8 de agosto de 2003

¿Sin cámaras?

E
l cambio de milenio, últimos meses de un siglo y primeros de otro, los dediqué a recorrer España. Fueron muchos los caminos que anduve, y los de Las Hurdes se me grabaron con una mezcla de nostalgia y esperanza ciertamente peculiar. Ni la miseria presenciada por Alfonso XIII que con tanto desgarro filmó Buñuel (Las Hurdes. Tierra sin pan), ni la opulencia mostrada a Juan Carlos I apenas un año antes de mi visita; lo que vi fue otra cosa.

En coche, inicié el recorrido en Pinofranqueado, en concreto en su Centro de Documentación de Las Hurdes (curiosamente cerrado los domingos, lunes y festivos). Allí me enteré de que estaba en la cabecera de una región cuya principal fuente de ingresos es la apicultura, no en vano es la zona productora de polen más importante de Europa. Doy fe de que su miel, ya sea de encina, roble, brezo, cantueso, madroño, eucalipto, argamula, retama o jara es excepcional.

Pero no empecemos a atascarnos en los placeres del paladar y continuemos viaje. A pocos kilómetros de Pinofranqueado, en dirección a Coria, cogimos el desvío que nos conduciría a Ovejuela, una alquería que conserva antiguas viviendas con esgrafiados en sus paredes. Antes, nos habíamos metido por una interminable pista de tierra jalonada de exuberantes y fragantes jaras (primavera manda) que lleva las ruinas del Convento de Los Ángeles, levantado en el siglo XIII por expreso deseo de San Francisco de Asís y que acogió a San Pedro de Alcántara. Todo un símbolo espiritual para los hurdanos.

Las alquimias se repiten mientras se asciende a Aldehuela, la población más alta del valle, cuyos balcones corridos formando pasajes sobre las calles nos recuerdan que estamos cerca de la Sierra de Gata, y donde nos ofrecen cachimbas, candiles y chisqueros de brezo y piedra.

Previo paso por Pinofranqueado, que aprovechamos para comprarnos un sombrero de bálago de centeno, llegamos a Casar de Palomero, lugar que muchos mapas de la comarca dejan fuera de la misma, a pesar de ser un municipio más de la Mancomunidad de las Hurdes. Cosas que pasan. Allí, en la casa de la familia Terrón, pernoctó Alfonso XIII durante su histórica visita de principios de siglo, y también allí se ubica una construcción de notables dimensiones, el Santuario de la Santa Cruz, probablemente edificado sobre una sinagoga.

Y así llegamos a Caminomorisco, la localidad más grande de la zona que ha recreado una idealización de la vivienda tradicional hurdana para convertirla en su casa de la cultura.

Seguimos ruta, y el espectáculo nos detiene en los miradores de Portilla de Orégano y de Alavea antes de alcanzar Cambroncino y visitar su monumental Iglesia de Santa Catalina, popularmente conocida como la Iglesia de las Lástimas, una fábrica de pizarra y ladrillo terminada de construir en 1700 que imita la arquitectura típica. Considerada el principal edificio de la zona.

Nos acercamos a Nuñomoral, el corazón de Las Hurdes. La vegetación cambia y en la confluencia de los ríos Hurdano y Malvellido, en el Valle de los Tejales, enormes madroñeras y tejos añosos marcan la diferencia; alrededor, las montañas se crecen.

Vegas de Coria
es el mojón que indica el inicio de esta nueva etapa, más pura, más impresionante. Las poblaciones, muchas de ellas prácticamente colgadas sobre las profundidades de los valles, parecen más pobres y el aislamiento se hace más evidente. Es aquí donde se aprecian los conjuntos de construcciones mejor conservados, en La Horcajada, Aceitunilla, Martilandrán, La Fragosa y El Gasco, en este último nos proponen ir hasta el Chorro de la Miacera, una cascada de 70 metros de altura que surge del Pico del Volcán, cuya piedra porosa sirve para elaborar la cazuela de unas típicas cachimbas con boquilla de nogal. Me conformo con admirar las pipas ya hechas, hace demasiado calor para emprender semejante caminata.

En esta Hurdes Altas, las condiciones orográficas imponen su ley. La necesidad de adaptarse a los terrenos abruptos e inhóspitos ha obligado a sus habitantes a esculpir las laderas para instalar sus viviendas, y también para arrancar a la montaña pequeños huertos y terrenos de cultivo. Las tradicionales casas hurdanas, de muros de mampostería y tejados de pizarra, se arraciman en angostas callejuelas; tienen forma redondeada, pocos vanos (pequeños), y dos niveles: en el superior, muchas veces de una sola habitación, vivía la familia al completo y el inferior era ocupado por los animales cuyo calor, por poco que fuera, se aprovechaba en la parte de arriba a modo de calefacción natural. Hoy en día, ya han sido abandonadas por sus moradores y, si acaso, se utilizan como establos para exiguos rebaños de cabras.

Cuando los recodos del camino brindan la posibilidad de ver el pueblo entero, como ocurre por ejemplo en Asegur, esos grupos de casas con sus tejados solapados como si fueran uno solo, se asemejan a un caparazón de tortuga y ofrecen un aspecto duro, de vecindad cerrada sobre sí misma, viviendas de luto que están quedando atrapadas entre las flamantes casa blancas de teja roja a las que se han mudado los hurdanos. Casas como torres adosadas a la montaña, con una altura moderada en una de sus fachadas, en tanto que la fachada opuesta, para salvar el desnivel del terreno, se estira hasta alcanzar tres o cuatro pisos.

Alrededor de estas construcciones, se extienden un sinfín de terrazas de variadas formas y tamaños, delimitadas y sostenidas por muros de pizarra, algunas tan pequeñas que sólo pueden acoger un árbol. A estas parcelas acceden los lugareños por estrechas veredas en las que los tractores no tienen cabida; la única ayuda que recibe el hombre es la de su burro, que en estos bancales sigue siendo insustituible. A pesar de las dificultades, la actividad es continua y es habitual ver labriegos, protegidos del sol por sus sombreros de paja, trabajando con la azada un palmo de tierra. Las terrazas de huertos están por todas partes, aunque uno de los parajes más bellos para apreciarlas es en Las Roverdes, en el camino que lleva a la presa de Majá-Robledo, cerca de Casares de las Hurdes, el pueblo de las castañuelas y los cestos.

Para poner broche a este mágico recorrido, nos espera Las Mestas, la alquería más famosa de nuestro último valle hurdano, el que encauza al río Ladrillar. En Las Mestas se encuentran las ruinas-escombro del centro asistencial construido tras la visita de Alfonso XIII; en Las Mestas vivió el tío Picho, “el poeta de Las Hurdes”; y, en Las Mestas, se fabrica el Ciripolen, un preparado reconstituyente y afrodisíaco elaborado por el tío Ciriaco, vecino de la aldea, a base de polen, miel y hierbas. La dueña de Las cabañas de Las Mestas, diez alojamientos de madera (para dos y cuatros personas), equipadas con cocina y baño en medio de bancales con olivos, casi consigue que nos quedemos, pero tenemos que volver a Cáceres. Otra ruta nos espera.




sgutierrez@divertinajes.com
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