15 de agosto de 2003

Chicago años 90

Llegamos a Chicago a media mañana. De los alojamientos que recomendaba nuestra guía (États-Unis. Côte est. Lest Go. Édition Française) uno nos había parecido especialmente atractivo: Eleanor Residence, cerca de Lincoln Park y Gold Coast. No había habitaciones libres. Siguiente opción: Hotel Wacker. Lo de bien situado era verdad, lo de habitaciones limpias... Era barato, pero recomendable... Pagamos la fianza exigida por la llave y las sábanas y nos lanzamos a la conquista de una de las etapas más urbanas de nuestra ruta en torno a Los Grandes Lagos. El coche permaneció los cuatro días en un parking, a la vuelta de la esquina.

Hora ya de comer, y conscientes de que uno de los hitos de la historia gastronómica de la ciudad estaba cerca, no lo dudamos: empezamos el recorrido en Pizzería Uno, cuna de la célebre deep-dish pizza. La stuffed pizza del Giordano’s del 747 N. Rush St., también en la zona, la dejamos para la despedida. Ninguna de las dos vale un viaje a Chicago (las Crèpes Grand Marnier de La Coupole, por ejemplo, sí son razón suficiente para acercarse a París). Y, sin embargo, Chicago te pide volver; es más, te pide quedar.

Dedicamos la tarde a ir y venir, a pasear entre los magníficos rascacielos que más tarde identificaríamos como parte del skyline ofrecido por la ciudad a su lago, y a quienes por él nos paseamos. Sí, nos unimos a una excursión fluvial que al atardecer se adentraba en el lago Michigan. A veces las turistadas tienen sentido. Un plano y una visión global del territorio a explorar son las mejores armas para disfrutar bien orientado. Al plano y el skyline sumamos, al día siguiente, la perspectiva obtenida desde el último piso del edificio, en aquel momento, más alto del mundo, la Sears Tower. De vértigo.

Y para rematar un primer día de tópicos, no quedaba más remedio que tomar una copa en un local con música en vivo. ¿Cuál? Lo único que nos preocupaba era que estuviera cerca del hotel. Chicago es Chicago, esté o no Al Capone. Y tuvimos suerte. Caímos en un bareto en el que un grupo de veteranos tocaba un blues que calaba en los habituales -eran muchos- y los casuales -éramos algunos-. Para más espectáculo, la chiflada de turno combinaba su coreografía con la vestimenta años veinte que lucía.

En un hotel de lujo no habría dormido mejor.

El día de visitas no empezó en la Sears Tower, sino en Kopi, A traveller’s Café con un libro, un café y una enorme madalena coronada con trocitos de chocolate. Ya en el Loop, el barrio cultural y de negocios, nos percatamos de algo que creíamos en España estaba al llegar: a la entrada de los edificios de oficinas grupos de empleados en mangas de camisa apuraban sus cigarrillos. En mi oficina, todo lo más, salen al hueco de la escalera. Y han pasado 6 años.

Entramos, ¿cómo no? en la más grande y antigua Bolsa del mundo. Observar, desde los ventanales de la galería superior, a los brokers, uniformados con polos de colores, moviéndose por el patio al ritmo de las informaciones aparecidas en la enorme pantalla que preside la sala y las llamadas de sus teléfonos, es una experiencia similar a la de las primeras tardes de prácticas en los laboratorios de la Facultad, no acabas de comprender si lo que ves es natural o fruto del experimento.

La misma extraña sensación que te embarga cuando adviertes un mosaico de Chagall cubriendo el suelo de una Plaza o te sorprendes al descubrir una escultura de Picasso a un lado de la calle y una de Miró al otro. Estamos en Chicago, mires para donde mires, te aguarda una fiesta. Por ejemplo, en la esquina de las calles State con Madison se abre la Ventana de Chicago, una preciosista obra de hierro forjado que decora el edificio Carson Pirie Scott, de Louis Sullivan. No me invento nada: Las cuatro estaciones de Chagall tapiza La Plaza; el Daley Center, en la esquina de Washington con Michigan da sombra a una escultura de acero de Picasso; enfrente, el regalo que Miró hizo a la ciudad, su Chicago; delante del State of Illinois Building, una obra de Dubuffet...

Por proximidad y por estado de ánimo, se impuso la visita al Art Institute of Chicago que presume, posiblemente con razón, de poseer una de las mejores colecciones de impresionistas y postimpresionistas del mundo. Ya que era demasiado tarde para ir al Shedd Aquarium y demasiado pronto para retirarse, decidimos recorrer las lujosas tiendas de Magnificent Mile, en la Avenida Michigan, entre Grand Avenue y Division Street. Creo que fue en la Water Tower Place donde nos pasamos un buen rato tratando de comprender de qué eran los chorros lanzados por los surtidores ocultos entre las plantas del hall que se fragmentaban al cortarlos con la mano en el aire. Todavía no lo sé.

Como no sé la de kilómetros que anduvimos para llegar hasta el barrio chino. Si no fuera porque comimos estupendamente todavía no me habría perdonado la tozudez que nos empujó por aquellas calles solitarias hasta el pequeño reducto de sabor mandarín. Anduvimos tanto, que a la vuelta, por otras calles, por otros barrios étnicos (griego, mejicano), nos sentamos en una terraza próxima a la Universidad y usamos parte del hielo de las bebidas para refrescarnos los pies. No fue el momento más elegante de nuestras vidas pero sí uno de los más placenteros.

Lo mejor de la visita al Shedd Aquarium fue el paseo que nos esperaba a la salida. Volvimos al centro bordeando la costa. Nos encontramos con el todo Chicago: pescando, patinando, corriendo, nadando, pedaleando, paseando, leyendo, tostando... Y ganando terreno al lago, sobre una enorme plataforma, un sin fin de bares y tiendas. El contraste con las sombrías calles del interior cruzadas por los puentes que vibran al ruidoso paso del tren aéreo resulta fascinante.

La máquina del parking se equivocó y nos perdonó las jornadas enteras, así que pagamos apenas un par de horas. Nos fuimos con la alegría de ese pequeño ahorro y de haber encontrado un lugar más donde la vida parece hermosa.






sgutierrez@divertinajes.com
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