7 de noviembre de 2003


Sobre ruedas

Me encanta viajar y no tengo coche, ni ningún otro medio de locomoción, en propiedad. ¿Una contradicción? Más bien, todo lo contrario.

En general, cuantas menos cosas posees, menos condicionantes tienes; y, por tanto, más libertad. Tuve coche y sentí que formaba parte de esa liberación, pero eso fue casi-casi en la adolescencia, y los coches que me reportaron algo fueron, todo hay que decirlo, los que me financiaron mis padres.

En cuanto me independicé, las facturas se mudaron a mi cuenta corriente, y muchas tenían como referencia una matrícula, la de mi coche. Y total, para nada, porque al fin y al cabo en la mayoría de los viajes que me he planificado, mi coche particular no tenía cabida, ya sea por la larga distancia existente entre mi domicilio y el origen real del viaje, o por la escasez de tiempo disponible para el mismo; y para la vida diaria, en ciudad, ni os cuento, prefiero mil veces y sin lugar a dudas el transporte público (además de resultar más barato, no tengo que preocuparme por cosas tan desesperantes como los atascos o el aparcamiento).

En resumidas cuentas, recuerdo mi pasión por el coche como un entrañable amor de juventud, pero hoy prefiero el metro, el autobús, el taxi, el tren, el avión, el barco y, ¿por qué no?, el coche, eso sí, de alquiler.







sgutierrez@divertinajes.com
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