3 de octubre de 2003

Que te zurro y que te arreo

Estuve en Zaragoza varias veces. La primera para visitar el Pilar, las siguientes para trabajar (presentar Rusia en la Encrucijada, firmar Historias de miopes, elaborar una guía de la ciudad...). Y en todas las ocasiones tuve algún percance con el coche, que nunca pasó de un susto. La primera me lo movió la grúa de donde lo había dejado aparcado, para dar paso a no sé qué procesión; la siguiente nos pararon por exceso -mínimo- de velocidad mientras los coches nos adelantaban, esos sí a buena velocidad, pero según el Número “parar a los vehículos que circulan por el carril de la izquierda es muy complicado”; y de la última, recibí en mi domicilio una denuncia por una infracción que nunca fui consciente de haber cometido, circular en dirección prohibida, y que, en todo caso, el agente retiró tras numerosos recursos. Ahora estaba contenta porque pensaba que la próxima vez podría ir tranquila y velozmente en AVE, pero parece que eso va para largo.

En todas las ocasiones, me las arreglé para entrar en la ciudad por el Puente de Santiago y dejar así que me recibiera la Basílica del Pilar. Zaragoza es una ciudad grande, en tamaño y en patrimonio; no puede ocultar que la refundaron romanos y musulmanes, que la habitaron íberos y cristianos. Me gusta Zaragoza porque exhibe joyas exhuberantes y esconde perlas exquisitas, artísticas y gastronómicas.

¿Qué lugares se deben visitar a conciencia? Además de la Basílica, de la que os hago en página aparte una descripción detallada, son imprescindibles:

  • La Catedral del Salvador, conocida por todos como La Seo, que después de veinte años de trabajos de restauración se muestra deslumbrante.

  • El Palacio de la Aljaferia, sede actual de la Cortes de Aragón, fue en su origen residencia de recreo de los reyes saraqustís y el edificio civil más importante del siglo IX en el occidente islámico. Lo que hoy podemos contemplar es el híbrido del palacio islámico taifal, el palacio cristiano medieval, el palacio de los Reyes Católicos y un sinfín de reformas y ampliaciones posteriores.


  • El Patio de la Infanta, que es, al decir de los expertos, el más bello ejemplo del arte renacentista aragonés. Su historia es realmente peculiar: el patio, perteneciente al palacio del los Zaporta, construído en 1546, fue adquirido a precio de saldo por un anticuario francés para decorar su establecimiento, cuando el edificio fue demolido en 1903. Medio siglo más tarde, en 1958, la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja (la actual Ibercaja) lo compró por tres millones de pesetas y lo repatrió. Desde hace algunos años, puede admirarse en el interior de la sede central de Ibercaja.

  • El Museo Camón Aznar, interesante tanto por el continente como por el contenido. Este edificio construido a imagen y semejanza del palacio de los Zaporta al que perteneció el Patio de la Infanta, alberga una considerable colección pictórica en la que, como era de suponer, no faltan obras del ilustre pintor aragonés, Goya.

    Pero eso no es todo, mientras váis de un lugar a otro, en pos de los monumentos cardinales, os llamarán la atención las Murallas romanas y el Torreón de la Zuda; la Lonja de mercaderes; las casas de Huarte, de Miguel Donlope y del Deán; la Puerta del Carmen; las Iglesias de Santa Engracia, de San Miguel, de San Pablo, de Santa Isabel de Portugal, de la Magdalena; los Museos de Zaragoza, Pablo Serrano y Pablo Gargallo; y hasta la Facultad de Medicina.

    Y por el yantar no os preocupéis, en Zaragoza abundan los buenos fogones. Las tapas son tantas y tan buenas que os las describiré en página aparte. Como plato fuerte los zaragozanos presumen del ternasco asado, y se les puede permitir porque, tal y como a mí me lo ofrecieron, crujiente con patatas a lo pobre, está para chuparse los dedos. Una curiosidad: borrajas con almejas, dicen que ellos las comen de toda la vida, yo nunca las había probado. Prefiero el ternasco, más ahora, que regarlo con un somontano puede ser un gran acierto.




    sgutierrez@divertinajes.com
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