31de octubre de 2003


El que la sigue, la consigue

Entre las muchas cosas que conmemoro estos días, hay una que celebro especialmente: mi viaje a la Unión Soviética . De la ida hace ya catorce años, de la vuelta siete.

La frontera me la abrió una beca del Ministerio de Educación soviético, para especializarme en oftalmología. Después de haberme recomendado por carta que llevara papel higiénico y colonia, los concienzudos funcionarios decidieron dejarme en casa al comprobar que mis conexiones políticas eran inexistentes (me creían comunista afiliada, ¿quién sino osaría lanzarse a semejante aventura?). Pero nunca me comunicaron su decisión. Durante un año, un viernes tras otro, me pidieron disculpas asegurándome que estaban intentando conseguirme un billete para volar a Moscú, pero todos los vuelos iban llenos. ¡Qué casualidad! Cuando por fin conseguí hacerme oír por alguien que consintió en reparar lo que dimos en llamar un lamentable error, pedí encargarme yo misma del billete, y así lo hice.

Por teléfono, sin papeles de por medio, me dijeron que para compensarme del lamentable error del que había sido víctima me habían buscado plaza en uno de los mejores centros de oftalmología del país, cerca de Kiev, en Járkov. Inmediatamente cogí mi pequeña guía de la URSS (hoy, con internet, todo habría sido diferente) y localicé una ciudad que podría ser: Charkov, se leía, aunque la proximidad a Kiev era de varios cientos de kilómetros. En la agencia de viajes me aseguraron que el Jarkov que había oído, el Charkov que había leído y el Kharkov que aparecía en sus pantallas de reserva de billetes eran la misma ciudad, y que podían venderme un billete hasta allí, cambiando de aeropuerto en Moscú, aunque no era tarea fácil. Quedaron en avisarme en cuanto consiguieran una plaza.

Y lo consiguieron. Una tarde de la semana siguiente, me llamaron para decirme que un equipo ruso de baloncesto que estaba jugando en Valladolid regresaría a Leningrado, vía Moscú, en tres días. No era un vuelo regular, salía a las tres de la madrugada. ¿Y qué? Mi familia en pleno se desplazó a Madrid para la despedida, y el aeropuerto se convirtió en un valle de lágrimas.

No me detendré en el desconcierto sembrado por el comisario que nos reclutaba al grito de si ya estamos todos, nos vamos, cuando apenas era la una; ni en el asombro de aquellos hombretones que trataban de enseñarme algunas palabras de su complicado idioma; ni en la decepción de subirme al avión más chungo de cuantos estaban aparcados aquella noche en Barajas; ni en el peinado de las azafatas; ni en los ofrecimientos de pastillas y alcohol para dormir durante el vuelo; ni en.... sí lo haré en el recuerdo del pivot, Serguei, que me ayudo a buscar un taxi en Sheremetevo-II y me dio un teléfono de Leningrado que nunca marqué; y en la imagen de las desnudas hileras de álamos que bordeaban la helada, vacía y anchísima carretera en la que el taxi se paró, con el motor ahumando; y en la escalera del aeropuerto Vnukuvo por la que rodó mi equipaje, paraguas y gabardina incluídos; y en aquella amable iraquí que al ver que me acercarba a la puerta de embarque cada vez que oía Járkov (era lo único que entendía), se apiadó y me adoptó (mi momento de suerte: ella también íba a Járkov, en mi mismo vuelo).

Visto y no visto. Cuando me di cuenta, estaba en la calle y desde el remolque de un camión me pedían que identificara mi equipaje. Nadie estaba esperándome. Había llegado hasta allí sin una dirección en el bolsillo, una vez más les había creído, una vez más me habían fallado. No te preocupes, cuando llegues un intérprete te estará esperando para llevarte a la residencia en la que vivirás, me habían dicho. Allí no había nadie esperándome y, enseguida, nadie haciendo nada, excepción hecha de mi compañera de vuelo y algún taxista. Ella insistía en que la acompañara. No vendrá nadie, repetía, están celebrando la fiesta de la revolución de octubre y durante tres días no hay con quien contar. Pero si es noviembre, pero si me dijeron que vendrían... Lo de celebrar la revolución de octubre en noviembre era fácilmente comprensible, se regían por el calendario gregoriano, lo del abandono... Y me fui con ella, en un taxi del que entraban y salían pasajeros continuamente, a la residencia en la que vivía su hermana, a la residencia de los estudiantes de medicina; una sucísima torre de babel en la que, a nuestro paso, se alzó una voz en castellano: no hay problema, se quedará con nosotros hasta que localicemos su instituto. Era Gloria, una morenaza oriunda de Colombia, que en un abrir y cerrar de ojos organizó una fiesta latina en su cuarto, para que cumbias y merengues alejaran de mí la pena de no poder ni tansiquiera llamar a casa para decir que estaba bien.

Mientras el novio nepalí de Gloria hacia gestiones para averiguar en qué lugar de la ciudad me esperaban (yo sólo conocía el plan de formación: durante 6 meses estudiaría ruso, después me harían un examen y a continuación, si lo superaba, empezaría a trabajar en el hospital), dedicaba mis días a conocer la ciudad. Recorrí casi todas las líneas de tranvía, trolebús y autobús. Recorrí prácticamente toda la urbe. De principio a fin, avanzaba en el transporte público dos paradas y retrocedía una andando; observándolo todo, asombrándome por todo. Cuando a los quince días Shon dijo que creía haber encontrado mi instituto, yo ya conocía Járkov al dedillo.

Mi nueva casa estaba en el otro extremo de la ciudad. Siguiendo los consejos de Gloria, aderecé el relato de las penurias que había superado para llegar hasta allí con un bote de Nescafé, y el director del Instituto Ucraniano de Especialización Médica me asignó una cama en la habitación de su sobrina, una residente de Salud Pública que, en realidad, vivía en otra residencia, con su novio, traumatólogo. Por fin tenía un lugar. Después las cosas se complicaron y tuve que irme a Moscú para aclarar mi situación directamente en el Ministerio, pero esa es otra historia, como el contenido de mis 70 kilos de equipaje o las artimañas con las que conseguimos cien cervezas para celebrar mi cumpleaños, en diciembre.

Járkov, el nudo de comunicaciones más importante de Ucrania, se convirtió enseguida, para mí, en un pueblo. Una vez conocidos, sus barrios periféricos, atestados de altas torres blancas con claros signos de hacinamiento, idénticos en su falta de identidad, dejaron de interesarme; y me quedé con el centro, adoquinado, señorial, amplio, tranquilo, sabroso en cada rincón. Cada tarde, para acostumbrarme al idioma, asistía a una representación de ópera o teatro, y en los bajos del Nuevo Teatro de Járkov compré algunas joyas de vinilo que aún conservo.

El turista que llega a Járkov está obligado a visitar la Catedral ortodoxa y el monumento al poeta nacional Taras Shevchenko en el parque del mismo nombre, poco más. En mi recorrido entran también el mercado de la avenida Shaltovskoe, donde aprendí a rellenar la despensa y a regatear; el restaurante Dom Chai, donde comía cada mediodía rodeada del lujo decadente previo a la revolución; la peluquería del hotel Intourist, donde escuché historias tan alucinantes como la de aquella señora que tenía a su marido muerto en la bañera porque no encontraba madera para el ataúd; la comisaría del barrio, donde hice míos algunos atajos burocráticos verdaderamente útiles; el locutorio de la plaza de la Universidad, a cuya puerta hice cola tantas veces a las seis de la mañana para conseguir una reserva de tres minutos de llamada a España, dos días más tarde; la estación de ferrocarril, donde, viéndome en los corrillos,
algunos me habrán tomado por una mafiosa más; el Hospital Oftalmológico Provincial, donde aprendí mucho de lo que sé, incluso a enhebrar agujas curvas para sutura ocular; la Residencia en la que, durante dos años y medio, tanto disfruté; y la casa de mi gran amiga Luba, cuya excelente cocina no ha podido desbancar ninguno de los restaurantes ucranianos que he probado, no hay quien iguale su borch, no hay quien macere como ella la carne para el shaslik (pincho moruno), en vodka.

Me trasladé a Moscú en mayo de 1992. Volví a Járkov, de visita, en febrero de 1996, como parte de un viaje a Chernóbil que ya os contaré otro día.






sgutierrez@divertinajes.com
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