28 de noviembre de 2003

A orillas del Kura

Desde mi llegada a la URSS, desde mi primer baile en Járkov, había oído hablar de Tbilisi como una de las ciudades más bellas de la Unión. Desde mi instalación en la residencia que sería mi hogar ucraniano, desde mi primera conversación en el rellano de los ascensores, había compartido vida con georgianos. Desde mi primera excursión en solitario, desde mi primer desplazamiento sin papeles, había comprendido que pasaba por georgiana (posiblemente por el acento) de ascendencia báltica (tal vez por el apellido). Desde la primera visita que recibí (la de mis padres), desde las primeras explicaciones que tuve que dar por su silencio (para poder pasearlos por el país sin documentación se hacían los sordomudos), había utilizado la historia de que, estando en guerra en Georgia, me los había traído a Járkov, donde yo estudiaba...

Comenzaba el mes de noviembre de 1995 cuando aterrizamos en la capital georgiana, nos costó dios y ayuda salir del aeropuerto, y cuando por fin lo conseguimos no entendimos muy bien cómo lo habíamos logrado.

Nuestra primera parada en la ciudad fue en un lujoso hotel occidental que albergaba los periodistas que se habían desplazado a Tbilisi para cubrir las elecciones presidenciales; nosotras (Eva Orúe y yo) habíamos alquilado desde Moscú un piso, traíamos las llaves y la dirección en el bolsillo, al hotel fuimos para buscar un chófer que nos acompañara durante nuestra estancia en el país, y lo conseguimos: Joseph se hizo cargo de nosotras con entusiasmo y eficacia.

La primera y más desoladora impresión del centro de la ciudad fue la que nos causó el Hotel Iveria, el más relevante de Georgia en la era soviética, convertido en un residuo bélico, con la blanca fachada ahumada, salpicado de tenderetes que denunciaban la ocupación in extremis; no podíamos imaginarnos que residiríamos en un edificio similar. Sin luz ni cristales en las ventanas, ascendimos a tientas y tiritando de frío la sucia escalera del edificio deshabitado en el que se encontraba nuestro alojamiento.

Disfrutamos de la noche en compañía de algunos jóvenes de la ciudad que celebraban la independencia de una de sus amigas con una fiesta en su recién alquilada casa, en uno de los barrios más viejos y con más sabor de la ciudad; nuestro contacto era un cooperante español al que habíamos conocido a media tarde y con el que habíamos recorrido, montadas en su moto con sidecar, la oscuridad del atardecer en busca de gasolina y algunas botellas para la fiesta, que resultó muy animada.

A la luz de los días recorrimos una y mil veces la calle principal (Avenida Rustaveli) y las estrechas callejuelas admirando los balcones de madera que adornan las redondeadas fachadas de los viejos edificios que sobrevivieron al uniformismo soviético.

Un gorro de pastor, preparado para servir de tazón, y una edición ilustrada con la traducción al francés de El caballero de la piel de tigre, el poema del autor georgiano por antonomasia Chota Rustaveli, comprados en pequeñas tiendas del centro, nos acompañaron de vuelta a casa; así como el recuerdo imborrable del jachapurí, un pan relleno de queso exquisito que superando todas las espectativas degustamos con huevo en un concurrido local de la Avenida Rustaveli a media mañana de nuestro último día, fue el regalo que nos hizo nuestro anfitrión, Joseph.

Una curiosidad: los georgianos dicen tener un origen común con los vascos, hasta el punto de decirse a si mismos vascos y hablar, según algunos, lenguas procedentes de una misma raíz. Y lo cierto es que, independientemente de toda consideración antropológica, tiene un alguna que otra cosa en común: avezados pastores de ovejas la porción de tierra que habitan es verde y montañosa, por ejemplo.

Si os animáis a visitarla, aquí tenéis toda la información práctica que podáis necesitar: http://www.travel-guide.ge






sgutierrez@divertinajes.com
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