|
3 de octubre de 2003
Que te zurro y que te arreo Estuve en Zaragoza varias veces. La primera para visitar el Pilar, las siguientes para trabajar (presentar Rusia en la Encrucijada, firmar Historias de miopes, elaborar una guía de la ciudad...). Y en todas las ocasiones tuve algún percance con el coche, que nunca pasó de un susto. La primera me lo movió la grúa de donde lo había dejado aparcado, para dar paso a no sé qué procesión; la siguiente nos pararon por exceso -mínimo- de velocidad mientras los coches nos adelantaban, esos sí a buena velocidad, pero según el Número “parar a los vehículos que circulan por el carril de la izquierda es muy complicado”; y de la última, recibí en mi domicilio una denuncia por una infracción que nunca fui consciente de haber cometido, circular en dirección prohibida, y que, en todo caso, el agente retiró tras numerosos recursos. Ahora estaba contenta porque pensaba que la próxima vez podría ir tranquila y velozmente en AVE, pero parece que eso va para largo. En todas las ocasiones, me las arreglé para entrar en la ciudad por el Puente de Santiago y dejar así que me recibiera la Basílica del Pilar. Zaragoza es una ciudad grande, en tamaño y en patrimonio; no puede ocultar que la refundaron romanos y musulmanes, que la habitaron íberos y cristianos. Me gusta Zaragoza porque exhibe joyas exhuberantes y esconde perlas exquisitas, artísticas y gastronómicas. ¿Qué lugares se deben visitar a conciencia? Además
de la Basílica, de la que os hago en página aparte una descripción
detallada, son imprescindibles:
Y por el yantar no os preocupéis, en Zaragoza abundan los buenos
fogones. Las tapas son
tantas y tan buenas que os las describiré en página aparte.
Como plato fuerte los zaragozanos presumen del ternasco asado,
y se les puede permitir porque, tal y como a mí me lo ofrecieron,
crujiente con patatas a lo pobre, está para chuparse los dedos.
Una curiosidad: borrajas con almejas, dicen que ellos las comen de toda
la vida, yo nunca las había probado. Prefiero el ternasco, más
ahora, que regarlo con un somontano puede ser un gran acierto.
|