Fue la primera vez que me acerqué al mostrador de un hotel y pregunté
por el menú de excursiones de un día de duración.
Escogí una y me apunté. Iba a quedarme en Pekín una
semana, así que bien podida dedicarle un día a algo que
no fuera la capital.
En el microbús, además del chófer y la guía,
había dos grupos de turistas bien diferenciados: las esposas ociosas
de ocupados hombres de negocios y los jóvenes ricos con deseos
de formación
pero sin afán de
aventura, yo no pertenecía
a ninguno, y a los dos; ellos eran asiáticos, yo occidental. El
idioma ajeno que nos permitía comunicarnos aceptablemente, el inglés,
se convirtió nuestro tímido nexo de unión.
El camino hacia la muralla lo recuerdo silencioso, verde, salpicado de
montañas; el de regreso, bullicioso, malva, tapizado de estrellas.
Ascender a lo alto de la muralla para pasearla, en la soledad
turística
de aquella soleada
mañana de marzo, fue anímicamente grandioso.
El paseo, físicamente agotador.
La muralla se desliza entre montañas
sin romper el ritmo de la tierra sobre la que se alza, de manera que a
suaves llanuras siguen escarpadas escaleras difíciles de salvar.
Algunos escalones sobrepasaban en altura mi rodilla, y si los subí
(no sé cómo) fue por evitar dar motivos a la eterna sonrisa
de los chinos que subían con destreza sin notar su edad, en algunos
casos, más que avanzada,
para el ejercicio en cuestión.
Con todo, una experiencia más que recomendable.
Al bajar, no pude evitar comprar, aunque no para mí, una camiseta
en la que me aseguraron se podía leer “Yo estuve en la Gran
Muralla”. A saber.
Desde aquel día, siempre que tengo oportunidad como con palillos.
¿Por qué? Porque la comida con mis compañeros de
excursión era
de sálvese quien pueda y desde luego quien
menos podía era yo. Cuando llegamos al restaurante, nos acomodaron
en una mesa circular rotatoria que pronto llenaron con decenas de cuencos
repletos de sabrosos manajares, a juzgar por como los vaciaban; los comensales
pletóricos apenas levantaban la mirada, sin embargo, en un continuo
juego malabar, los palillos saltaban de un recipiente a otro, y los boles
cambiaban de mano y de lugar. Apenas pude tomar un té.