de los años 70 y, allá donde miraras, retratos del presidente omnipresente, Sadam Hussein, en las más variadas poses: con la balanza de la justicia, con fusil de caza, rodeado de niños, en uniforme militar, en actitud de piadoso recogimiento...
En cuanto soltamos el equipaje en el Hotel Al Rashid, salimos (Dulce Chacón, Nuria Varela, Eva Orúe, Paco Llata y yo) a buscar un taxi. Ya en el lujoso aunque ajado Chrysler blanco, años 70, con cambio de marchas automático, dejamos en manos de Dulce, que se había instalado en el asiento del copiloto, la negociación del precio. Como buenos occidentales, desconfiábamos y queríamos zanjar ese asunto antes de salir, pero Hamid, que así se llamaba nuestro taxista, puso el coche en marcha. Hubo un tira y afloja, muy serio por nuestra parte (“Si no nos lo dice, nos bajamos”) y jocoso por parte del conductor, que tan pronto pedía 300 dólares como ofrecía un servicio gratuito. Al final, acordamos pagarle un dólar por cabeza y hora, y nuestras mentes mercantiles fijaron esta tarifa (cinco dólares/hora), por la que nos regiríamos en trayectos sucesivos. “No problem”, sonrió.
Aún dimos un par de vueltas, y a pesar de que había anochecido y la luz no nos era propicia, nos empeñamos en hacernos unas fotos al pie del monumento de Murjana, el ama de casa de ‘Alí Baba y los cuarenta ladrones’. De regreso al hotel, sacamos el dinero para pagar por el servicio y
Hamid nos sorprendió rechazándolo. “You are friends,
you are against the war and it’s a pleasure”. El que
fuéramos amigos y estuviéramos contra la guerra, por muy
placentero que le resultara, no nos pareció motivo suficiente para
no pagarle por su trabajo. Si no acepta, le dijimos, otro día no
nos atreveremos a pedirle que nos acompañe y nos gustaría
volver a contar con usted. Discusión zanjada, guardó el
dinero sin perder la sonrisa, y quedamos en vernos al día siguiente.
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