5 de septiembre de 2003

Minga, pichanga y curanto

C
hiloé fue la parte mágica del viaje a Chile; por eso, es posible que piense que estuve en lugares que realmente no visité y haya estado en otros que no recuerdo en absoluto.

Apenas aterrizamos en Puerto Montt, alquilamos un coche. No conseguimos un mapa de carreteras decente ni en el kiosko ni en el puesto de información turística, así que agradecimos el esquemilla que nos ofreció el encargado de Avis y nos lanzamos a la carretera. Lo primero era salir del continente. Chiloé es un archipiélago, Chiloé es también su Isla grande.

Sin dificultades, tras 60 kilómetros de tranquila carretera, alcanzamos Pargua para subirnos a una especie de carguero que hacía la travesía de 30 minutos cada media hora. Sin salir del coche, comimos en cubierta unos míseros bocadillos de queso que vendía, de ventanilla en ventanilla, un miembro de la tripulación.

Desembarcamos en Chacao, un pequeño pueblo semivacío.

Por una carretera nacional que recordaba mucho a una comarcal gallega, entre prados verdes ocupados por enormes ovejas y alguna vaca, nos deslizamos hasta Ancud, uno de los principales enclaves de población en la isla. Nuestra primera intención era quedarnos a dormir allí,
pero después de un paseo por el pueblo del que sólo destacaré el pequeño mercado y los restaurantes integrados en él, decidimos continuar a Castro. No obstante, la parada mereció la pena: en un pequeño bar del mercado comí mi primer curanto. Un plato excepcional en el que la carnes de pollo y cerdo convivían con moluscos y tortas de batata. El museo podíamos habérnoslo ahorrado y a la pingüinera no fuimos porque nos dijeron que no había pigüinos; del Fuerte de San Antonio no sé qué decir.

Ya en Castro, encontramos alojamiento rápidamente en una de esas enormes casas familiares que sacan de sus habitaciones sobrantes un excelente sobresueldo. Los patrones, un matrimonio de edad y amabilidad maduras, anotaron formalmente los datos de nuestros pasaportes en un libro de registro que reposaba bajo llave en un mueble del comedor familiar, hasta allí entramos discretamente. Temerosos de que el recubrimiento de madera de las paredes no fuera suficiente para aislarnos del frío nos adjudicaron un montón de mantas y el baño situado sobre la cocina, para aprovechar el calor de ésta. Salimos a la calle, no sin antes concretar la hora del desayuno, y comprobamos que estábamos en la parte alta del pueblo (desde el dormitorio ya habíamos visto los palafitos que cubrían la costa), en el centro administrativo con el parque de bomberos y la catedral a un paso.

Nos atrajo una esquina que, escandalosamente iluminada, resplandecía en la oscuridad propia de la tarde de invierno que era. Se trataba de un enorme supermercado, un derroche de luz, uniformes y productos de todo tipo. Compramos ají, salsa picante de pimiento, para todos los parientes y amigos merecedores de un recuerdo. Nada que ver con los pequeños comercios que abrían sus puertas a esa misma calle principal. En el escaparate de uno de ellos colgaba un listado tan airado como extravagante, una relación de morosos (en la que nombres y apellidos se apoyaban, como ocurre en las esquelas, en motes y otros datos esclarecedores de la identidad) con sus cantidades debidas. ¡Cómo para pedir algo a cuenta! La cena en la cervecería-hamburguesería de moda, toda madera y luces de neón con parque infantil interior incluido, nos descubrió el que sería nuestro plato de recurso en toda la Región de Los Lagos: pichanga, carne, salchichas y huevos sobre un lecho generoso lecho de patatas fritas.

De buena mañana, compensamos con las sabrosas mermeladas caseras el sabor ínsipido de la leche en polvo que aclaraba nuestro primer café del día, al calor de la cocina de carbón, como si fuéramos realmente de la familia. Digo de carbón por su similitud con las que conozco de mi tierra, pero seguramente lo que más queman en ellas es madera. Con su tubo hasta el techo para distribuir el calor, su depósito para calentar agua y sus patas que crean un apropiado espacio para secar el calzado, estas cocinas constituyen la pieza fundamental de los hogares chilotas. De estar más cerca y haber tenido una casa apropiada, nos habríamos traído una de recuerdo. Las había en todas las ferreterías. Buscando el mercado artesanal, bajamos hasta la costanera.
Los vendedores eras pocos y las mercancías escasas y repetidas. Se alternaban utensilios domésticos con ropas y frutos marinos, especialmente oricios (erizos de mar) que los pescaderos vaciaban en bolsas y botellas con una higiene más que dudosa que incluso a mí, apasionada consumidora de ese yodo natural (en una ocasión, en Casis, desayuné por puro placer un par de docenas), me echó para atrás. Con el desencanto mercantil a cuestas nos adentramos en los barrios bajos (orográficamente hablando) de la capital y admiramos la fortaleza de estacas que daban sustento a viviendas de diferentes tipos y condición, todas ellas palafitos. Nos pareció que algunas terrazas tenían marcas de agua más que sospechosas.

Antes de subirnos al coche para comprobar con nuestros ojos la maravilla arquitectónica obrada en las iglesias chilotas que las ha hecho merecedoras del preciado título de Patrimonio de la Humanidad, entramos en la catedral de Castro. No era, ni mucho menos, la más llamativa. Sin embargo, la urna petitoria colocada a la entrada nos dio tema de conversación para gran parte del trayecto. En ella se podía leer: La gran minga de Castro. Que eran ellos, los chilenos, los que estaban usando el término en su primera e incluso culta acepción lo supimos despues cuando comprobamos en el diccionario de la RAE que minga viene del quechua mink'a y significa reunión de amigos y vecinos para hacer algún trabajo gratuito en común. Después del numerito de la polla de beneficencia que habíamos vivido en Santiago (y que en su día os contaré), cualquier cosa. Menos mal que hablamos el mismo idioma.

En Chonchi nos vimos y nos deseamos para fotografiar la fachada de la iglesia, no había manera de evitar el tendido eléctrico. Con el hambre pisándonos los talones recorrimos las cuatro calles solitarias del pueblo hasta bajar al mar, donde se alzaba un flamante mercado de madera, semivacío. En la planta superior, dos pequeños locales tenían pinta de ser comedores, preguntamos y nos dieron de comer. Una sopa de pescado excelente y algo de fruta. Suficiente.

De vuelta a casa, sin perdonar un solo desvío, contemplamos impresionantes templos de madera recortados contra un cielo cada vez más negro y amenazante. En algunas aldeas, los hombres se afanaban en la orilla, yendo y viniendo a las nasas que tapizaban el mar.

La mañana del domingo la teníamos adjudicada desde hacía días, no podíamos perdernos el mercado artesanal de Dalcahue. Lugar de encuentro e intercambio de las gentes del archipiélago. Ciertamente había una gran animación, posiblemente porque su oferta, tan ordinaria como la de un colmado, era justamente lo que los visitantes, que provenían de lugares en los que no había ni tan siquiera eso, necesitaban. Algunos casi perpetúan los tiempos en los que la isla recibía un único barco cargado de mercancías al año. Fue en Dalcahue donde hicimos uno de los descubrimientos más interesantes del periplo turístico: en Chile, donde mejor se come es en los mercados. El frío y la fiesta propia del viaje dominical nos fueron empujando a propios y extraños al interior de un edificio donde los mostradores de los distintos puestos de comida atendidos por familias se sucedían. Todo apetecía. Y todo lo probamos. Las empanadas de las abuelas apostadas a la entrada, los oricios del siguiente, el curanto del matrimonio del fondo y la sopa de su vecina...

Quellon, final de la isla según nuestro itinerario norte-sur, de apariencia más cosmopolita, tal vez porque es lugar de paso de grandes embarcaciones que ligan la isla a diferentes ciudades, nos dejó el recuerdo de un hermosos atardecer y la pena de saber que, de haber sido verano, en su puerto habríamos podido embarcarnos hacia los hielos del sur.

Otra vez será.




sgutierrez@divertinajes.com
Otros destinos
Volver
Imprimir