10 de octubre de 2003

Hielo, hielo y más hielo

La primavera pasada, cuando me dispuse a preparar mis vacaciones estivales, tenía clarísimo qué destino pretendía: Argentina. A partir de ahí, todo fueron dudas. ¿Cómo recorrer un país cinco veces más extenso que España en tres semanas? ¿Cómo soportar el mal de altura en la región del noroeste? ¿Cómo renunciar una vez más a los glaciares esperando poder coger vacaciones en invierno? ¿Cómo...? La respuesta a todas mis preguntas era la misma: ¡De ninguna de las maneras! Así que no tuve más remedio que escoger destinos dentro de mi destino; renunciar a la hermosísima, según me comentaron, región del noroeste; y tratar de organizar la visita a los glaciares. La mayoría de mis amigos, incluídos los argentinos, insistían en que los rigores del invierno patagónico, al que pretendía enfrentarme, no son ninguna tontería; no lo serán para vosotros, ¿o es que olvidáis que estáis tratando con una veterana de los hielos soviéticos?, pensaba yo. Me bastó leer la respuesta que un hotel de El Calafate, que encontré en internet, dio al correo electrónico en el que preguntaba si era posible visitar el glaciar Perito Moreno en agosto: ¡Por supuesto!

Una vez decidido el recorrido, me hubiera gustado alquilar un coche, pero lo desmedido de las distancias y la escasez de tiempo me obligaron a programarlo todo. Con la ayuda de una agencia de viajes argentina, salí de España con los vuelos, hoteles y excursiones contratados. Prescindir de la agencia habría sumado nervios, pero poca aventura más: todos los lugares de interés se encuentran en áreas protegidas a las que hay que entrar, la mayoría de las veces, con guías oficiales; eso por no hablar de las navegaciones.

El Calafate

Después de aproximadamente tres horas de vuelo desde Buenos Aires, llegamos a un aeropuerto cuya estructura, a base de pieda gris y vigas de madera, le asemeja a un refugio de montaña. La primera impresión al contemplar el paisaje fue un tanto decepcionante: no había ni un copo de nieve, el color parduzco de la inmensa llanura flanqueada por leves montañas que se abría ante nuestros ojos únicamente era interrumpido por el reflejo del agua y los flamencos rosados que llenaban los lagos. “Está haciendo una temperatura extraña, mucho calor”, nos dijeron. ¿A ver si eso del calentamiento global va a ir en serio?

El Calafate, levantado a orillas del lago Argentino, tomó su nombre de un fruto rojo que abunda por aquellas tierras y con el que los lugareños hacen mermeladas, licores y hasta helado; posiblemente el mismo que en Navarra utilizan para hacer el pacharán. Al final, la distancia real no va a ser tanta.

Paseamos por la calle principal (y casi única) del pueblo, un tramo arbolado de carretera nacional jalonado por atractivos establecimientos de madera y cristal (tiendas de recuerdos, bancos, estudios fotográficos, chocolaterías, agencias de viajes, hoteles, etc.), reflejo de la emergente actividad turística que año a año duplica la población, que ya va por las 7.000 almas.

Posiblemente la visita al Perito Moreno habría sido más espectacular con un guía menos entusiasta y un cielo más despejado pero aún así reconozco que me impresionó. Transitábamos ansiosos bajo la nieve por un camino de montaña y, de pronto, al doblar una curva, ¡apareció! Inmenso, distante, silencioso. El chófer, que había preparado el momento con música quechua, frenó suavemente y nos invitó a salir del vehículo; creo que si no hubiera parado nos habríamos tirado en marcha. Contemplamos el Perito Moreno con la perspectiva que ofrece su cara sur hasta dejar de sentir las orejas, los rigores invernales también querían estar presentes.



Decidimos correr al embarcadero para subirnos al barco que nos acercaría a la cara norte. Ahí sí te sientes pequeño.



Y después de digerir lo visto, y algo parecido a una fabada (sustituyendo las habas por maíz, podría ser), nos dirigimos a los balcones. Aún no lo habíamos visto, ni sentido, todo.

Esa imagen que, rompiendo todas las leyes de la perspectiva, inundó mi campo visual en el mismo momento en el que frente por frente, a su misma altura, me acercaba al Perito Moreno, o más exactamente a las excelentes pasarelas de madera construidas en Península de Magallanes, esa imagen era la que, sin saberlo, me había llevado hasta allí. Lo había conseguido. Lamenté que en esta época del año no se pudiera hacer trekking en el glaciar; me hubiera gustado caminar sorteando las grietas, pisar, tocar aquel hielo ancestral.

Las pasarelas de contemplación tejen un laberinto de escaleras de suave pendiente y amplios balcones que te aislan silenciosamente de las coordenadas espacio y tiempo. Me quedo en el balcón intermedio, a media altura; aunque cualquier rincón es bueno para otear las paredes del glaciar, buscando la aguja de hielo que ha de convertirse en truenos y olas, parece absurdo pero cada desprendimiento contemplado se convierte en un pequeño e irrepetible trofeo.

Nos alejamos caminando hacia atrás para poder contemplar hasta el último momento aquella masa blanca que se nos había ofrecido azul sin importarle virar ocasionalmente al malva.

Al día siguiente, hambrientas aún de hielo, embarcamos hacia el glaciar Upsala. Menos mal que habíamos desempolvado el uniforme soviético, y no nos había dado pereza llevarnos los marianos y las camisetas térmicas, el frío era realmente glaciar, tanto que al Upsala apenas pudimos aproximarnos y fue imposible desembarcar para, como estaba planeado, caminar hasta el Lago Onelli. Aún así, la navegación por los brazos Norte y Upsala del lago Argentino resultó un verdadero espectáculo. Es tal la hermosura de las enormes piezas de hielo dispersas por el agua, que parece estuvieras paseando por un museo de esculturas al aire libre.

Tendré que volver para verme reflejada en el lago Onelli, pero los cambios impuestos por las dificultades de navegación, obligaron a nuestros guía a alterar el rumbo, y, para que estiráramos las piernas, nos permitieron tomar tierra en el Embarcadero de vacas. Nunca me cansaré de la belleza regalada por la nieve pura, el color, la textura... excepcional.

Y para que nos fuéramos del todo contentos, en compensación por el Upsala, nos acercaron hasta el Glaciar Spegazzini. Si éste es el reserva no puedo imaginar como será el titular. Lo que me conquistó, según íbamos adentrándonos en el Brazo Spegazzini del lago Argentino, fue la imagen entrañable de dos lenguas de crestas azules que deslizándose entre montañas cubiertas por negros árboles nevados caían al lago. El glaciar, agradecido por nuestra visita, nos brindó un pequeño desprendimiento.

Nos hubiera gustado contar con más tiempo y que el que hacía fuera más apacible, para empaparnos de hielo, pero se había cumplido lo pactado: tres noches con dos excursiones de día completo y vuelo a Bariloche.

Sí, sí, claro que probamos el cordero patagónico, en La Tablita, a la entrada del pueblo. Y las empanadas, y las pizzas, y el bife de chorizo (entrecot), y el bife a caballo (entrecot con dos huevos encima), y el pastel de papas al estilo del viejo del cocinero de Pura Vida (una mezcla acogedora de restaurante y bar de copas en dos plantas y cuatro ambientes cruzados, me refiero al local; el pastel era una especie de lasagna de puré de patatas, huevo cocido, jamón cocido y queso), y las medialunas...






sgutierrez@divertinajes.com
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