14 de noviembre de 2003

Más que muralla

Fue la primera vez que me acerqué al mostrador de un hotel y pregunté por el menú de excursiones de un día de duración. Escogí una y me apunté. Iba a quedarme en Pekín una semana, así que bien podida dedicarle un día a algo que no fuera la capital.

En el microbús, además del chófer y la guía, había dos grupos de turistas bien diferenciados: las esposas ociosas de ocupados hombres de negocios y los jóvenes ricos con deseos de formación
pero sin afán de
aventura, yo no pertenecía a ninguno, y a los dos; ellos eran asiáticos, yo occidental. El idioma ajeno que nos permitía comunicarnos aceptablemente, el inglés, se convirtió nuestro tímido nexo de unión.

El camino hacia la muralla lo recuerdo silencioso, verde, salpicado de montañas; el de regreso, bullicioso, malva, tapizado de estrellas.

Ascender a lo alto de la muralla para pasearla, en la soledad
turística de aquella soleada mañana de marzo, fue anímicamente grandioso. El paseo, físicamente agotador.

La muralla se desliza entre montañas sin romper el ritmo de la tierra sobre la que se alza, de manera que a suaves llanuras siguen escarpadas escaleras difíciles de salvar. Algunos escalones sobrepasaban en altura mi rodilla, y si los subí (no sé cómo) fue por evitar dar motivos a la eterna sonrisa de los chinos que subían con destreza sin notar su edad, en
algunos casos, más que avanzada, para el ejercicio en cuestión. Con todo, una experiencia más que recomendable.

Al bajar, no pude evitar comprar, aunque no para mí, una camiseta en la que me aseguraron se podía leer “Yo estuve en la Gran Muralla”. A saber.

Desde aquel día, siempre que tengo oportunidad como con palillos. ¿Por qué? Porque la comida con mis compañeros de excursión era
de sálvese quien pueda y desde luego quien menos podía era yo. Cuando llegamos al restaurante, nos acomodaron en una mesa circular rotatoria que pronto llenaron con decenas de cuencos repletos de sabrosos manajares, a juzgar por como los vaciaban; los comensales pletóricos apenas levantaban la mirada, sin embargo, en un continuo juego malabar, los palillos saltaban de un recipiente a otro, y los boles cambiaban de mano y de lugar. Apenas pude tomar un té.




sgutierrez@divertinajes.com
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