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24 de octubre de 2003
Cuando quise volver a mi camarote, ya eran casi las doce; de las cinco
horas siguientes sólo tengo el recuerdo de un agradable sueño
mecido por el traquetreo propio del tren. En San Antonio Oeste,
mientras esperaba el autobús que me llevaría a Puerto
Madryn, tuve tiempo suficiente para ver un par de películas
en uno de los dos bares que permanecen abiertos toda la noche, El
rincón de Elisa, visitar la playa, contemplar un intenso
amanecer, comprar mediaslunas, recorrer las cuatro calles del pueblo preguntándome
si las casas (casi todas de planta baja) estaban cerradas porque era muy
temprano o porque eran segundas residencias (poco probable)... La entrada en Puerto Madryn me sorprendió. De la lectura de las guías había deducido que se trataba de una aldea costera, y resultó ser una pequeña ciudad, medio industrial medio turística. Con la tarde por delante, decidí coger (allí, tomar),
un remis y acercarme a Punta Loma para ver los lobos
marinos. Estaban, por cientos, tumbados sobre la arena o pisándose
unos a otros para llegar al agua y darse un chapuzón o volver a
hacerse un hueco después del baño; ajenos a la atenta mirada
de turistas, pocos, y cormoranes, muchísimos.
Después de probar la mermelada de rosa mosqueta en el desayuno (para mí, demasiado dulce), emprendimos viaje a Puerto Pirámides, en Península Valdés, con un único objetivo: avistar ballenas. De camino, por la estepa arbustaria, nos cruzamos con ovejas merinas australianas, guanacos, piches (hubiera dicho que eran erizos), maras (liebres patagónicas), terneros y caballos. En Puerto Pirámides, cuatro casas y una playa, nos enfundamos un chaleco salvavidas y subimos a un barco varado en la arena, cuando quisimos darnos cuenta estábamos en medio de una tormenta en alta mar y las ballenas se acercaban a nosotros con más curiosidad que la nuestra propia. Todo un espectáculo: resoplidos, miradas, bailes de colas... Podrían dar miedo, por lo enormes, y sin embargo resultan entrañables, por lo feas, curiosas y confiadas.
Me hubiera gustado ver pingüinos pero a principios de septiembre aun no les atraen estas tierras. Tal vez haya ya algún elefante marino en Faro Punta Delgada, nos dijeron, y para allá nos fuimos. Es, como la mayor parte de la Patagonia, zona privada, así que tuvimos que pedir permiso a los dueños de la estancia reconvertida a hotel que allí se encuentra, y avanzar hasta la costa acompañados por uno de sus empleados. ¡Qué playas!
¡Sorpresa! En la arena, a pocos metros de nosotros, dormitan un macho y tres hembras; ellas preñadas, él esperando a que paran para montarlas. Ellas se mueven y remueven, buscando una postura cómoda, están a punto de parir; esa es su misión: parir, preñarse de nuevo y volver al mar. Él resoplando para que se sepa quién es el más fuerte y tratando de mantener a raya al que por ahora es su único competidor; así son ellos: marcan territorio formando un harén de decenas de hembras preñadas que una vez paran estarán dispuestas para volver a ser montadas, algunos gastan tanta enegía en ahuyentar a los merodeadores (nuestro amigo ya tiene uno en su radio de acción) que cuando llega la hora de aparearse se ven obligados a ceder el paso a sus contrincantes. Vemos más elefantes marinos en Caleta Valdés, pocos y todavía solitarios.
Lo mejor del pequeño museo situado en el istmo de la península es un enorme esqueleto de ballena y la imagen del mayor enemigo de la naturaleza (para verlo es necesario abrir una puerta, tras ella, un espejo nos refleja).
Para el recuerdo gastronómico: la torta negra galesa, tan buena que trajimos para toda la familia. Para la comparación de sabores y texturas: el dulce de batata nos recordo al tocinillo de cielo. Y la gente...¡AMABILÍSIMA!
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