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12 de septiembre de 2003
Mon Paris à moi ¡Se acabaron las vacaciones! Y al volver a casa me tienta tomar el camino hacia el que fuera mi hogar durante año y medio: el fantástico dúplex de la rue Élzevir, en el barrio del Marais, París, que me acogió en mi regreso al occidente capitalista; volvía yo por aquel entonces de la Unión Soviética, previa parada en la Rusia de Yeltsin, y París no era mi destino preferido. Años atrás, había pateado hasta el último rincón de la ciudad de las luces, creía yo, en el viaje que atravesando el ecuador (universitario) me había llevado también a San Sebastián y Pamplona; la fuerza de los sanfermines debió debilitar la imagen de la capital gala porque su recuerdo no pasaba de ser una postal. ¿Había estado en el Marais? Por Los Miserables que no lo recuerdo.
No puedo decir que dormía tras la fachada más elegante del barrio, pero haberlas haylas y son mayoría. El barrio está plagado de casas burguesas y palacetes en cuyas entradas puede leerse Hôtel de ..., sin que ello quiera decir que alquilen habitaciones, que después de caer en el pozo de la dejadez más absoluta han sido restaurados y remodelados con la consiguiente división en apartamentos de dimensiones y comodidades impensables cuando sus portales eran paso de carruajes. Algunos de estos edificios, muy pocos, han escapado a la especulación inmobiliaria y abren sus puertas al público como museos o sedes institucionales; tal es el caso del Hôtel Carnavalet y del de Marle, Museo Histórico de la Villa de París e Instituto Tessin (Centro cultural sueco) respectivamente. Otros resultan, a mí parecer, enigmáticos; tal es el caso del Hôtel de Sully que teniendo su entrada principesca en la calle Saint Antoine se abre por un pasadizo a la joya urbanístico-arquitectónica del barrio, la Place des Vosges, y lo que es mejor: cualquiera puede hacer ese recorrido con total libertad.
Decoración, bisutería, calzado, ropa y complementos, floristerías, alguna que otra librería y hermosas papelerías... El diseño en sus más variadas materializaciones asoma a los escaparates de un sinfín de pequeños locales, algunos de ellos realmente divertidos. Aunque los horarios son dispares y hasta disparatados, los domingos por la mañana muchos comercios están abiertos, convirtiendo Francs Bourgeois y aledaños en un hervidero de gente. Y cuando crees que lo has visto todo llega el aroma a especias de la Rue des Rosiers... ¿Cómo describirlo? Impertinente, intenso, cautivador... No es más que un aperitivo de lo que las mesas khoser pueden ofrecer al paladar. ¡Ah! Porque este barrio, sin duda el de más ambiente, (ambiente propiamente dicho, ¿entiendes?, ambiente homosexual), es también un barrio judío con en el que camisetas ceñidas y pelos teñidos conviven con trajes negros y tirabuzones.
Escrito que París me parece la capital ideal para vivir, no hace
falta que diga con cuánto cariño recuerdo sus calles y sus
gentes. Aprovecho la ocasión para saludar a mi ex-vecina de puerta
la feminista radical y escritora comedida Florence
Montreynaud, con quien hablaba en ruso.
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