29 de agosto de 2003

Guernica: ir para contarlo

Hay ciudades que más allá de su estricta significación histórica, tienen una carga simbólica que las convierte en algo singular, al mismo tiempo integrado en el paisaje del que forman parte y alejado de las localidades cercanas por ese plus de alegoría y representatividad que las eleva, distingue y separa del territorio que ocupan.

Sin duda Guernica, Gernika, es una de esas ciudades. De Guernica escribió el filósofo ginebrino Jean Jacques Rousseau “es el pueblo más feliz del mundo. Sus asuntos los gobierna una junta de campesinos que se reúne bajo su roble y que siempre toma las decisiones más justas”. A Guernica la pintó Picasso con óleo y rabia como un amasijo de cuerpos en blanco y negro, para que nunca olvidáramos el horror sin sentido de la destrucción salvaje y gratuita con la que aquel bombardeo del 26 de abril de 1937 quiso borrar del mapa una villa desarmada carente de interés estratégico. A Guernica me acerqué yo con el alma abierta para, siguiendo el eslogan turístico del momento, contarlo.

Os cuento. Al callejear por Guernica descubres una villa pulcra, industrial pero consciente de su ubicación en una zona medioambiental protegida: la reserva de Urdaibai. Lo primero que busqué, cómo no, fue el roble. Entiendo esa devoción, me resulta cercana. En Oviedo, salvando las distancias, también teníamos uno, el Carbayón, del que sólo conservamos el recuerdo, en forma de placa y gentilicio. El roble primigenio de Guernica
tampoco resistió las embestidas del tiempo, pero los vascos se las ingeniaron para que perviviera. Hoy el árbol es uno y trino: el viejo, el padre, tiene unos 300 años, y de él sólo queda un trozo de tronco, amorosamente protegido por una especie de templete en los terrenos de la Casa de Juntas; a su vera luce el jóven, el roble en ejercicio, plantado en 1860 y sucesor directo del anterior; y muy cerca, crece el retoño, la tercera generación, traido a estos lares en 1979, cuando apenas tenía 17 años. De este modo, el significado simbólico del Gernikako arbola se perpetúa, y el alma de Euskal Herria se transmite de generación en generación.

En las inmediaciones de la Casa de Juntas, que por cierto se puede y debe visitar, se extiende el Parque de los pueblos de Europa con el Museo de Euskal Herria en su interior y las esculturas Gure Aitaren Etxea (La casa de nuestro padre), de Eduardo Chillida, y la Gran figura en un refugio, de Henry Moore plantadas en sus prados.

Con todo, la imagen de Guernica no se ajusta, desde luego que no, a esas escenas arquetípicas, bucólicas, verdes y brumosas, que muchos identifican con lo más profundo y auténtico del País Vasco. Lo cual no impide que esta ciudad de casi 16.000 habitantes sea la cabeza de una de las regiones agrícolas más ricas de toda la provincia, y que su mercado de frutas y hortalizas, que se celebra los lunes, traiga aromas y sabores asociados, ellos sí, a esa tierra de caseríos y baserritarras.

Si tenéis tiempo, ya que estáis en Guernica no dejéis de visitar la comarca. Os aseguro que las pinturas rupestres que los pintores del paleolítico plasmaron en la cueva de Santimamiñe sobrecogen y el bosque encantado pintado por Agustín Ibarrola en Oma hechiza; la flota de bajura que amarra en Bermeo alegra la vista y, los platos marineros que sirven en cualquier local del puerto, el paladar; merece la pena adentrarse en los humedales de la ría y descubrir la Reserva de la Biosfera de Urdaibai...

Estoy convencida de que quien viaja a Guernica y se interesa además de por la villa, su historia y sus gentes, por los paisajes que la rodean y los manjares de sus mesas, no volverá defraudado. Yo ya os lo he contado.






sgutierrez@divertinajes.com
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