17 de octubre de 2003

¿Suiza? No, Bariloche

I
r sentada en un asiento de la fila A del avión, cuando volaba de El Calafate a San Carlos de Bariloche, me permitió contemplar desde el cielo un sinfín de lagos y disfrutar, en ocasiones, de combinaciones de hasta tres colores de agua: azul turquesa, verde esmeralda y marrón parduzco.

El guía que nos recibió en el aeropuerto de Bariloche me pareció un poco parado, y los acontecimientos, muy a mi pesar, no hicieron más que confirmar mis sospechas. Un consejo: no temáis por las excursiones, la ciudad está llena de agencias y remises (taxis con precio fijo por trayecto), así que, una vez allí, podréis organizaros perfectamente. Una confidencia: yo nunca volvería a contratar los servicios de la agencia Andes patagónicos.

La ciudad no es más que un entramado de tiendas, fundamentalmente de ropa de montaña y chocolate, que multiplicándose por laberintos de galerías comerciales desembocan en la calle Mitre, columna vertebral de un cuerpo que tiene su cabeza en el Centro Cívico, done un par de edificios de piedra y madera (el Ayuntamiento y el Museo de la Patagonia) dan testimonio de lo que un día pretendió ser, arquitectónicamente hablando, Bariloche; otro botón de muestra de esa intentona es la Catedral.

El caos de Bariloche no se limita a la arquitectura y la circulación, hordas de egresados (estudiantes preuniversitarios) toman las calles para celebrar, especialmente de noche, con gritos de guerra y disfraces, el ritual del descontrol que, hace ya décadas, unos avispados empresarios convirtieron en tradición. Cada año llegan a Bariloche cientos de miles de estudiantes (previamente a la crisis, hasta dos millones) que, antes de entrar en la Universidad, disfrutan de un viaje de estudios cuyo remotísimo objetivo era dar a conocer, a muchos de ellos, la nieve, ofreciéndoles una semana de esquí en la estación invernal más importante de Argentina: Cerro Catedral.

Visto lo visto, vamos a disfrutar de la grandeza paisajística y la paz de los alrededores.


Circuito chico

Todo está dispuesto en Argentina para que el turista pueda sacar el mayor rendimiento posible a su estancia; aunque todavía quedan muchísimos lugares por explotar turísticamente, los enclaves que ya están en activo, por decirlo de alguna manera, gozan de circuitos perfectamente diseñados. En Bariloche, el más básico, el imprescindible, es el Circuito chico; un recorrido de apenas 60 km por los alrededores de la ciudad que calificaría de panorámico en el más amplio sentido de la palabra. Algo hace pensar continuamente en una Suiza a lo grande: lagos bordeados de frondosa y verde vegetación sobre fondo de montañas nevadas, de un tamaño, como todo lo argentino, enorme, desproporcionado... La culminación espera en el Cerro Campanario, al que únicamente puede accederse en telesilla, y que, según el National Geographic, ofrece la 7ª mejor vista del mundo: los lagos Moreno y Nahuel Huapi, la isla Victoria y la peninsula Llao-Llao, enclave del lujoso hotel del mismo nombre, todo en un fotograma. Es en esta zona ribereña del Nahuel Huapi donde lucen sus mansiones los más afortunados.


Cerro Tronador

Viniendo como veníamos del Parque de los Glaciares, el Ventisquero Negro, glaciar negro situado en el corazón del imponente Cerro Tronador (el monte más alto del parque, cubierto por un manto de hielo eterno y adorado por los mapuches), se nos antojó visita obligada.

El mayor problema para acercarse hasta el Tronador son los horarios de visita, me explico, los caminos son tan estrechos (no piensan ensancharlos) que los vehículos sólo pueden circular en una dirección: hacia el tronador de10:00 a 14:00; hacia Bariloche de 16:00 a 19:00.

Por razones que prefiero olvidar, nos vimos obligadas a hacer el camino de ida a toda prisa, lo cual no nos impidió disfrutar, entre otras originalidades, de lo que coloquialmente llaman Agrupación biblioteca, y que parece ser una fractura rocosa relacionada con los glaciares, o algo así (viendo que para cada guía Francisco Pascacio Moreno, Perito Moreno, tenía una edad diferente cuando alcanzó aquellas tierras, a saber lo que nos habrán contado sobre la agrupación biblioteca, y a saber lo que yo habré entendido).

El glaciar, que debe su color a la mezcla de hielo y polvo volcánico, está situado en lo que podrían ser los restos de un cráter, y se nos presentó púlcramente tocado de blanco, cayendo a un lago que, aquel día, estaba tan congelado que apenas se diferenciaba de la superficie firme que pisábamos. Siendo invierno lo raro hubiera sido verlo sin nieve, o no tanto, porque nos aseguraron que veinte años atrás el glaciar llegaba a la valla que ahora nos retiene a no menos de trescientos metros.

¿Demasiado calor?

Puerto Blest y cascada de los Cántaros

En Puerto Pañuelo embarcamos para dar una vuelta por el lago Nahuel Huapi en un barco cuya verdadera misión no era pasearnos hasta Puerto Blest, sino recoger un poco más allá, en Puerto Frías, a los viajeros que, atravesando lagos y montañas, venían del otro lado de los Andes. Con ellos navegamos por las aguas verdes de Laguna Fría, vigiladas por el Cerro Tronador, y ascendimos desde el Puerto de los Cántaros a la cascada del mismo nombre, por un camino cubierto de travesaños de madera que forman suaves peldaños asomados a una selva exhuberante que, enredada por enormes lianas, deja al aire sus raíces, y que por ir en procesión apenas puedes disfrutar.


Al caer la tarde, escoltados por cóndores, emprendimos la navegación hacia Bariloche. Para los que habían partido esta mañana de Puerto Pañuelo, era simplemente el fín de un día de excursión; para el resto, el fin de una larga y dura travesía.


Más allá la belleza del paisaje, el paseo me emocionó por lo que tenía de conclusión, conclusión de un viaje que había iniciado dos años atrás en Puerto Montt (Chile). En aquella ocasión, como en ésta, el tiempo y las condiciones metereológicas marcaban mi singladura, y, sin poder subir al barco, despedí en Puerto Montt a las gentes que partían para Bariloche.

Villa La Angostura

Me hubiera gustado acercarnme a El Bolsón (aún refugio de hippies) y a Villa Traful, tendré que regresar para navegar por el Lago Mascardi y recorrer la carretera de los siete lagos, siempre estaré dispuesta a contemplar de nuevo el amanecer sobre el lago Nahuel Huapi mientras desayuno en la Hostería Wonderland.

El día que bordeé el lago Nahuel Huapi en la dirección que me faltaba por recorrer, para acercarme a Villa La Angostura, la niebla me impidió distinguir a los Dos Monjes, pero me permitió ver al Nativo echado, mirando hacia el cielo. Un derroche de imaginación casi tan grande como el que hay que hacer para encontrar el atractivo a cada hotel y hostería del lugar, enseñados por los guías como si de puntos de interés turístico se trataran.
Villa La Angostura está tratando de ser lo que quiso ser Bariloche; aunque, tal y como va, corre el riesgo de convertirse en una fantasía Disney. Demasidos troncos de madera, demasiadas tiendas de recuerdos y productos artesanales, demasiados turistas... Un atractivo histórico: El complejo de recreo para mandatarios argentinos aquí ubicado, fue en su día la cárcel en la que estuvo retenida Isabelita Perón. Un dato ecológico: a este pueblo se abren las puertas de un mágico bosque de árboles con tronco color canela, los arrayanes. Un dato sociológico: la estación de esquí del cercano Cerro Bayo, fue de uso particular; remontes incluídos, por supuesto.

Saciada por los ahumados y el chocolate, la liebre y el cabrito, me alejo de Bariloche, de los lagos y las montañas, con dirección a Puerto Madryn, en busca de ballenas y tarta galesa, me lleva el Tren Patagónico.








sgutierrez@divertinajes.com
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