El cambio de milenio, últimos meses de un siglo y primeros
de otro, los dediqué a recorrer España. Fueron muchos los caminos
que anduve, y los de Las Hurdes se me grabaron con una mezcla de nostalgia
y esperanza ciertamente peculiar. Ni la miseria presenciada por Alfonso
XIII que con tanto desgarro filmó Buñuel
(Las Hurdes. Tierra sin pan), ni la opulencia mostrada a Juan
Carlos I apenas un año antes de mi visita; lo que vi fue otra
cosa.
En coche, inicié el recorrido en Pinofranqueado,
en concreto en su Centro de Documentación de Las Hurdes (curiosamente
cerrado los domingos, lunes y festivos). Allí me enteré de
que estaba en la cabecera de una región cuya principal fuente de
ingresos es la apicultura, no en vano es la zona productora de polen más
importante de Europa. Doy fe de que su miel, ya sea de encina, roble, brezo,
cantueso, madroño, eucalipto, argamula, retama o jara es excepcional.
Pero no empecemos a atascarnos en los placeres del paladar y continuemos viaje.
A pocos kilómetros de Pinofranqueado, en dirección a Coria,
cogimos el desvío que nos conduciría a Ovejuela,
una alquería que conserva antiguas viviendas con esgrafiados en sus
paredes. Antes, nos habíamos metido por una interminable pista de tierra
jalonada de exuberantes y fragantes jaras (primavera manda) que lleva las
ruinas del Convento de Los Ángeles, levantado en el
siglo XIII por expreso deseo de San Francisco de Asís
y que acogió a San Pedro de Alcántara. Todo
un símbolo espiritual para los hurdanos. Las alquimias se repiten
mientras se asciende a Aldehuela, la población más
alta del valle, cuyos balcones corridos formando pasajes sobre las calles
nos recuerdan que estamos cerca de la Sierra de Gata, y donde
nos ofrecen cachimbas, candiles y chisqueros de brezo y piedra.
Previo paso por Pinofranqueado, que aprovechamos para comprarnos un sombrero
de bálago de centeno, llegamos a Casar de Palomero,
lugar que muchos mapas de la comarca dejan fuera de la misma, a pesar de
ser un municipio más de la Mancomunidad de las Hurdes.
Cosas que pasan. Allí, en la casa de la familia Terrón, pernoctó
Alfonso XIII durante su histórica visita de principios
de siglo, y también allí se ubica una construcción
de notables dimensiones, el Santuario de la Santa Cruz,
probablemente edificado sobre una sinagoga.
Y así llegamos a Caminomorisco, la localidad más
grande de la zona que ha recreado una idealización de la vivienda
tradicional hurdana para convertirla en su casa de la cultura.
Seguimos ruta, y el espectáculo nos detiene en los miradores de
Portilla de Orégano y de Alavea
antes de alcanzar Cambroncino y visitar su monumental Iglesia
de Santa Catalina, popularmente conocida como la Iglesia
de las Lástimas, una fábrica de pizarra y ladrillo
terminada de construir en 1700 que imita la arquitectura típica.
Considerada el principal edificio de la zona.
Nos acercamos a Nuñomoral, el corazón de
Las Hurdes. La vegetación cambia y en la confluencia de los
ríos Hurdano y Malvellido, en el Valle de los Tejales,
enormes madroñeras y tejos añosos marcan la diferencia; alrededor,
las montañas se crecen.
Vegas de Coria es el mojón que indica el inicio
de esta nueva etapa, más pura, más impresionante. Las poblaciones,
muchas de ellas prácticamente colgadas sobre las profundidades de
los valles, parecen más pobres y el aislamiento se hace más
evidente. Es aquí donde se aprecian los conjuntos de construcciones
mejor conservados, en La Horcajada, Aceitunilla,
Martilandrán, La Fragosa y El
Gasco, en este último nos proponen ir hasta el Chorro
de la Miacera, una cascada de 70 metros de altura que surge del
Pico del Volcán, cuya piedra porosa sirve para elaborar
la cazuela de unas típicas cachimbas con boquilla de nogal. Me conformo
con admirar las pipas ya hechas, hace demasiado calor para emprender semejante
caminata.
En esta Hurdes Altas, las condiciones orográficas
imponen su ley. La necesidad de adaptarse a los terrenos abruptos e inhóspitos
ha obligado a sus habitantes a esculpir las laderas para instalar sus viviendas,
y también para arrancar a la montaña pequeños huertos
y terrenos de cultivo. Las tradicionales casas hurdanas, de muros de mampostería
y tejados de pizarra, se arraciman en angostas callejuelas; tienen forma
redondeada, pocos vanos (pequeños), y dos niveles: en el superior,
muchas veces de una sola habitación, vivía la familia al completo
y el inferior era ocupado por los animales cuyo calor, por poco que fuera,
se aprovechaba en la parte de arriba a modo de calefacción natural.
Hoy en día, ya han sido abandonadas por sus moradores y, si acaso,
se utilizan como establos para exiguos rebaños de cabras.
Cuando los recodos del camino brindan la posibilidad de ver el pueblo entero,
como ocurre por ejemplo en Asegur, esos grupos de casas
con sus tejados solapados como si fueran uno solo, se asemejan a un caparazón
de tortuga y ofrecen un aspecto duro, de vecindad cerrada sobre sí
misma, viviendas de luto que están quedando atrapadas entre las flamantes
casa blancas de teja roja a las que se han mudado los hurdanos. Casas como
torres adosadas a la montaña, con una altura moderada
en una de sus fachadas, en tanto que la fachada opuesta, para salvar el
desnivel del terreno, se estira hasta alcanzar tres o cuatro pisos.
Alrededor de estas construcciones, se extienden un sinfín de terrazas
de variadas formas y tamaños, delimitadas y sostenidas por
muros de pizarra, algunas tan pequeñas que sólo pueden
acoger un árbol. A estas parcelas acceden los lugareños por
estrechas veredas en las que los tractores no tienen cabida; la única
ayuda que recibe el hombre es la de su burro, que en estos bancales sigue
siendo insustituible. A pesar de las dificultades, la actividad es continua
y es habitual ver labriegos, protegidos del sol por sus sombreros de paja,
trabajando con la azada un palmo de tierra. Las terrazas de huertos están
por todas partes, aunque uno de los parajes más bellos para apreciarlas
es en Las Roverdes, en el camino que lleva a la presa
de Majá-Robledo, cerca de Casares
de las Hurdes, el pueblo de las castañuelas y los cestos.
Para poner broche a este mágico recorrido, nos espera Las
Mestas, la alquería más famosa de nuestro último
valle hurdano, el que encauza al río Ladrillar.
En Las Mestas se encuentran las ruinas-escombro del centro asistencial construido
tras la visita de Alfonso XIII; en Las Mestas vivió el tío
Picho, “el poeta de Las Hurdes”; y, en Las Mestas,
se fabrica el Ciripolen,
un preparado reconstituyente y afrodisíaco elaborado por el tío
Ciriaco, vecino de la aldea, a base de polen, miel y hierbas. La dueña
de Las cabañas de Las Mestas, diez alojamientos de madera (para dos
y cuatros personas), equipadas con cocina y baño en medio de bancales
con olivos, casi consigue que nos quedemos, pero tenemos que volver a Cáceres.
Otra ruta nos espera.