14 de noviembre de 2003

Disfruta como persona...

Hace nada, volví a Granada. Y tengo que deciros que el otoño le sienta a las mil maravillas: verdes y ocres se matan por conquistarla, a base de tonalidades; los turistas abundan, pero no agobian; el sol, sabedor de que no está en su momento estelar, calienta tímidamente, lo justo...

Pasear por la Alhambra y los jardines del Generalife es un lujo, ¿qué os voy a contar? En esta ocasión me apunté a la única visita que, yendo sin entradas, podía hacer: la nocturna. Si no fuera por eso de los horarios y el paso del tiempo, seguiría allí, sentada en el Patio de los leones, iluminada por la luna llena. Sin embargo, en el patio circular de ese mamotreto que algunos consideran un prodigio arquitectónico, el palacio de Carlos V, lo único que te apetece es que amanezca, y que los muchos espacios que se abren a su patio circular sean ocupados por mercaderes tan coloristas y bulliciosos como los que llenan las callejuelas de los zocos que habitan el centro de la ciudad. ¡Qué conceptos de vida tan diferentes!

Sólo si se llega con el espíritu impregnado de sobriedad y resignación cristiana se hará llevadera la visita a la Catedral, mitad templo, mitad almacén de obras de arte, cuya rotunda imagen exterior da idea, en parte, del anodino interior, apesar de presentar algunas curiosas soluciones arquitectónicas. Parece un tanto dejada de la mano de dios. Tampoco me parece lo más oportuno eso de que sólo se pueda entrar pasando por taquilla (una contradictoria moda a la que cada vez se suman más templos) y que las entradas las corte un agente de seguridad...

Con espíritu de cumplamos con la historia cuanto antes para volver a la vida, que en Granada hay mucha, me adentré en la Capilla Real para contemplar con curiosidad los féretros en cuero de los Reyes Católicos y sus hijos Juana la Loca (natural) y Felipe el Hermoso (político). La reja que separa los falsos mausoleos, falsos en el sentido de que son suntuosos pero no sepulcros, de los bancos de la capilla (marcados con la F y la Y, de Fernando e Ysabel, de Flechas y Yugo), está siendo restaurada, así que en breve podremos verla aún más hermosa.

Hacía mucho tiempo que no oía piar a los pájaros con tanto salero como lo hacen en la Plaza de Bib-Rambla, al lado de la catedral y los zocos, en pleno centro; ellos me atrajeron hacia la plaza, pero lo que allí me retuvo fue las muchas flores que se ofrecen en venta y los animados cafés. En el paisanaje urbano no faltan los mendigos rodeados de perros, ni las gitanas lectoras de mano que simulan ofenderse con quienes rechazan la rama que se empeñan en regalar, ni los jóvenes petrificados a la espera de donativos que llenan de estatuas vivas las calles más concurridas de la ciudad.

Me voy al Albaicín. Me pierdo por las calles estrechas de casas encaladas para que me encuentren las plazas risueñas de tranquila semblanza. Comtemplo, sin cansarme de hacerlo, la Sierra nevada y la Alhambra visitada desde el mirador de San Nicolás, una plaza de iglesia demasiado privilegiada como para pretenderla solitaria; somos muchos foráneos, pero también lugareños que desgarran allí sus guitarras haciendo que las abuelas se arranquen por soleás.

Al Sacromonte, al folclórico, al del duende forzado, al nocturno de cuevas y tablaos volveré en otra ocasión. Esta vez lo pasee de día, me acerqué a su abadía y tomé una cerveza en el bar del pueblo, que eso es Sacromonte, como Albaicín, un pueblo adosado más que un barrio diferenciado, o al menos así lo he sentido.

Más que soñar Granada, deja que Granada te haga soñar, porque lo hace. Busqué a mi héroe de infancia, Boabdil, y casi lo vi.

Nota: no creáis que me olvido ni de ese trabajo estupendo que es la taracea, hace años que tengo una caja en mi casa; ni de las habitas con jamón. Pero me vence el sueño.






sgutierrez@divertinajes.com
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