24 de octubre de 2003


Lobos, ballenas y elefantes

El viaje en tren, desde Bariloche hasta San Antonio Oeste, resultó mucho más agradable de lo que esperaba. Durante las dos horas de luz que aun nos regaló el día, contemplé el cansino paisaje patagónico, de vez en cuando alegrado por los saltos de alguna que otra pareja de ñandús, el trote de un grupo de caballos o el color de un puñado de ovejas o terneros. Recorrer la Patagonia a ras de suelo es un ejercicio de concienciación social, los latifundios allí, son muy latifundios, y el aspecto miserable de los poblados, muy miserable.

El toque festivo al ambiente familiar que reina en este tren lo pone el vagón restaurante. A eso de las siete, después de tomar nota del menú (una de las opciones propuestas: bifé de chorizo, pollo deshuesado grillé, milanesa o milanesa napolitana) y adjudicarnos turno y número de mesa, nos pidieron desalojarlo. El regreso resultó fastuoso: manteles, sobremanteles y servilletas de tela; flores naturales sobre las mesas; camareros de negro, blanco y pajarita sirviendo un primer plato inesperado, un surtido de entremeses a escoger de la oferta del carrito: berenjenas en escabeche, remolacha, arroz con mayonesa, ensaladilla rusa, huevos rellenos, salami y vittel tone. No sé si fue causualidad o está así preparado, pero la parada en Ingeniero Jacobacci fue tan prolongada que cuando el tren se puso de nuevo en movimiento ya teníamos delante el segundo plato; habíamos comprado revistas a los vendedores que se subieron al convoy y disfrutado de un bonito espectáculo de saltimbanquis que hacían las delicias de los cientos de personas que se agolpaban en torno al andén.

Cuando quise volver a mi camarote, ya eran casi las doce; de las cinco horas siguientes sólo tengo el recuerdo de un agradable sueño mecido por el traquetreo propio del tren. En San Antonio Oeste, mientras esperaba el autobús que me llevaría a Puerto Madryn, tuve tiempo suficiente para ver un par de películas en uno de los dos bares que permanecen abiertos toda la noche, El rincón de Elisa, visitar la playa, contemplar un intenso amanecer, comprar mediaslunas, recorrer las cuatro calles del pueblo preguntándome si las casas (casi todas de planta baja) estaban cerradas porque era muy temprano o porque eran segundas residencias (poco probable)...

Por fin, llegó el autobús de Transportadora Patagónica que esperaba. Al abrir el maletero cayeron al suelo varios bultos, el mozo de equipajes encajó los de los que esperábamos a presión. En la primera planta ni me fijé, bastante tuve con soportar el hedor; las conversaciones de las maestras que prácticamente llenaban el segundo piso me hicieron comprender que eran ya demasiadas las horas que llevaban allí adentro, si todo iba bien, a mí me quedaban unas cinco. El paisaje es similar al que habíamos atravesado la noche anterior, parece mentira que se cuenten por miles los kilómetros que llevábamos recorridos. Un invento: el reposapiés del autobús se prolonga en una plancha rígida tapizada que sirve para descansar las piernas (cerrado se apoya en el respaldo delantero, y abierto en el propio asiento). Lo mejor: el libro que las maestras se pasan de mano en mano, Auxilio, soy maestra jardinera, que no de jardinería, sino de jardín de infancia.

La entrada en Puerto Madryn me sorprendió. De la lectura de las guías había deducido que se trataba de una aldea costera, y resultó ser una pequeña ciudad, medio industrial medio turística.

Con la tarde por delante, decidí coger (allí, tomar), un remis y acercarme a Punta Loma para ver los lobos marinos. Estaban, por cientos, tumbados sobre la arena o pisándose unos a otros para llegar al agua y darse un chapuzón o volver a hacerse un hueco después del baño; ajenos a la atenta mirada de turistas, pocos, y cormoranes, muchísimos.

Después de probar la mermelada de rosa mosqueta en el desayuno (para mí, demasiado dulce), emprendimos viaje a Puerto Pirámides, en Península Valdés, con un único objetivo: avistar ballenas. De camino, por la estepa arbustaria, nos cruzamos con ovejas merinas australianas, guanacos, piches (hubiera dicho que eran erizos), maras (liebres patagónicas), terneros y caballos. En Puerto Pirámides, cuatro casas y una playa, nos enfundamos un chaleco salvavidas y subimos a un barco varado en la arena, cuando quisimos darnos cuenta estábamos en medio de una tormenta en alta mar y las ballenas se acercaban a nosotros con más curiosidad que la nuestra propia. Todo un espectáculo: resoplidos, miradas, bailes de colas... Podrían dar miedo, por lo enormes, y sin embargo resultan entrañables, por lo feas, curiosas y confiadas.

Me hubiera gustado ver pingüinos pero a principios de septiembre aun no les atraen estas tierras. Tal vez haya ya algún elefante marino en Faro Punta Delgada, nos dijeron, y para allá nos fuimos. Es, como la mayor parte de la Patagonia, zona privada, así que tuvimos que pedir permiso a los dueños de la estancia reconvertida a hotel que allí se encuentra, y avanzar hasta la costa acompañados por uno de sus empleados. ¡Qué playas!

¡Sorpresa! En la arena, a pocos metros de nosotros, dormitan un macho y tres hembras; ellas preñadas, él esperando a que paran para montarlas. Ellas se mueven y remueven, buscando una postura cómoda, están a punto de parir; esa es su misión: parir, preñarse de nuevo y volver al mar. Él resoplando para que se sepa quién es el más fuerte y tratando de mantener a raya al que por ahora es su único competidor; así son ellos: marcan territorio formando un harén de decenas de hembras preñadas que una vez paran estarán dispuestas para volver a ser montadas, algunos gastan tanta enegía en ahuyentar a los merodeadores (nuestro amigo ya tiene uno en su radio de acción) que cuando llega la hora de aparearse se ven obligados a ceder el paso a sus contrincantes. Vemos más elefantes marinos en Caleta Valdés, pocos y todavía solitarios.

Lo mejor del pequeño museo situado en el istmo de la península es un enorme esqueleto de ballena y la imagen del mayor enemigo de la naturaleza (para verlo es necesario abrir una puerta, tras ella, un espejo nos refleja).

Para el recuerdo gastronómico: la torta negra galesa, tan buena que trajimos para toda la familia. Para la comparación de sabores y texturas: el dulce de batata nos recordo al tocinillo de cielo.

Y la gente...¡AMABILÍSIMA!






sgutierrez@divertinajes.com
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